jueves, 14 de mayo de 2026

Reflexiones sobre el "escrache"

La práctica del "escrache" aparece muchas veces allí donde las instituciones fallaron, como un grito cuando los canales de escucha, reparación o justicia parecen cerrados o insuficientes. …en muchos casos expresa daños reales, silencios acumulados y experiencias de impotencia. Sin embargo, cuando el conflicto queda atrapado únicamente en la lógica de castigo público, algo más ocurre, tanto quien denuncia como quien es denunciado pueden quedar fijados en identidades rígidas —víctima absoluta y monstruo absoluto— sin que necesariamente aparezcan verdad, responsabilidad, reparación o transformación.

Las redes sociales intensifican esta dinámica porque operan mejor con veredictos inmediatos que con procesos complejos. El escrache produce exposición, circulación afectiva y claridad moral instantánea. Hay una sensación de comunidad en la indignación compartida, por un momento, el grupo parece saber exactamente dónde está el mal. Pero esa expulsión suele generar cohesión momentánea más que comprensión profunda de las condiciones que producen violencia. El problema estructural corre el riesgo de condensarse en una sola figura visible.

Y entonces la justicia comienza a confundirse con otra cosa, no sólo el deseo legítimo de reconocimiento y protección, sino también el impulso arcaico de devolver la herida, de hacer sentir al otro el dolor sufrido, de expulsarlo simbólicamente del mundo común. Sin embargo, el sufrimiento del otro no siempre repara el propio sufrimiento. A veces sólo prolonga la lógica de la devastación.

Tal vez uno de los mayores problemas culturales de nuestro tiempo sea la dificultad para imaginar responsabilidad sin aniquilación. Parecemos oscilar entre dos extremos: la impunidad o la destrucción moral absoluta. Pero cuando una sociedad identifica completamente a una persona con su peor acto, la posibilidad de transformación se vuelve casi impensable. Ya no existen procesos humanos; sólo marcas permanentes.

La pregunta incómoda permanece abierta: ¿qué hacemos con la posibilidad de transformación de las personas? Porque una cultura que pierde toda fe en la transformación termina sabiendo únicamente castigar o expulsar. Y una sociedad que sólo sabe expulsar quizá logre administrar la culpa, pero difícilmente aprenda a transformar las condiciones que producen el daño.


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Jugar como gesto político y existencial

Una persona creativa no es aquella que logra dominar y controlar el mundo, sino la que puede jugar dentro del mundo sin quedar totalmente capturada por sus lógicas y reglas. La creatividad nace de la apertura, de conservar la curiosidad, el deseo y la capacidad de improvisar aun en medio de la incertidumbre y la imperfección.

Siguiendo a Donald Winnicott, el juego no es un suplemento decorativo de la existencia, sino el espacio donde el ser humano puede habitarse de manera más plena. Sólo jugando el individuo compromete zonas amplias de su personalidad, arriesga nuevas formas de relación y suspende, aunque sea momentáneamente, las identidades rígidas que la vida social impone. Jugar es ensayar otras posibilidades de ser.

Por eso las crisis de sentido no provienen únicamente del sufrimiento, sino también de la imposibilidad de jugar. Cuando la vida queda reducida a productividad, rendimiento y adaptación, la singularidad se marchita. Dejamos de imaginar, de proyectar, de simbolizar. Y una existencia incapaz de jugar termina administrándose a sí misma como una máquina agotada.

Sin embargo, no todo juego libera. También existen juegos degradados, juegos capturados por la lógica del consumo, la competencia narcisista o la gamificación permanente del capitalismo contemporáneo. Allí el juego deja de abrir mundos y comienza a administrar dopamina, atención y obediencia. La diferencia decisiva no está entre jugar y no jugar, sino entre un juego vivo que expande la experiencia (y dan más ganas de seguir jugando y viviendo) y un entretenimiento pasivo que anestesia el deseo.

Nuestra época parece organizada precisamente alrededor de la captura de la atención. Sistemas enteros disputan nuestra energía psíquica y convierten el deseo en mercancía; nos mantenemos sobreexpuestos, hiperconectados y, paradójicamente, cada vez más desvinculados de una experiencia compartida del mundo. La incapacidad de sostener el aburrimiento, el vacío o el malestar elimina también la posibilidad de transformación, porque son esas grietas las que muchas veces despiertan movimiento, pensamiento y agencia.

Jugar puede entenderse como un gesto político y existencial, una reapropiación del cuerpo, del tiempo y de la imaginación. Una sociedad que pierde la capacidad de jugar no sólo pierde entretenimiento; pierde plasticidad simbólica, sensibilidad ética y horizonte de futuro. Allí donde ya no hay juego, la vida comienza lentamente a volverse administrable, predecible y espiritualmente estéril.


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viernes, 1 de mayo de 2026

¿Qué significa ser justos en la vida cotidiana?

Cuando hablamos de justicia, solemos pensar en leyes, normas, instituciones, derechos que ordenan el mundo. Pero hablamos mucho menos de cómo encarnarla en lo cotidiano. ¿Cómo ser justos en la vida diaria?

A la luz de Judith Shklar, tal vez el primer acto de justicia no sea iluminar al mundo con nuestras brillantes conclusiones, sino aceptar algo bastante menos heroico: no lo sabemos todo. Ni siquiera vemos la mitad de lo que creemos ver. Y, contra todo pronóstico, esa ignorancia no nos vuelve inútiles… podría volvernos menos peligrosos si la asumiéramos.

Nuestros juicios —oh sorpresa— no son imparciales. Están atravesados por sesgos: cuando nosotros fallamos, es por el contexto; cuando fallan los otros, es porque son así. En ese pequeño giro narrativo convertimos la vida cotidiana en una fábrica discreta de injusticias.

Y tampoco salimos bien librados con nosotros mismos. A veces nos juzgamos con una severidad casi ejemplar… pero estéril. Culpa que no transforma, que no repara, pero eso sí, castiga con disciplina. Una forma de “justicia interna” que no hace justicia a nadie. Pero no toda exigencia es injusta... asumir responsabilidad sigue siendo necesario.

Shklar nos incomoda un poco más... si no estuviéramos tan dispuestos a juzgar y condenar a la menor provocación, tal vez viviríamos en una sociedad menos violenta, menos gobernada por el miedo. No se trata de renunciar al juicio ni de tolerar la crueldad, sino de algo más difícil, no reaccionar como jueces automáticos.

Y hay otro filo: la injusticia no es solo obra de “gente mala”. Muchas veces lo que señalamos como falla individual está sostenido por tramas más amplias —culturales, sociales, históricas— que no caben en un juicio rápido. Verlas no elimina la responsabilidad, pero la vuelve más compleja y, quizá, más justa.

Además, hay una verdad incómoda...no solo somos capaces de cometer injusticias activas; también somos expertos en la injusticia pasiva. Dar la espalda, no intervenir, preferir la calma antes que el conflicto. A menudo llamamos “paz” a lo que solo es silencio. Pero cuando la tranquilidad se sostiene sobre el daño no atendido, no es paz, es una forma quieta de injusticia.

En lo cotidiano, la justicia podría comenzar por:

  • Bajar la velocidad del juicio: antes de concluir “es así”, preguntarte qué no estás viendo.
  • Corregir el sesgo básico: darte a ti mismo menos excusas y a los otros más contexto.
  • Distinguir culpa de responsabilidad: la culpa que paraliza es injusta; la responsabilidad que repara transforma.
  • Nombrar el daño concreto: ¿quién fue afectado?, ¿cómo?, ¿qué necesita ahora?
  • Mirar las tramas: no todo es falla individual; hay condiciones que empujan conductas.
  • Cuidar la proporción: ni minimizar ni sobrerreaccionar.
  • Escuchar antes de sentenciar: entender no es absolver, pero evita simplificaciones.
  • Reparar cuando toque: sin “peros”.
  • No dar la espalda: la injusticia también crece con la indiferencia.
  • Desconfiar de la falsa paz: a veces ser justos implica incomodar.

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jueves, 30 de abril de 2026

Tejiendo escucha, creación y dignidad

Desde el semestre pasado venimos gestando un espacio que hoy ya es una pequeña comunidad en movimiento: el semillero Arte, Comunicación y Culturas de Paz. Nació con una intuición sencilla pero potente, encontrarnos desde distintas disciplinas para crear juntos, explorar didácticas para la paz y amplificar voces que muchas veces no son escuchadas.

Hoy el semillero reúne estudiantes de distintas licenciaturas, maestría, egresados, personas del territorio cercano a la universidad y también estudiantes de la UPN que se encuentran en situación de prisión domiciliaria, ampliando así las formas de encuentro, participación y construcción colectiva más allá de las condiciones convencionales.

Un espacio abierto donde el arte, el juego, la escucha y la creación colectiva se vuelven herramientas para pensar y hacer paz en lo cotidiano.

En este camino hemos venido creando y participando en el programa radial Pázala Voz del CEPAZ, donde ya hemos realizado emisiones sobre:

Música sin barreras 

Creación radial en contextos de encierro 

Experiencias colaborativas con otras iniciativas...

Pero el proceso ha ido más allá…

Gracias a conexiones vivas entre estudiantes y procesos en territorio, iniciamos una experiencia de investigación-creación colaborativa con personas privadas de la libertad en la Cárcel La Vega de Sincelejo, en articulación con CECAR y CEPAZ.

Encuentro Semillero CEPAZ y CECAR

De este encuentro emerge un proyecto que nos moviliza profundamente:

“Piezas sonoro-sensoriales sobre las cinco pieles que nos cobijan”

Una apuesta por abrir oasis de resonancia en contextos de encierro, donde la escucha, la creación y la palabra permiten reconectar con uno mismo, con los otros y con el mundo.

A través de prácticas artísticas colaborativas, estamos co-creando 5 piezas sonoras que nacen de historias, emociones y experiencias de vida, atravesadas por el cuerpo, la identidad, el territorio y la memoria.

Este proceso no busca “dar voz”, sino escuchar y construir con otros, reconociendo la dignidad, la potencia creativa y la humanidad que persiste incluso en los contextos más difíciles.

Recientemente recibimos apoyo para la creación de estas piezas y avanzamos también en un sitio web multimedial que reunirá este archivo vivo de experiencias.

Muy pronto estaremos compartiendo más: sonidos, relatos, metodologías y aprendizajes que puedan inspirar a otros a crear, escuchar y transformar.


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domingo, 19 de abril de 2026

El derecho al silencio

«Un recuerdo evocado demasiado a menudo y expresado 

en forma de historia tiende a convertirse en un estereotipo... 

cristalizado, perfeccionado, adornado, instalándose en sí mismo

 en lugar de la memoria pura y dura y creciendo a sus expensas»

Primo Levi - Los hundidos y los salvados" (1986)

No todo acto de “decir la verdad” es automáticamente liberador. En muchas tradiciones críticas se ha insistido en la importancia de romper el silencio, visibilizar lo oculto y narrar la experiencia propia como forma de resistencia. Esa dimensión sigue siendo políticamente fundamental.

Sin embargo, en un ensayo particularmente lúcido Wendy Brown advierte un desplazamiento importante. Ciertas formas de discurso emancipatorio pueden ser capturadas por lógicas de poder que reorganizan aquello que buscan cuestionar. El problema no es la narración del sufrimiento en sí, sino la posibilidad de que esa narración se convierta en el eje exclusivo de la inteligibilidad política del sujeto.

Suprematist composition airplane flying - Malevich

En ese escenario, el relato del daño puede producir reconocimiento, pero también fijar al sujeto en una identidad herida que debe ser constantemente validada. La política corre entonces el riesgo de organizarse alrededor de una subjetividad que aparece principalmente como “yo herido”, más que como agente capaz de transformar las condiciones colectivas que producen ese daño.

Como advierte Brown, en ciertos registros contemporáneos del discurso político, "la práctica de confesar, declarar o pronunciar la experiencia no siempre tiene como horizonte la construcción de comunidad, la elaboración de la experiencia o la transformación de la comprensión", sino que puede quedar atrapada en dinámicas de exposición y reconocimiento.

Cuando en la cultura política contemporánea se exalta el “yo que habla desde su experiencia” (opinión personal, vivencia, testimonio), parece reforzarse la autonomía del sujeto: “yo digo mi verdad”, “mi experiencia es incuestionable”, “mi identidad me autoriza a hablar”. Esto se presenta como hipersoberanía del individuo. Pero Brown señala que ese mismo gesto puede revelar la fragilidad del sujeto soberano, no su fortaleza. Es decir, parece autónomo, pero en realidad es altamente dependiente de formas externas de legitimación.

La política se desplaza entonces hacia la autenticidad individual, en lugar de hacia la construcción de poder colectivo o la elaboración de condiciones estructurales de transformación. Y en ese desplazamiento se configura un sujeto cuya palabra circula intensamente sobre sí mismo, pero cuya agencia política se redefine cada vez más en términos de expresión y reconocimiento, más que de transformación compartida.

Si bien el acto de des-silenciar ha sido fundamental para visibilizar violencias, su reiteración sin mediación puede fijar identidades en torno al daño y limitar la posibilidad de otras formas de existencia. La construcción de paz requiere, entonces, no solo espacios para narrar el dolor, sino también condiciones para desplazarse de él, reconfigurar la experiencia y abrir otros modos de relación.

Frente a esta expansión del yo que se constituye a través de la exposición de su experiencia, podría pensarse no solo en una política del decir, sino también en un derecho al silencio. No como negación de la palabra ni de la memoria, sino como resistencia a la obligación de convertir toda vida en relato público. Un silencio que no borra la experiencia, pero que se niega a reducirla a identidad, manteniendo abierto el espacio donde lo vivido no se agota en su narración.


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jueves, 9 de abril de 2026

Podcast Narrativas Sonoras para la Paz

Les comparto los 8 podcast creados en el curso Narrativas Sonoras para la Paz, dirigido a víctimas del conflicto armado y realizado en el 2025 en la UPN en alianza entre Centro de Educación para la paz, CEPAZ, Pedagógica Radio y la Unidad para las Víctimas.

Voces que transforman el dolor en memoria y cuidado colectivo.

Hoy fue su lanzamiento, en el Día Nacional de Solidaridad con las Víctimas del Conflicto Armado.


Escúchalos todos los podcast aquí:

https://radio.upn.edu.co/narrativas-sonoras-para-la-paz/

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viernes, 13 de marzo de 2026

Sobre el deseo auténtico

El deseo auténtico —si es que algo así existe— sería aquello que nos moviliza interiormente hacia una forma más verdadera de vivir. No solo nos conmueve o nos pone en movimiento, también orienta nuestras búsquedas. Funciona, a veces, como una especie de brújula interior que señala hacia dónde dirigirnos.

Este deseo genuino suele aparecer con más claridad cuando dejamos de obedecer únicamente a lo externo —las expectativas, las inercias, las presiones— y comenzamos a escuchar algo que insiste desde dentro. En esos momentos nos impulsa a aprender, crear o transformar cosas, incluso a dejar atrás ciertos estilos de vida o patrones que ya no terminan de encajar. Es como si algunas ideas o intuiciones estuvieran buscando abrirse camino en la realidad y, de paso, nos conectaran con valores bastante grandes —la verdad, la belleza, la justicia, la equidad, la bondad— palabras que suenan solemnes, pero que en el fondo seguimos buscando.

La pregunta apareció casi al final de la sesión. Estábamos por terminar cuando Andrea dijo:

—¿Para la próxima vamos a conversar cómo sabe uno cuál es su deseo auténtico?

La pregunta quedó flotando en el aire. No era para responder de inmediato. Algunos se miraron entre sí; otros bajaron la mirada. Yo tampoco supe muy bien qué decir en ese momento. Esa noche me fui caminando con la pregunta rondando en la cabeza. No era una pregunta pequeña.

Pensé que cuando somos niños parece más fácil reconocer lo que queremos. Queremos jugar, explorar, correr, inventar mundos. También queremos que nuestros padres, madres o quienes nos cuidan estén cerca, que estén ahí cuando los necesitamos. En esa etapa, nuestro bienestar depende bastante de la presencia de los adultos.

Pero crecer cambia un poco las cosas. Durante mucho tiempo pensé que ser libre era hacer lo que a uno le diera la gana: ir por donde quisiera, sin que nadie dijera nada. Con los años esa idea empezó a quedarse corta. Tal vez la libertad, al menos en la vida adulta, no tenga que ver solo con eso. Ser libre también parece implicar la capacidad de construir vínculos con otras personas.

Cuando nos mantienen separados, desconfiando unos de otros, como si cada quien tuviera que arreglárselas completamente solo, algo se rompe. Y quizá ahí empieza una forma más sutil de opresión.

Con el tiempo la pregunta por el deseo también cambia. Ya no es solo qué quiero para mí, sino algo un poco más amplio:

—¿qué podríamos hacer juntos?

—¿dónde quiero poner mi tiempo y mi energía?

—¿qué desafío vale la pena asumir en una vida?

En mi caso, esa pregunta empezó a tomar forma en una idea que terminé llamando Universidad del Futuro. El nombre suena más grande de lo que realmente es. No se trata de una universidad en el sentido tradicional. Es más bien una comunidad de aprendizaje, una red de redes, un espacio para encontrarnos, conversar, imaginar proyectos y hacer cosas juntos.

A veces, cuando camino o converso con amigos, pienso que en nuestros territorios hay una abundancia enorme de creatividad que todavía no sabemos coordinar. Hay artistas, maestros, soñadores, muchos oficios, autodidactas y personas con iniciativas hermosas.

Mi deseo tiene bastante que ver con facilitar que todo eso se conecte: generar redes de intercambio intergeneracional de afectos, saberes y búsquedas por las que podamos ir transitando juntos.

Después de tantas conversaciones en mi podcast también me he dado cuenta de algo curioso, hablar con otros termina revelando nuestros propios deseos. El deseo suele aparecer en nuestras redundancias, en los temas a los que volvemos una y otra vez.

Cuando alguien habla de algo que realmente le importa, se nota. La voz cambia un poco, los ojos brillan, las ideas empiezan a salir con más velocidad. A veces incluso habla más rápido de lo que piensa. En esos momentos uno puede verlo con claridad. Ahí hay algo que importa de verdad.

Tal vez por eso estos impulsos hay que cuidarlos. No aparecen todos los días ni crecen solos. Necesitan tiempo, encuentros, amistad y cierta paciencia. Son un poco como una planta: si no la riegas, se seca. Aunque nadie nos explica demasiado bien cómo se riegan los deseos.

También aparecen con más fuerza cuando encontramos trabajos o actividades donde podemos usar nuestra creatividad, nuestras ideas y nuestros talentos; cuando lo que hacemos tiene sentido para nosotros y también para otros.

Por el contrario, cuando estamos completamente absorbidos por el trabajo formal o por los estímulos permanentes a producir, a veces aparecen deseos compensatorios: pequeñas fugas que intentan llenar algún vacío de sentido.

A mí me pasa algo curioso cuando voy a la montaña con mi compañera. Allí, en la casa que construimos durante la pandemia, todo se vuelve un poco más claro. El viento mueve los árboles, el aire es fresco y, de repente, uno recuerda cosas que en la ciudad se olvidan fácilmente. A veces nos quedamos en silencio mirando cómo las ramas se mueven, el paso de las nubes o los nidos de araña entre los arbustos. Una tarde, mientras contemplaba el paisaje, noté cómo por el filo de la montaña pasaba una pequeña familia de lobos cangrejeros. Durante unos segundos quedaron dibujados a contraluz en el atardecer.

En esos momentos algo cambia. La atención se vuelve más profunda y, en ese silencio, algunas cosas también se ordenan por dentro.

Hay otra cosa que ayuda bastante a despertar ese impulso interior: mover el cuerpo. Correr, caminar, bailar, jugar. El cuerpo despierta cosas que a veces la mente olvida. Es como si el movimiento sacudiera un poco el polvo que se nos va acumulando por dentro.

Tal vez el deseo auténtico tenga algo de eso: una fuerza interior que se vuelve más clara cuando conversamos con otros, cuando cuidamos los vínculos, cuando co-inspiramos y cuando el cuerpo vuelve a moverse.

Pero no todo es tan sencillo. Reconocer y cuidar los propios deseos quizá sea uno de los primeros aprendizajes en el paso entre la juventud y la vida adulta. La sociedad podría tener más espacios culturales que funcionaran como una especie de caldero donde los deseos personales, visionarios y creativos puedan encontrarse, mezclarse y resonar, dándoles tiempo, energía y contexto.

En esos espacios cada persona podría desplegar su agencia creativa junto a otros, compartiendo sueños, apuestas y visiones. Así, poco a poco, se van creando futuros en el presente.

No solo necesitamos deseos que nos satisfagan a corto plazo. Tambiénn necesitamos deseos capaces de orientarnos en el largo plazo.

Coordinar los deseos colectivos en formas artísticas y creativas es, quizá, uno de los sueños más profundos de la educación del futuro. Una educación capaz de ser un cuenco fértil donde la autenticidad y la singularidad puedan crecer, encontrarse y desplegarse en el mundo.

Y también una educación que aprenda a celebrar la creatividad, la agencia y la pequeña grandeza que cada persona puede despertar en los demás.

Preguntas para explorar el DESEO AUTÉNTICO

1. Energía interior

¿En qué momentos sientes que pensar te mueve por dentro?

¿Qué actividades hacen que te sientas más vivo?

¿En qué momentos pierdes la noción del tiempo?

2. Fascinación o curiosidad

¿Qué idea, problema o sueño quisieras explorar durante años?

¿Qué tema podrías pensar sin aburrirte?

¿Qué conversaciones te dejan con más energía?

3. Dirección vital

¿Qué proyecto intentarías si no tuvieras miedo al fracaso?

¿Qué problema del mundo te gustaría ayudar a transformar?

Si nadie te pagara por hacerlo, pero supieras que es valioso para el mundo, ¿a qué te dedicarías?


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