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sábado, 20 de junio de 2026

Más allá de las elecciones

Mañana se celebra la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Colombia. Se abre nuevamente la posibilidad de decidir el rumbo del país y, personalmente, espero que Iván Cepeda sea elegido presidente y logre rodearse de los mejores para continuar impulsando una agenda de mayor bienestar, justicia social y prosperidad para la población.

Pero, sea cual sea el resultado, necesitamos sostener algo más profundo que una victoria electoral: la energía constructiva, la amistad, el coraje y el compromiso con la vida en toda su potencia y fragilidad. No podemos quedar atrapados por el miedo, ni jugar el mismo juego del odio, la mentira, la manipulación y el desprecio. Podemos nombrar las injusticias con firmeza, sin reproducir las lógicas que alimentan nuevos resentimientos y violencias.

Las elecciones son un ritual democrático fundamental, pero están lejos de ser la única forma de participación política. Desde la educación, la cultura, los movimientos sociales, las organizaciones comunitarias y los múltiples lugares que habitamos en la sociedad, tenemos la tarea de ampliar nuestras capacidades políticas y fortalecer nuestro compromiso con las transformaciones culturales que este tiempo exige.

Hoy resulta indispensable cuidar nuestra atención, nuestro tiempo y nuestra energía. También nuestra dieta cognitiva. Vivimos en medio de una guerra por la atención que erosiona la sensibilidad, fragmenta la comprensión y debilita la empatía. Necesitamos recuperar una verdadera soberanía de la atención y volver a cultivar los afectos, los vínculos y las redes de creación entre ciudadanos.

Las psicotecnologías han transformado profundamente nuestras formas de sentir, imaginar y desear. Desde hace décadas vienen condicionando el afecto, la memoria, la imaginación y la manera en que nos relacionamos con el mundo. Una parte de la vida colectiva parece atrapada en mensajes breves, emociones inmediatas, consumos acelerados de información y dinámicas de miedo que dificultan la reflexión. Frente a ello, la democracia requiere ciudadanos capaces de contextualizar, comprender, deliberar y crear.

Para fortalecer estas capacidades necesitamos mejores conversaciones, mayor disposición a escuchar perspectivas distintas, información de calidad y una ciudadanía que produzca símbolos, sentidos y narrativas, en lugar de limitarse a consumirlas. La política también se juega en lo cotidiano: en cómo tratamos a los demás, en cómo gestionamos nuestras diferencias, en nuestra capacidad para reconocer tanto nuestras potencialidades como nuestras limitaciones.

Hay una dimensión más incómoda que solemos evitar: reconocer nuestra propia injusticia pasiva. Si no ejercemos la política en la vida cotidiana, si no asumimos responsabilidades sobre aquello que nos corresponde transformar, difícilmente podremos construir una democracia más profunda. La ciudadanía no es solamente un derecho; también es una práctica.

La madurez política implica coherencia, responsabilidad, capacidad de asumir errores, compromiso con los ideales que defendemos y voluntad de construir bienes comunes. También implica aprender a dialogar con quienes piensan distinto, argumentar sin destruir, movilizar esperanza sin negar los problemas y sostener cambios concretos en los espacios donde participamos.

Otra forma de aumentar nuestras capacidades políticas consiste en crear comunidad, contribuir al sostenimiento de bienes comunes y participar en procesos colectivos que fortalezcan el tejido social. Necesitamos un activismo que sea social, cultural y también espiritual; una práctica que cuide simultáneamente las instituciones, los vínculos humanos y los sentidos que orientan nuestra vida colectiva.

Quizá una de las preguntas más importantes de nuestro tiempo sea cómo afrontar los nuevos giros autoritarios que emergen en distintas partes del mundo, potenciados por tecnologías capaces de amplificar la desinformación, la manipulación y la mentira a escalas inéditas. La crueldad, el oscurantismo y el resentimiento encuentran hoy herramientas tecnológicas de una potencia sin precedentes.

Paradójicamente, para responder a este desafío necesitamos volver a los territorios de la sensibilidad, de la imaginación, de la vida interior y de las capacidades relacionales, ámbitos que hoy se encuentran profundamente deteriorados. No resolveremos la crisis democrática únicamente con más información, sino también con una reconstrucción de nuestras capacidades de sentir, escuchar, comprender y crear juntos.

Por eso es importante salir a votar. Resulta contradictorio disfrutar de los beneficios de una democracia constitucional sin participar activamente en su sostenimiento. El voto no lo es todo, pero sigue siendo una herramienta fundamental para cuidar aquello que hemos construido colectivamente.

También necesitamos abandonar el lenguaje descalificatorio que convierte al adversario en enemigo. Nos corresponde desarmar esas dinámicas que terminan fortaleciendo las mismas fuerzas que dicen combatir. Reconstruir confianza, descentralizar la violencia y fortalecer la convivencia son tareas políticas de primer orden.

Es muy bello observar cómo, después de la primera vuelta, amplios sectores de la ciudadanía se han movilizado con mayor intensidad mediante actos comunicativos, expresiones creativas, encuentros, conversaciones, música, carnavales y múltiples formas de acción cultural. Aunque quizás este despertar pudo haber llegado antes, sigue siendo una señal esperanzadora. Necesitamos una explosión simbólica capaz de cultivar la vida, la dignidad, los derechos y también las responsabilidades que compartimos.

Me preocupa profundamente la posibilidad de que llegue al gobierno una opción política que expresa formas de autoridad, exclusión y desprecio que creía que como sociedad habíamos comenzado a superar. No se trata únicamente de una persona. Sería ingenuo pensar que estos fenómenos se reducen a un individuo. Lo preocupante es que ciertos discursos, gestos y formas de relacionarnos con el poder parecen encontrar hoy una renovada legitimidad.

En el fondo, lo que observamos es la emergencia de algo que ha permanecido durante mucho tiempo latente en nuestra cultura: el deseo de mano dura, el clasismo, el machismo, la indiferencia frente al sufrimiento ajeno, la desconfianza hacia la diferencia y la búsqueda de soluciones simples para problemas complejos. Estas tendencias no nacen con un candidato ni desaparecerán con una elección. Habitan nuestras instituciones, nuestros medios de comunicación, nuestras conversaciones cotidianas e incluso nuestras propias contradicciones.

Por eso el desafío es más profundo que ganar una elección. Se trata de transformar las condiciones culturales que permiten que estas sensibilidades sigan reproduciéndose. La democracia no solo se juega en las urnas; también se juega en la manera como educamos, convivimos, imaginamos el futuro y construimos nuestras relaciones con los demás.

Aun así, considero que Iván Cepeda representa hoy la mejor opción para continuar avanzando en escenarios de reducción de la pobreza y la desigualdad, fortalecimiento de la construcción de paz, ampliación de derechos y consolidación institucional. Ningún gobierno resolverá en pocos años los problemas estructurales del país, pero sí puede ampliar o restringir las posibilidades de construir una sociedad más justa.

Reconociendo los logros y también las limitaciones de los procesos recientes, creo que es posible seguir avanzando en políticas que prioricen a quienes históricamente han sido excluidos y fortalecer una visión de país basada en la dignidad, la solidaridad y el cuidado de la vida.

Pero más allá de cualquier resultado electoral, la tarea continúa. Si en nuestras casas, barrios, escuelas, organizaciones, lugares de trabajo y espacios digitales contribuimos a construir confianza, fortalecer la deliberación democrática y ejercer una mínima soberanía frente a las múltiples formas de manipulación contemporánea, estaremos participando activamente en la transformación que anhelamos.

No necesitamos solamente mejores gobernantes. Necesitamos también una ciudadanía más consciente, más organizada, más sensible y más capaz de construir poder popular democrático para cuidar la vida común.

La democracia no se agota en un día de elecciones. Se construye cada día, en cada gesto, en cada conversación, en cada acto de cuidado, en cada comunidad que decide crear en lugar de destruir. Allí también se juega el futuro del país.

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miércoles, 17 de junio de 2026

El papel de las emociones en la política

En esta conversación de la Universidad del Futuro, Madza Ednir, Roberto Palacios, Helen Mancera, Maín Suaza y Andrés Fonseca analizan el complejo panorama político actual, marcado por el odio, el miedo, el resentimiento y el ascenso de nuevas derechas. 



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miércoles, 20 de mayo de 2026

Reflexiones sobre la coyuntura electoral

 


Reflexiones sobre la coyuntura electoral (Elecciones presidenciales en Colombia)



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domingo, 19 de abril de 2026

El derecho al silencio

«Un recuerdo evocado demasiado a menudo y expresado 

en forma de historia tiende a convertirse en un estereotipo... 

cristalizado, perfeccionado, adornado, instalándose en sí mismo

 en lugar de la memoria pura y dura y creciendo a sus expensas»

Primo Levi - Los hundidos y los salvados" (1986)

No todo acto de “decir la verdad” es automáticamente liberador. En muchas tradiciones críticas se ha insistido en la importancia de romper el silencio, visibilizar lo oculto y narrar la experiencia propia como forma de resistencia. Esa dimensión sigue siendo políticamente fundamental.

Sin embargo, en un ensayo particularmente lúcido Wendy Brown advierte un desplazamiento importante. Ciertas formas de discurso emancipatorio pueden ser capturadas por lógicas de poder que reorganizan aquello que buscan cuestionar. El problema no es la narración del sufrimiento en sí, sino la posibilidad de que esa narración se convierta en el eje exclusivo de la inteligibilidad política del sujeto.

Suprematist composition airplane flying - Malevich

En ese escenario, el relato del daño puede producir reconocimiento, pero también fijar al sujeto en una identidad herida que debe ser constantemente validada. La política corre entonces el riesgo de organizarse alrededor de una subjetividad que aparece principalmente como “yo herido”, más que como agente capaz de transformar las condiciones colectivas que producen ese daño.

Como advierte Brown, en ciertos registros contemporáneos del discurso político, "la práctica de confesar, declarar o pronunciar la experiencia no siempre tiene como horizonte la construcción de comunidad, la elaboración de la experiencia o la transformación de la comprensión", sino que puede quedar atrapada en dinámicas de exposición y reconocimiento.

Cuando en la cultura política contemporánea se exalta el “yo que habla desde su experiencia” (opinión personal, vivencia, testimonio), parece reforzarse la autonomía del sujeto: “yo digo mi verdad”, “mi experiencia es incuestionable”, “mi identidad me autoriza a hablar”. Esto se presenta como hipersoberanía del individuo. Pero Brown señala que ese mismo gesto puede revelar la fragilidad del sujeto soberano, no su fortaleza. Es decir, parece autónomo, pero en realidad es altamente dependiente de formas externas de legitimación.

La política se desplaza entonces hacia la autenticidad individual, en lugar de hacia la construcción de poder colectivo o la elaboración de condiciones estructurales de transformación. Y en ese desplazamiento se configura un sujeto cuya palabra circula intensamente sobre sí mismo, pero cuya agencia política se redefine cada vez más en términos de expresión y reconocimiento, más que de transformación compartida.

Si bien el acto de des-silenciar ha sido fundamental para visibilizar violencias, su reiteración sin mediación puede fijar identidades en torno al daño y limitar la posibilidad de otras formas de existencia. La construcción de paz requiere, entonces, no solo espacios para narrar el dolor, sino también condiciones para desplazarse de él, reconfigurar la experiencia y abrir otros modos de relación.

Frente a esta expansión del yo que se constituye a través de la exposición de su experiencia, podría pensarse no solo en una política del decir, sino también en un derecho al silencio. No como negación de la palabra ni de la memoria, sino como resistencia a la obligación de convertir toda vida en relato público. Un silencio que no borra la experiencia, pero que se niega a reducirla a identidad, manteniendo abierto el espacio donde lo vivido no se agota en su narración.


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miércoles, 4 de marzo de 2026

Educar el deseo

Quien desea pero no obra, engendra peste

William Blake 

Hay muchas maneras de desear y de poner nuestra energía y voluntad en el mundo, distintos modos de orientar aquello que nos anima a la acción, lo que nos llama y nos seduce. En estos tiempos parecen ampliarse las posibilidades de elección. Vivimos en una época donde las opciones parecen infinitas, podemos ser esto o aquello, elegir entre múltiples identidades, trayectorias, subculturas y estilos de vida. Pero mientras crecen las opciones, parece adelgazarse la dirección. Los consensos sobre dónde poner la atención —interior o social— se han deshilvanado, la brújula común oscila y en ese vaivén aparece la ansiedad. Según el filósofo colombiano Roberto Palacios, vivimos en una era de la ansiedad y en esta contingencia suele pasar que el deseo inconsciente se precipita compensando la soledad, la ansiedad, el deseo de pertenencia, una lucha por la identidad, las ganas de ser reconocido, queremos sentir que nuestra vida importa. En ese terreno incierto comienza a jugarse también la calidad de nuestros deseos.

Queremos vivir y experimentar deseos auténticos, pero muchas veces dominan aquellos que buscan el poder, la fama, la riqueza, el sentirnos bien y el ser alguien exitoso en la vida. Estos no son en sí mismos inclinaciones demoníacas, pero se convierten en terreno almibarado cuando funcionan como prótesis del yo, maquillaje de la inseguridad, donde el ego se regodea y opera como una respuesta reactiva a una falta no comprendida. 

Cuando perdemos contacto con nuestros deseos más auténticos, la vida psíquica suele empobrecerse: aparece la apatía, una sensación de desconexión con aquello que podría animar nuestra acción y nuestro sentido de dirección. Los deseos auténticos requieren un trabajo con nosotros mismos y una especie de crítica y comprensión cultural más amplia que dé sentido a la dirección y al llamado que la vida nos está susurrando. 

Para tener deseos auténticos es necesario entonces no solo un trabajo con la integración de las experiencias vividas y el darse cuenta, sino un trabajo con lo inconsciente y con la sombra, ya que, sin esta labor de ver los traumas, las heridas, lo que no hemos cerrado, vuelve a dominar un deseo reactivo, movilizado por la malicia, la envidia o la comparación odiosa.

Lo preocupante de la situación coyuntural es que en este estado de ansiedad el totalitarismo puede adquirir una fragancia muy seductora. Con el descrédito de las instituciones, de los vecinos, de la ciencia, de las verdades, y con la precariedad y velocidad como vivimos, es dable que nuestra ansiedad aumente. Esta ansiedad alimenta deseos compensatorios, legitimando autoridades que prometen poner orden en las cosas y proporcionar seguridad, el aumento de la posverdad y en detrimento de nuestra confianza y agencia política. Es una paradoja que el aumento de información y la conectividad esté promoviendo la información distorsionada y el auge de fanatismos.

Quizá esta paradoja tenga que ver con la pérdida de un equilibrio más antiguo entre lo que algunas tradiciones llamarían sutra y tantra: entre las formas que orientan la vida y las energías que la renuevan. Cuando las estructuras que organizan la experiencia se debilitan demasiado, la expansión de posibilidades puede generar ansiedad y dispersión, y esa ansiedad termina alimentando el deseo de orden absoluto. Algo similar ocurre cuando la religión pierde su dimensión espiritual: la autoridad se vuelve rígida, incluso opresiva, intentando compensar la pérdida de experiencia viva. Pero una espiritualidad completamente desvinculada de la religión puede multiplicar tanto las posibilidades que termina generando dispersión y soledad.

Sin religión —entendida como "parche", comunidad de práctica intergeneracional y redes de amistad, valores compartidos por la tribu — resulta difícil que los hallazgos de la experiencia espiritual se integren al tejido cultural. Sin ese contenedor colectivo, la espiritualidad corre el riesgo de convertirse en una búsqueda solitaria, incapaz de sedimentar en prácticas compartidas.

Como sugiere Cadell Last, en su magnífico libro Real Speculations, las estructuras de la religión tradicional no desaparecen simplemente cuando las personas abandonan las instituciones religiosas. Con frecuencia reaparecen en formas seculares. Quienes crecen sin religión o quienes la abandonan pueden terminar expresando esas mismas estructuras en ideologías o en el activismo político. En esos casos, la política se convierte —muchas veces sin que lo notemos— en una forma de religiosidad inconsciente.

Esta tensión entre experiencia y forma no aparece solo en las religiones tradicionales, también se manifiesta en fenómenos culturales contemporáneos, como el creciente interés por los psicodélicos. Estas experiencias, por sí solas, no conducen necesariamente a una transformación duradera. El cambio suele producirse cuando la experiencia se integra dentro de una forma: una terapia, un ritual, una práctica espiritual o una comunidad que pueda sostener y elaborar lo vivido.

Cómo señala Alexander Beiner en su libro Big Picture, How Psychedelics can help us make sense of the world, "cuando tienes una experiencia psicodélica, llevas contigo toda tu cultura, ...sin un discernimiento agudo y una comunidad de apoyo que pueda hacernos reflexionar sobre nuestras perspectivas, podemos fácilmente caer en madrigueras de conejo... podemos fijarnos en ideas, ideologías, fantasías o historias paranoicas de tal manera que estrechamos nuestro marco en lugar de ampliarlo".

En nuestra cultura los psicodélicos se han vuelto cada vez más populares y pueden ayudar a esclarecer preguntas profundas sobre nuestros deseos o sobre el sentido de la vida. Pero cuando esas revelaciones no se traducen en una transformación cotidiana —en hábitos, vínculos o prácticas compartidas— corren el riesgo de quedar reducidas a un viaje esporádico: una intensidad momentánea que no logra encarnarse en la vida común. 

La dificultad no es vislumbrar el deseo, sino sostenerlo en el tiempo. Por eso Jacques Lacan formuló una de las máximas éticas más radicales del pensamiento contemporáneo: no ceder en su deseoCuando el deseo se reconoce pero no se encarna en la vida, algo se corrompe. Como dice el aforismo de Blake que poníamos al inicio de este ensayo: quien desea pero no obra, engendra peste.

¿Cómo cultivar deseos auténticos en una cultura que fabrica deseos compensatorios? ¿Cómo sostener agencia y pluralidad cuando la ansiedad empuja hacia soluciones autoritarias? Qué vuelve un deseo auténtico? ¿Su capacidad de servicio, su enraizamiento en una comunidad o su apertura al mundo común?

Los deseos auténticos no necesitan exhibirse y transparentarse compulsivamente, son parte de una suerte de revolución silenciosa que se cuenta a nuestros cómplices y cercanos. No se ufana de la verdad, la razón o tener el poder. Son deseos, pálpitos, balbuceos que toman fuerza cuando arriesgamos nuestra vida con otros y construimos ideas que todavía son intuiciones, centelleos en el viento. Un deseo auténtico debe aguardarse como en el embarazo, darle tiempo a que fermente y no dejarlo en el aire como una idea abstracta. Hay que parir el deseo para que sea auténtico y cavar en tierra oscura. Hay deseos que mueren por exposición prematura, ideas que se evaporan porque fueron dichas antes de ser encarnadas. Parir un deseo exige riesgo, atravesar la incertidumbre sin garantías. Sin ese trabajo, lo no visto retorna, regresa amplificado y toma formas reactivas, fanáticas, violentas.

Tal vez eso sea parte de lo que estamos viviendo, no solo un declive institucional, sino un empobrecimiento del deseo. En un nivel profundo, el deseo es una fuerza constitutiva de la realidad humana. El mundo que habitamos está organizado por aquello que aprendemos a desear; las culturas no son otra cosa que la sedimentación histórica de esos deseos. Cuando los deseos se degradan, también se degrada la cultura que los sostiene.

La tarea de nuestro tiempo no sea producir más deseos, sino educar el deseo, clarificarlo, darle cuerpo y forma, buscarle cauces en la tierra y en el cielo, procurarle un contenedor sagrado para que cree sus propias creaturas. De la calidad de nuestros deseos vendrá la paz y el conflicto del futuro.


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jueves, 27 de noviembre de 2025

Contra los excesos de memoria: por una consciencia post-trágica

He venido pensando que la simple confrontación con las verdades desgarradoras del conflicto en Colombia no basta para activar al sujeto y sus realidades. El horror, por sí solo, no moviliza. Para que el pensamiento se ponga en marcha y la acción situada emerja, se necesita una especie de horizonte, un proyecto compartido, una imaginación política y una inteligencia colectiva que permita transformar lo heredado en lo posible.

También veo que escuchar verdades dolorosas mediante fotos, libros, audios, videos o archivos es distinto de recibirlas en diálogo directo con quienes han vivido la violencia. En la presencia del otro, la palabra cambia: escuchamos, preguntamos y somos cuestionados por esa experiencia viva. Si queremos que la memoria sea un espacio de empatía y reconocimiento, debemos propiciar estos encuentros en los procesos formativos.

Pero la memoria no es una solución universal. Existen excesos, prácticas memoriantes que se repiten sin producir sentido, palabras que pierden fuerza por su uso ritual. Recordar no siempre ayuda a superar el pasado; a veces lo fija, impidiendo que pase.

Aquí aparece lo que podría llamarse una consciencia post-trágica. No niega el dolor ni lo trivializa, pero tampoco lo convierte en destino. Propone ir más allá del sufrimiento como única referencia. Las víctimas no son solo víctimas: no quieren ser reducidas al evento que las marcó, ni volver sin fin sobre sus dolores. Necesitan espacios donde su subjetividad no quede atrapada en el trauma.

Una consciencia post-trágica, entonces, no borra la memoria del conflicto, pero tampoco permite que el dolor se vuelva el centro absoluto del relato nacional. No es olvido; es evitar un duelo sin fin. Reconoce memorias necesarias, pero también los riesgos de su exceso, deja de sacralizar el trauma para abrir posibilidades de convivencia, aceptando zonas grises, responsabilidades compartidas y procesos de reparación que no exijan destruir al otro.

Más que levantar monumentos de la memoria, necesitamos espacios de conversación crítica y creación colectiva. No lugares para repetir lo ya dicho, sino para pensar lo aún no pensado e imaginar el porvenir., Que la memoria sea un punto de partida, no un lugar de detención. Si Colombia quiere otra forma de ser consigo misma, habrá que sostener el dolor sin convertirlo en identidad, y habilitar espacios donde la memoria no sea una frontera, sino un punto de partida hacia lo que todavía podemos llegar a ser.

La constelación de lo post-trágico quizá podría estar vinculado a estos 3 momentos que están plenamente conectados.:

Kátharsis: sentir y reconocer el dolor. (desahogo y descarga emocional)

Phrónesis: comprender qué hacer con el dolor (discernimiento, sabiduría práctica, momento que integra experiencia y sensibilidad)

Praxis/Poiesis: acción transformadora, respuesta creativa y una forma de crear nuevas formas de vida que no estén gobernadas por la herida.

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jueves, 20 de noviembre de 2025

Semillero de Arte, Comunicación y Cultura del CEPAZ-UPN

El Semillero de Arte, Comunicación y Cultura de Paz del CEPAZ-UPN, inició sus actividades el segundo semestre de 2025 mediante encuentros semanales en los que fue tomando forma una comunidad de aprendizaje sensible, reflexiva y creativa. Para orientar el proceso compartí un ensayo a modo de ruta tentativa de formación que situó los objetivos, los enfoques y el horizonte ético–político del semillero. Este documento inicial fue enriquecido con las voces de los participantes y terminó convirtiéndose en una brújula para las experiencias que seguirían.

2 Encuentro Distrital de Semilleros en Construcción de Paz 

A lo largo del semestre vivimos experiencias sensibles en torno a la paz, construidas por los estudiantes y orientadas a explorar sus dimensiones afectivas, corporales y narrativas. Estos ejercicios abrieron conversaciones profundas y permitieron reconocer las inclinaciones, deseos y necesidades del grupo, así como los modos en que cada quien se acerca al arte, la escucha y la transformación social.

Taller de Exploración de la paz a través de las manos y sentidos

El Semillero participó también en el Encuentro Distrital de Semilleros de Paz, realizado en el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, que convocó a grupos provenientes de diversas instituciones universitarias de Bogotá. Allí presentamos un póster que relataba el taller realizado por los estudiantes en el marco del curso Narrativas Sonoras para la Paz con personas víctimas del conflicto armado.


Como producto conjunto, el semillero creó y produjo un podcast, emitido posteriormente en Pedagógica Radio, donde resonaron las reflexiones construidas en los encuentros y se compartieron las voces de algunos participantes en el programa Sonidos para la construcción de paz.

Pre-producción podcast
Transmisión en vivo del podcast en pázala voz (CEPAZ-UPN)

Programa radial pázala voz realizado por el Semillero del CEPAZ.

El grupo también diseñó y facilitó un taller en el curso de Narrativas Sonoras para la Paz, dirigido a personas víctimas del conflicto armado. En este espacio profundizamos en la relación entre cuerpo, arte y escucha, investigando cómo el sonido puede abrir caminos de reparación simbólica y de memoria compartida.

Taller Narrativas Sonoras para la Paz

Taller Narrativas Sonoras para la Paz.
Taller Narrativas Sonoras para la Paz.

En las últimas sesiones del año empezamos la proyección de una investigación-creación para 2026, orientada a diseñar prácticas artísticas colaborativas entre estudiantes del semillero del CEPAZ, jóvenes de 2 colegios de Bogotá y personas privadas de la libertad en Sincelejo a través de la Corporación Universitaria del Caribe – CECAR  y a través de la colectiva mal rebaño en la Cárcel Buen Pastor (Bogotá). Esta apuesta abre un camino para conectar con movimientos sociales, colectivas que trabajan en cárceles y  profundizar en pedagogías sociales, prácticas restaurativas y experiencias artísticas que articulen educación, justicia y transformación social.

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martes, 21 de octubre de 2025

La pureza y sus fantasmas. (A propósito de algunos desafíos del pensar crítico)

I. Sobre el desgaste del pensar crítico.

Aunque el pensamiento crítico ha abierto caminos hacia una sociedad más libre y justa, hoy necesita una profunda actualización. No hablaré de sus potencias, ya ampliamente desarrolladas, sino de algunas incoherencias y carencias que percibo.

La primera es la arrogancia —a veces narcisista— de creer que si todo el mundo pensara como yo, el mundo estaría mejor. Otra bastante recurrente es cuando del pensamiento crítico se confunde con la creación de figuras de odio, adjudicando  problemas complejos a chivos expiatorios que ofrecen cierto consuelo psíquico, pero que finalmente perpetúan el problema.

También observo su vínculo con modalidades de pensamiento mágico y religioso, incrustadas en la utopía entendida como fin trascendente e inamovible; la tendencia a creer en agendas y visiones de mundo cerradas, inflexibles frente al otro —especialmente frente al antagonista—; y la ingenua intención de comprenderlo todo, ofreciendo respuestas fáciles a problemas complejos.

A esto se suma la dificultad para integrar otras formas de racionalidad, su amor por los sistemas excesivamente coherentes, y la construcción de mapas conceptuales sin ventanas, erigidos como muros.

Finalmente, el pensamiento crítico se ha distanciado del arte, la religión, la espiritualidad y la familia: espacios que podrían devolverle fluidez, sensibilidad y empatía entre cosmovisiones diversas. Al pensar el mal o la injusticia, suele caer en juicios morales que nos eximen de imaginar alternativas estructurales, lo que termina derivando en una evasión de la imaginación política.

II. La inflación moral del discurso

En el marco del círculo de reflexión del Doctorado en Ipecal, donde hemos leído a Hugo Zemelman para ejercitar un pensar situado —pensar desde la realidad y no desde los conceptos dados—, me ha surgido una inquietud: ¿qué ocurre cuando las palabras críticas se desgastan al punto de perder su fuerza para interpretar el presente?

Conceptos como antirracismo o patriarcado nacieron para revelar estructuras de dominación, pero al volverse signos de pertenencia moral perdieron capacidad analítica. Se repiten a menudo como consignas performativas (“ser antirracista”, “luchar contra el patriarcado”) sin precisar cómo se reproducen esas dinámicas en la vida concreta. A menudo se transforman en palabras mágicas que evocan el bien, la pureza, la causa justa… pero sin vincularse necesariamente a un diagnóstico riguroso o a una práctica transformadora.

Al volverse universales y genéricas, estas palabras dejan de señalar mecanismos específicos —económicos, institucionales, mediáticos o afectivos— y pasan a operar como marcadores morales: Antirracista = bueno. Racista = malo. Feminista = justo. Patriarcal = injusto. Un gesto que muchas veces desemboca en una suerte de etnocentrismo moral nocivo para el cambio social y cultural.

Así, el lenguaje crítico se desliza hacia una moralización del discurso político, donde lo importante ya no es analizar las mediaciones materiales de la desigualdad, sino declarar adhesión simbólica a una causa. McGowan, Mark Fisher o Adolph Reed lo han señalado de distintas formas: la izquierda cultural contemporánea se obsesiona con el significante de la crítica, pero no con su eficacia.

Cuanto más abstractas se vuelven estas palabras, más saturan el espacio público y menos transforman la realidad. Se produce lo que Byung-Chul Han llama “inflación moral”: una sobrecarga de significantes éticos que debilita su fuerza política. Las luchas se fragmentan en etiquetas sin horizonte común, y la crítica se disuelve en moralismos identitarios.

Esta pérdida de densidad simbólica no solo afecta al lenguaje: alcanza también a las imágenes, a las formas en que representamos la crítica y la violencia. Se percibe esto en la obra The Physical Impossibility of Death in the Mind of Someone Living  del artista Damien Hirst donde un tiburón flota inmóvil dentro de su urna de cristal. Alguna vez fue amenaza —cuerpo real, potencia salvaje, animalidad viva— y ahora es símbolo, mercancía, reliquia. Lo que antes mordía, hoy adorna. El arte de Hirst no celebra la muerte: la administra, la conserva, la convierte en experiencia segura para el espectador. Así también ocurre con nuestras causas nobles: su ferocidad inicial se embalsama en discursos y vitrinas morales. El gesto vivo de la crítica —como el tiburón— queda suspendido en formol, estetizado, neutralizado. Lo que fue herida abierta se vuelve objeto de contemplación: limpio, impecable, sin riesgo.

Como advirtió Alasdair MacIntyre, retomando a Freud, desenmascarar la arbitrariedad de los demás suele funcionar como defensa frente a la arbitrariedad propia. En otras palabras, la crítica puede convertirse en una forma sofisticada de negación: cuanto más exhibimos la ideología ajena, menos interrogamos nuestras propias complicidades. De ahí que el discurso crítico, cuando se absolutiza, derive en una suerte de narcisismo moral que confunde lucidez con pureza. En nombre de la emancipación, terminamos construyendo nuevas ortodoxias simbólicas, nuevos lenguajes de salvación que preservan intactas las estructuras de poder y deseo que pretendíamos cuestionar.

Tanto Žižek como Nick Land, desde lugares opuestos, han advertido algo similar: que las formas contemporáneas de crítica tienden a quedar atrapadas en su propia teatralidad. Žižek lo formula como un síntoma ideológico: disfrutamos denunciando el sistema mientras participamos activamente en él. La crítica se vuelve un acto de consumo simbólico, una coartada que nos permite sostener el cinismo cotidiano sin culpa. Land, por su parte, lleva esta paradoja al extremo: sostiene que el capitalismo ha absorbido la negatividad de la crítica hasta convertirla en motor de innovación, es decir, que la crítica misma se ha vuelto combustible del sistema que pretendía subvertir.

III. Repolitizar las categorías.

Pero no se trata de prescindir de estos términos que señalan problemáticas que necesitamos transformar, sino —quizás— de repolitizarlos: de nombrar cómo se reproducen hoy las desigualdades en el capitalismo de plataformas, en los algoritmos, en las relaciones afectivas o en la ecología del deseo. Devolverles densidad histórica y situacional, en lugar de usarlas como fórmulas totales. Pensar la emancipación no como identidad, sino como práctica relacional y situada. Porque —como recuerda una vieja máxima— las palabras no deben reemplazar la acción: deben orientarla.

Aquí una paradoja característica de nuestro tiempo. A medida que se expanden los canales de información y crece nuestra exposición a los conflictos del mundo, la política parece estar en todas partes: en las redes, en el consumo, en las conversaciones cotidianas. Sin embargo, esta expansión no ha producido un aumento correlativo de la comprensión política. Hemos multiplicado los discursos, pero no las capacidades. La proximidad a la información no se traduce en una inteligencia práctica sobre cómo se ejerce el poder, cómo se configuran las instituciones o cómo podrían transformarse. En lugar de sujetos políticos, producimos comentaristas morales; en lugar de acción, proliferan juicios.

En última instancia, se trata de recuperar lo que Zemelman llamaba la potencia del pensar: esa facultad de abrirse a lo inédito posible. Volver a pensar desde la realidad —no desde las etiquetas que la domestican— podría ser el primer paso para que la crítica deje de ser discurso y vuelva a ser acontecimiento.

Entonces, ¿qué significa repolitizar estos términos clave de la actualización del pensamiento crítico?. Significa mover los conceptos del pensamiento crítico hacia nuevas escalas y dimensiones; explorarlos desde distintos métodos y contextos que revelen sus interdependencias y especialmente en el ámbito pedagógico, implica aprender a mirarlos desde una perspectiva más sistémica, compleja y encarnada, donde pensamiento y experiencia se entrelazan.

IV. El patriarcado como caso de estudio

Tomemos, por ejemplo, el caso del patriarcado. Comprender esta noción requiere integrar diversas dimensiones y profundizar en sus raíces históricas y simbólicas, a su vez que situarla en una escala temporal y transcultural más amplia: observar la función histórica del poder de dominación masculino en la sociedad, los mandatos morales que lo han constituido y la internalización de un modo de ser y de relacionarse con el mundo.

Pero también es bastante sensato reconocer que en esa larga historia de dominación y jerarquía, se entretejen valores, potencias y aportes —como la disciplina, la figura del protector, el trabajo fuerte, los avances en la cosmovisión tecnocientífica— que, aunque hoy necesiten ser reconfigurados y problematizados, han sostenido parte de la arquitectura simbólica de la civilización.

Desde una mirada dialéctica y no moralizante, repolitizar significaría leer el patriarcado no solo como opresión, sino como una forma histórica de organización simbólica del mundo que hoy estamos llamados a comprender, trascender y transformar.

Para ello, podríamos considerar, de manera simultánea, distintas dimensiones de análisis y de experiencia, con el propósito de ampliar la mirada y las posibilidades de participación y de acción colectiva. Siguiendo con la problematización del patriarcado podríamos explorar las siguientes aristas:

Epistémica: reconocer los marcos de pensamiento que han naturalizado jerarquías del saber, y hacer justicia a otras formas de conocimiento que la masculinidad ha encarnado a lo largo de la historia.

Ontológica: revisar las nociones de realidad, de ser humano y aquello que entendemos como la “esencia” de lo masculino.

Fenomenológica: atender cómo se viven y se encarnan esas estructuras de dominación en la experiencia sensible y cotidiana.

Biográfica: explorar la historia viva que cada quien porta en su relación con lo patriarcal: con el padre, el abuelo, los ancestros y la relación con otros géneros.

Política: crear círculos de deconstrucción y reconstrucción de la masculinidad dominante, propiciando encuentros donde emerjan los dones al servicio a la comunidad.

Mito-poética: indagar los imaginarios, mitos y símbolos que han configurado la idea de lo masculino —el padre, el guerrero, el sabio, el héroe, Peter pan— como expresiones de una tensión entre poder, cuidado y trascendencia.

Ecológica: reconocer la masculinidad dentro de una ecología más amplia de fuerzas vitales —humanas y no humanas—, repensando su relación con la Tierra y la tecnología

Histórica: comprender que “lo patriarcal” no es una esencia, sino un régimen de verdad que ha mutado con el tiempo.

Solo al integrar algunas de estas dimensiones (y sus relaciones), en la construcción de conocimiento y del pensar crítico, podemos devolver espesor a los conceptos, comprenderlos en su densidad histórica, mítica, relacional y simbólica. Así se abre la posibilidad de un pensamiento más inclusivo y de una acción colectiva más integral, capaz de acoger la contradicción, la negatividad y la potencia que aún habita en lo patriarcal.

El pensamiento crítico no se renueva repitiendo viejas fórmulas, sino encarnando nuevas formas de comprender y de actuar. Repolitizar es devolver a las palabras su capacidad de crear realidad, de sostener comunidad y construir la historia. Solo así el lenguaje vuelve a ser un territorio de transformación, y no un eco vacío de su propia impotencia.


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sábado, 13 de septiembre de 2025

Dialéctica de la mirada

El discurso que Gabriel García Márquez redactó para la entrega del Premio Nobel nos abre preguntas desafiantes, no solo sobre nuestro presente, sino también sobre la posibilidad de repensarnos de nuevo. Entre mi lectura personal y la conversación que suscitó, apareció lo que podríamos llamar la dialéctica de la mirada: esa tensión entre cómo vemos a los otros, cómo los otros nos miran y cómo nos atrevemos a mirarnos a nosotros mismos y al mundo que nos rodea.

De esa dialéctica surge un interrogante: ¿cómo a través de la educación podemos ensanchar la mirada? ¿Qué implica pensar tanto en lo que vemos como en lo que nos ve, en lo que abre o cierra la mirada, en el ver con los ojos abierto o cerrados y en lo que aparece cuando miramos hacia adentro? La lucidez, la claridad y la profundidad son concreciones de la expansión de la mirada, mientras que una mirada estrecha y simplificada reduce el mundo a dos dimensiones, a meros esquemas que empobrecen la experiencia y las relaciones.

Conviene subrayar que lo que vemos nunca es inocente ni neutral: no todos vemos lo mismo. Nuestra mirada está matizada por creencias y valores, por la historia y los territorios que habitamos, por las culturas que nos atraviesan, por el inconsciente colectivo y también por nuestra singularidad irrepetible. Preguntar por la mirada implica a la par, interrogar nuestros intereses y marcos de relevancia, reconocer aquello en lo que el mundo nos toca e interpela. Supone también trabajar los sesgos y prejuicios que nos limitan, y abrirnos a la posibilidad de ver con los ojos de los otros: los de quienes nos rodean, los de múltiples culturas y sus sabidurías. Solo así podremos nutrir, desde nuestras diferencias, la experiencia colectiva de la humanidad.

La manera en que miramos nunca es solo individual: toda mirada es también colectiva y política, porque exige pensar cómo interpretamos la realidad en común. Aquí la reflexión adquiere otro tono: interpretar no es solo descifrar, sino también ponernos de acuerdo —y aprender a habitar nuestros desacuerdos— para actuar frente a las circunstancias y desafíos que nos arroja el mundo.

Este desafío se vuelve aún más urgente en el presente. Mientras el pensamiento lógico y proposicional amplía sus posibilidades de combinación y cómputo a través de la inteligencia artificial, necesitamos fortalecer otras dimensiones del pensar. El pensamiento dialéctico y sistémico se torna crucial: no basta con producir enunciados o respuestas. Lo que necesitamos son movimientos del pensamiento, que nos conduzcan a comprensiones más profundas y a una movilización más consciente de la energía disponible como voluntad creadora.

En este horizonte, educar la mirada se convierte en una tarea pedagógica fundamental. Podríamos enunciar tres claves fundamentales para ello:

1. La clave intercultural. Ampliar la mirada significa descentrarnos, abrirnos a lo que habitualmente ha sido invisibilizado, silenciado o marginado. En términos curriculares, se trata de aprender a leer el mundo en clave de sur a norte y de norte a sur, de oriente a occidente y de occidente a oriente, entendiendo que los saberes, artes, filosofías y cosmovisiones de las culturas no son meras curiosidades ni “modelos a seguir”, sino aportes vivos a la humanidad. Es parte de la educación ampliar las formas de ver el mundo y, a su vez, revitalizar los saberes propios —andinos, amazónicos, afroamerindios, africanos, árabes— eclipsados por el eurocentrismo, para que entren en diálogo creativo y crítico con otros legados.

2. La clave dialéctica. Ampliar la mirada no es solo un asunto de contenidos, sino también de método. Implica ejercitar un movimiento constante entre contradicciones y asuntos opuestos, evitando tanto el dogmatismo (una verdad absoluta) como el negacionismo (falsear verdades con relatos) o el escepticismo ingenuo (suponer que todas las verdades pesan lo mismo). La dialéctica nos dispone a las síntesis creativas, fruto de tensiones reales, que permiten avanzar sin clausurar la complejidad.

3. La clave de la escucha. Para ampliar la mirada, debemos aprender a escuchar voces distintas de las nuestras, a conversar en la diferencia y a cultivar una escucha compasiva.. Escuchar lo que no encaja en la cultura dominante: a las personas neurodivergentes, a los ecosistemas, a la crudeza de nuestra historia actual, al outsider, al malandro, a quienes habitan los márgenes y viajeros entremundos. Incluso las voces que más nos incomodan. Porque allí, en lo rechazado, puede estar un fragmento de sabiduría que necesitamos para madurar como humanidad y crear una cultura capaz de acoger, sin violencia, una pluralidad mucho más amplia de vidas, perspectivas y visiones de mundo.

Ampliamos la mirada, entonces, no solo para ser más solidarios con las perspectivas ajenas, sino también para reconocer que la nuestra es apenas un punto de vista, condicionado por los privilegios o la ausencia de ellos. Enseñar y aprender a mirar de este modo no es un lujo, pero se puede entrenar como cualquier oficio: es quizá la tarea más urgente de nuestro tiempo. Una pedagogía de la mirada que, entre la dialéctica, la interculturalidad y la escucha profunda, nos permita regenerar vínculos, sostener la pluralidad y abrir horizontes de humanidad compartida.

Este mismo ejercicio, en el que partimos de la palabra de Gabo y llegamos a preguntas pedagógicas y políticas, es ya una muestra del pensar categorial según la propuesta de Zemelman. Se trata de una danza: comienza en la realidad concreta que nos interpela, se abre a un marco que provoca, pasa por la elaboración interna donde surge lo emergente y las preguntas, se despliega en una exploración conceptual y experiencial, y regresa a lo concreto: a cómo todo esto se traduce en nuestra vida, en la práctica pedagógica o en el espacio cotidiano. Tal vez educar la mirada, desde el pensar categorial, sea justamente aprender a bailar con lo inédito: a no quedarnos repitiendo lo dado, sino a crear posibilidades nuevas para habitar el mundo.


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martes, 9 de septiembre de 2025

Qué significa hoy para mí la política?


Hacer política hoy es resistir a la crueldad.

Es recordar que aún existe imaginación,

y que en las contradicciones

se enciende la fuerza

para desobedecer

y para crear mundos.

¿Dónde habita hoy la política?

En las grietas, en los márgenes, 

en los umbrales y los ecosistemas locales,...

En acuerdos frágiles.

En los colectivos y organizaciones improbables.

En comunidades e instituciones que inventan lo que aún no existe.


Civilidad no es consenso.

Es sostener el conflicto sin volverlo guerra.

Es habitar la pluralidad sin anestesia.

Es atreverse a inventar prácticas sociales nuevas.

No necesitamos mesías.

No necesitamos paraísos perfectos.

Precisamos movimientos que transformen instituciones.

No cambiar nombres, sino arquitecturas.

Espacios donde la vida común no se reduzca a administrar conflictos,

sino a sostenerlos, incluso en la escasez de tiempo y recursos.

La política que huye del diálogo es propaganda.

Necesitamos conversación.

Escucha.

Confrontación sin trincheras.

La dialéctica,

como arte de la re-existencia.

Pensar con los otros.

Pensar contra los otros.

Para seguir juntos,

incluso en el juego.

Utopía no es un paraíso lejano.

Utopía es abrir ondas y tiempos en el presente.

paracaminar juntos

y ensayar nuevas formas de vida.


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sábado, 23 de agosto de 2025

El lugar del miedo en la política

En Colombia nada pasa por casualidad, pero todo se disfraza de accidente. El asesinato de Miguel Uribe, el carro bomba en Cali, los ataques a la fuerza pública, el referendo para dinamitar el Acuerdo de Paz, los buques estadounidenses rondando el Caribe y la retórica de la derecha que insiste en que todo lo que no le convenga huele a narcoterrorismo… parecieran capítulos sueltos, pero en realidad son la misma vieja serie repetida en bucle.

La trama es simple y conocida: cuando el poder se tambalea, se enciende el fósforo del miedo, se resucita el fantasma del “enemigo interno”, se apunta con el dedo al gobierno de turno y se promete, una vez más, que la salvación vendrá de mano dura, Estado mínimo y sermones de seguridad democrática.

El referendo para derogar el acuerdo de paz es, en ese sentido, casi profético: un país que no sabe qué hacer sin guerra se propone votarla de nuevo, como si la violencia fuera un derecho adquirido. Porque para una parte de Colombia, la paz no es un horizonte, sino una amenaza a la mitología que le da sentido: el héroe armado, el enemigo absoluto, el pueblo disciplinado.

Mientras tanto, Estados Unidos vigila desde el Caribe con sus aviones y buques, como quien mira a un viejo socio que no se decide a recaer en la adicción. A Washington le conviene un Colombia obediente, proveedor de excusas perfectas para la guerra contra las drogas y la presión contra Venezuela. Y a la derecha criolla le conviene esa obediencia porque legitima su nostalgia: ser los guardianes de un orden que nunca existió.

El uribismo, por supuesto, ya no es la religión mayoritaria que fue. Está exhausto, golpeado, judicializado, pero no muerto: como todo dogma decadente, sobrevive gracias al miedo. Porque si algo enseña nuestra historia es que el miedo es la gasolina más barata y más duradera que ha encontrado la política colombiana.

Lo trágico es que la democracia, el Estado y la política parecen arrastrarse en la misma extenuación. Y lo irónico es que, justo ahí, en la decadencia compartida, podría abrirse un espacio para algo distinto. Pero para que eso ocurra, Colombia tendría que romper su adicción al eterno retorno del miedo y la guerra.

Quizá la verdadera revolución no sea tumbar al adversario de turno, sino atreverse a imaginar un país que no necesite enemigos para existir. Pero claro, eso exigiría una política distinta… y en Colombia la política siempre prefiere la pólvora a la imaginación.

Y si la escuela, en lugar de enseñar a temerle al error, lo celebrara como laboratorio de futuro? ¿Si nos formara no para ser fieles consumidores de promesas incumplidas, sino arquitectos de realidades nuevas? En vez de domesticar al ciudadano para votar resignado cada cuatro años, podríamos formar comunidades capaces de imaginar y sostener otros modos de vida, más allá de la dicotomía entre miedo y obediencia.

Un interesante giro educativo sería pasar de la pedagogía del miedo a una pedagogía de la imaginación política. Una educación que no se contente con repetir la historia de nuestras guerras, sino que enseñe a ver los patrones que se repiten y escribir los capítulos que todavía no existen. Quizá allí resida la mayor herejía posible en Colombia: educar no para mantener vivo el eterno retorno del miedo, sino para atrevernos a traicionarlo.

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domingo, 27 de julio de 2025

Reflexiones finales sobre el juicio a Uribe

Seguí de cerca, casi en un 90 %, el juicio contra el expresidente Álvaro Uribe, el primer jefe de Estado en la historia de Colombia en sentarse en el banquillo de los acusados. Durante meses, entre mis labores cotidianas, saqué tiempo para escuchar sesiones largas, densas y muchas veces indignantes. Aunque a veces sentí que insistía demasiado con el tema, lo cierto es que esta experiencia me permitió, como ciudadano, comprender de manera directa y profunda cómo opera la política criminal en Colombia, cómo se entrelazan el poder, la impunidad y el silencio, y por qué este juicio marca un precedente que no podemos dejar pasar.

Themis 

Este juicio me permitió volver a observar con nitidez los entramados corruptos y los modus operandi que han marcado la política en Colombia: una red donde convergen delincuentes, paramilitares, políticos, medios de comunicación, congresistas, abogados, empresarios y narcotraficantes. Se hizo evidente, una vez más, el silencio cómplice de los grandes medios: cuando hablaron del caso, lo hicieron de forma tendenciosa, encubriendo con sombras lo que debería estar a la luz, siempre en sintonía con los intereses del acusado.

El caso Uribe es paradigmático. Refleja la conducta de quien sabe que ha actuado mal, pero se oculta detrás del lenguaje, tanto verbal como corporal; descalifica a quienes lo enfrentan, desinforma a la ciudadanía y se presenta como víctima de una supuesta persecución política. El hecho de que, tras intentar incriminar a Iván Cepeda, terminara siendo él el investigado, es una muestra contundente del funcionamiento de la sombra criminal que lo rodea.

 Innana

Este juicio también dejó al descubierto las formas subrepticias en las que Uribe se comunicaba con Diego Cadena. En las interceptaciones todo parecía transcurrir bajo un tono aparentemente correcto, casi legal. Sin embargo, el desfile de testigos y las pruebas presentadas durante el proceso evidenciaron que todo había sido cuidadosamente planeado. Quedó claro que Uribe fue el determinador de fraude procesal y soborno en actuación penal.

Y este no es más que uno de los tantos casos en los que tiene responsabilidad. Existen crímenes y violencias mucho más graves cometidas durante su gobierno, por los que también debe responder ante la justicia.

Algo que comprendí con mayor claridad en este proceso es que Colombia ya no es la misma de hace 20 años. La gente ha cambiado. Aunque aún hay quienes lo defienden, la figura de Uribe opera como la del “padre protector”: un arquetipo heroico que promete seguridad y erradicar el mal, como en los relatos de las películas épicas. Pero esa imagen no es nueva en la historia; responde a necesidades insatisfechas, apela a las emociones, al inconsciente colectivo y muchas veces a la ignorancia cultivada por décadas de manipulación mediática y miedo. Hoy, cada vez más personas despiertan de ese hechizo y comienzan a ver con ojos más críticos lo que antes se aceptaba sin cuestionamiento.

Quiero resaltar el papel fundamental de algunos medios independientes en este proceso histórico. El trabajo investigativo de Daniel Coronell, con sus transmisiones masivas, logró imponerse sobre los grandes medios tradicionales, aportando claridad y rigor. Igualmente, medios como Cuestión Pública, Vorágine y La Raya desempeñaron un rol clave: investigaron, informaron y abrieron espacios para el análisis público del juicio más importante en la historia reciente de Colombia.

Mi profunda gratitud también a los abogados de las víctimas, Reinaldo Villalba y Miguel Ángel del Río, por su valentía jurídica y compromiso con la verdad. Y, en especial, a Iván Cepeda, cuyo coraje, coherencia y defensa incansable de los derechos humanos nos dan un ejemplo vivo de sensibilidad ética y grandeza política.

Reconocimiento igualmente a dos mujeres fundamentales en este proceso: la fiscal Marlenne Orjuela y la juez Sandra Heredia, por su templanza, claridad y firmeza a lo largo de todo el caso. Gracias a todas y todos quienes han hecho posible que, por fin, la justicia en Colombia comience a pronunciarse ante tanta impunidad.

Independientemente del resultado del 28 de julio —que espero sea una condena para Álvaro Uribe, dada la contundencia del material probatorio y en aras de fortalecer la democracia en Colombia—, lo cierto es que seguimos avanzando. Las generaciones presentes merecen recuperar la esperanza en la justicia y confiar en una verdadera separación de poderes. La masa crítica en el país sigue creciendo. Las pruebas que salieron a la luz, incluso aquellas que no eran centrales al caso, evidencian la responsabilidad de Uribe en la conformación del Bloque Metro, cómo desde su hacienda se desviaba gasolina para financiar a estos grupos y cómo, durante su gobierno, se persiguió, silenció y asesinó tanto a quienes conocían la verdad sobre los crímenes de lesa humanidad como a quienes integraban la oposición. La historia está hablando. Y nosotros también.

La figura del expresidente carga con un oscuro lastre histórico. Más que un deseo de venganza al verlo en una cárcel, lo que está en juego es un acto de justicia que puede abrir el camino hacia la reconciliación. Necesitamos conocer y asumir la verdad, por dolorosa que sea, para garantizar la no repetición. Esto implica también transformar las condiciones psicológicas, educativas y culturales que han llevado a tantas personas a depositar su fe en líderes y políticas que han causado profundo daño al país. Es hora de fortalecer una política más descentralizada, donde la ciudadanía pueda participar de forma más significativa desde sus propios territorios, construyendo colectivamente los cambios urgentes que Colombia necesita.

Post-criptum: 

La verdad cumple un papel fundamental, especialmente en asuntos de justicia, donde esclarecer los hechos es esencial. Sin embargo, sería un error aproximarse a ella solo para ganar debates o alimentar divisiones que enfrentan a la sociedad en bandos opuestos. Conocer la verdad no debería convertirse en una ocasión para la vanagloria, sino en una oportunidad para cultivar prudencia y apuntalar la voluntad hacia otros lugares. No se trata de exhibirla como un trofeo, sino de permitir que su luz despierte en nosotros revelaciones más hondas, que afinen nuestra voluntad, nuestra ecuanimidad y nuestra capacidad de compasión. La verdad, cuando realmente resplandece, no busca atrincherarnos, sino liberarnos de las falsas certezas y abrirnos al misterio compartido de lo humano

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viernes, 20 de junio de 2025

Juegos en el diálogo de Arte, Ética y Política (I-2025)

Este semestre (I-2025), los estudiantes del diálogo Arte, Ética y Política de la Maestría Arte, Educación y Cultura, realizaron 3 juegos diseñados colectivamente que además de lo maravillosos y creativos que quedaron, entregaron mucho entusiasmo en su realización. Los juegos en su mayoría abordan emociones, situaciones políticas y temas tabúes y complejos de tratar y donde a partir del arte, la narrativa, la creación colectiva y la improvisación se definen una serie de retos para ser jugados.

Caleidoscopio político, juego que aborda a través de un ruleta dividida en 4 emociones, (miedo, resentimiento, asco y amor), discursos políticos, crisis sociales, experiencias personales y situaciones mediáticas reales o ficticias. El juego comienza organizando dos o 3 equipos de igual número de jugadores; el jugador inicia moviendo la ruleta para determinar la emoción con que jugará la ronda y el color de la tarjeta (rojo, azul, verde y amarillo). Saca una tarjeta de color del mazo para obtener el contexto o hecho político a interpretar. Posteriormente debe lazar un dado para definir la acción que le corresponde realizar. Tiene 4 minutos para realizar la acción: mímica, escultura humana, dibujo ciego, construcción con objetos, producción literaria, expresión libre.

Juego recomendado para mayores de 16 años y creado por Vanessa Zea, Angie Leal, René Pineda, Alejandra Quiñones, Diana Nuñez y Cindy Mar Cifuentes.

Más-caras: tus emociones a prueba, juego de cartas que explora temas como las paradojas, tabúes y lo sombrío a través de experiencias artísticas y retos éticos y políticos que desafían a los jugadores. Durante el juego cada participante elije un rol que pondrá a prueba la empatía. El juego contiene cartas de reto que le ayudarán a orientarse y contiene dilemas éticos, invitaciones a compartir experiencias artísticas y sensoriales.

Mínimo dos jugadores y máximo 6; contiene 54 cartas, las cuales 6 corresponden a los roles y 47 a cartas que dinamizan la partida. El reloj de arena contabilizará el tiempo. Las cartas que dinamizan el juego tienen unos temas que son: amor, muerte, política y ecología. 

Creado por Eva Cuervo, Nicolás Escobar, Juana Flórez, Lina Fernanda Pérez, Victoria Ramírez, Sebastián Ravelo, Miguel Sarmiento y Victoria Inés Mcnish


La escalera del destino, es un juego de mesa tipo escalera, en el que el participante lanza el dado y avanza el número de casillas correspondientes, si cae en una casilla especial, toma una carta del mazo indicado y sigue sus instrucciones. El jugador debe resolver el reto antes de pasar el turno. Si otro participante no está de acuerdo con la interpretación el grupo puede debatir y decidir en conjunto. Los tipos de cartas son Rituales (conexión con lo sensorial y lo desconocido) Dilemas ( preguntas profundas que te hacen reflexionar y tomar decisiones), Caos (eventos inesperados que pueden alterar las reglas de juego para bien o para mal) y Creación (retos artísticos y narrativos que te invitan a imaginar y expresarte) 

El primer jugador en llegar a la casilla de destino, debe responder una última pregunta o desafío elegido por los demás jugadores, solo si lo supera, el viaje habrá concluido con éxito. En este juego, el destino no es solo llegar, sino la historia que escribes en el camino. Este juego fue creado por Yenny Yañez.


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