miércoles, 20 de mayo de 2026

Reflexiones sobre la coyuntura electoral

 


Reflexiones sobre la coyuntura electoral (Elecciones presidenciales en Colombia)



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jueves, 14 de mayo de 2026

Reflexiones sobre el "escrache"

La práctica del "escrache" aparece muchas veces allí donde las instituciones fallaron, como un grito cuando los canales de escucha, reparación o justicia parecen cerrados o insuficientes. …en muchos casos expresa daños reales, silencios acumulados y experiencias de impotencia. Sin embargo, cuando el conflicto queda atrapado únicamente en la lógica de castigo público, algo más ocurre, tanto quien denuncia como quien es denunciado pueden quedar fijados en identidades rígidas —víctima absoluta y monstruo absoluto— sin que necesariamente aparezcan verdad, responsabilidad, reparación o transformación.

Las redes sociales intensifican esta dinámica porque operan mejor con veredictos inmediatos que con procesos complejos. El escrache produce exposición, circulación afectiva y claridad moral instantánea. Hay una sensación de comunidad en la indignación compartida, por un momento, el grupo parece saber exactamente dónde está el mal. Pero esa expulsión suele generar cohesión momentánea más que comprensión profunda de las condiciones que producen violencia. El problema estructural corre el riesgo de condensarse en una sola figura visible.

Y entonces la justicia comienza a confundirse con otra cosa, no sólo el deseo legítimo de reconocimiento y protección, sino también el impulso arcaico de devolver la herida, de hacer sentir al otro el dolor sufrido, de expulsarlo simbólicamente del mundo común. Sin embargo, el sufrimiento del otro no siempre repara el propio sufrimiento. A veces sólo prolonga la lógica de la devastación.

Tal vez uno de los mayores problemas culturales de nuestro tiempo sea la dificultad para imaginar responsabilidad sin aniquilación. Parecemos oscilar entre dos extremos: la impunidad o la destrucción moral absoluta. Pero cuando una sociedad identifica completamente a una persona con su peor acto, la posibilidad de transformación se vuelve casi impensable. Ya no existen procesos humanos; sólo marcas permanentes.

La pregunta incómoda permanece abierta: ¿qué hacemos con la posibilidad de transformación de las personas? Porque una cultura que pierde toda fe en la transformación termina sabiendo únicamente castigar o expulsar. Y una sociedad que sólo sabe expulsar quizá logre administrar la culpa, pero difícilmente aprenda a transformar las condiciones que producen el daño.


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Jugar como gesto político y existencial

Una persona creativa no es aquella que logra dominar y controlar el mundo, sino la que puede jugar dentro del mundo sin quedar totalmente capturada por sus lógicas y reglas. La creatividad nace de la apertura, de conservar la curiosidad, el deseo y la capacidad de improvisar aun en medio de la incertidumbre y la imperfección.

Siguiendo a Donald Winnicott, el juego no es un suplemento decorativo de la existencia, sino el espacio donde el ser humano puede habitarse de manera más plena. Sólo jugando el individuo compromete zonas amplias de su personalidad, arriesga nuevas formas de relación y suspende, aunque sea momentáneamente, las identidades rígidas que la vida social impone. Jugar es ensayar otras posibilidades de ser.

Por eso las crisis de sentido no provienen únicamente del sufrimiento, sino también de la imposibilidad de jugar. Cuando la vida queda reducida a productividad, rendimiento y adaptación, la singularidad se marchita. Dejamos de imaginar, de proyectar, de simbolizar. Y una existencia incapaz de jugar termina administrándose a sí misma como una máquina agotada.

Sin embargo, no todo juego libera. También existen juegos degradados, juegos capturados por la lógica del consumo, la competencia narcisista o la gamificación permanente del capitalismo contemporáneo. Allí el juego deja de abrir mundos y comienza a administrar dopamina, atención y obediencia. La diferencia decisiva no está entre jugar y no jugar, sino entre un juego vivo que expande la experiencia (y dan más ganas de seguir jugando y viviendo) y un entretenimiento pasivo que anestesia el deseo.

Nuestra época parece organizada precisamente alrededor de la captura de la atención. Sistemas enteros disputan nuestra energía psíquica y convierten el deseo en mercancía; nos mantenemos sobreexpuestos, hiperconectados y, paradójicamente, cada vez más desvinculados de una experiencia compartida del mundo. La incapacidad de sostener el aburrimiento, el vacío o el malestar elimina también la posibilidad de transformación, porque son esas grietas las que muchas veces despiertan movimiento, pensamiento y agencia.

Jugar puede entenderse como un gesto político y existencial, una reapropiación del cuerpo, del tiempo y de la imaginación. Una sociedad que pierde la capacidad de jugar no sólo pierde entretenimiento; pierde plasticidad simbólica, sensibilidad ética y horizonte de futuro. Allí donde ya no hay juego, la vida comienza lentamente a volverse administrable, predecible y espiritualmente estéril.


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viernes, 1 de mayo de 2026

¿Qué significa ser justos en la vida cotidiana?

Cuando hablamos de justicia, solemos pensar en leyes, normas, instituciones, derechos que ordenan el mundo. Pero hablamos mucho menos de cómo encarnarla en lo cotidiano. ¿Cómo ser justos en la vida diaria?

A la luz de Judith Shklar, tal vez el primer acto de justicia no sea iluminar al mundo con nuestras brillantes conclusiones, sino aceptar algo bastante menos heroico: no lo sabemos todo. Ni siquiera vemos la mitad de lo que creemos ver. Y, contra todo pronóstico, esa ignorancia no nos vuelve inútiles… podría volvernos menos peligrosos si la asumiéramos.

Nuestros juicios —oh sorpresa— no son imparciales. Están atravesados por sesgos: cuando nosotros fallamos, es por el contexto; cuando fallan los otros, es porque son así. En ese pequeño giro narrativo convertimos la vida cotidiana en una fábrica discreta de injusticias.

Y tampoco salimos bien librados con nosotros mismos. A veces nos juzgamos con una severidad casi ejemplar… pero estéril. Culpa que no transforma, que no repara, pero eso sí, castiga con disciplina. Una forma de “justicia interna” que no hace justicia a nadie. Pero no toda exigencia es injusta... asumir responsabilidad sigue siendo necesario.

Shklar nos incomoda un poco más... si no estuviéramos tan dispuestos a juzgar y condenar a la menor provocación, tal vez viviríamos en una sociedad menos violenta, menos gobernada por el miedo. No se trata de renunciar al juicio ni de tolerar la crueldad, sino de algo más difícil, no reaccionar como jueces automáticos.

Y hay otro filo: la injusticia no es solo obra de “gente mala”. Muchas veces lo que señalamos como falla individual está sostenido por tramas más amplias —culturales, sociales, históricas— que no caben en un juicio rápido. Verlas no elimina la responsabilidad, pero la vuelve más compleja y, quizá, más justa.

Además, hay una verdad incómoda...no solo somos capaces de cometer injusticias activas; también somos expertos en la injusticia pasiva. Dar la espalda, no intervenir, preferir la calma antes que el conflicto. A menudo llamamos “paz” a lo que solo es silencio. Pero cuando la tranquilidad se sostiene sobre el daño no atendido, no es paz, es una forma quieta de injusticia.

En lo cotidiano, la justicia podría comenzar por:

  • Bajar la velocidad del juicio: antes de concluir “es así”, preguntarte qué no estás viendo.
  • Corregir el sesgo básico: darte a ti mismo menos excusas y a los otros más contexto.
  • Distinguir culpa de responsabilidad: la culpa que paraliza es injusta; la responsabilidad que repara transforma.
  • Nombrar el daño concreto: ¿quién fue afectado?, ¿cómo?, ¿qué necesita ahora?
  • Mirar las tramas: no todo es falla individual; hay condiciones que empujan conductas.
  • Cuidar la proporción: ni minimizar ni sobrerreaccionar.
  • Escuchar antes de sentenciar: entender no es absolver, pero evita simplificaciones.
  • Reparar cuando toque: sin “peros”.
  • No dar la espalda: la injusticia también crece con la indiferencia.
  • Desconfiar de la falsa paz: a veces ser justos implica incomodar.

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