sábado, 20 de junio de 2026

Más allá de las elecciones

Mañana se celebra la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Colombia. Se abre nuevamente la posibilidad de decidir el rumbo del país y, personalmente, espero que Iván Cepeda sea elegido presidente y logre rodearse de los mejores para continuar impulsando una agenda de mayor bienestar, justicia social y prosperidad para la población.

Pero, sea cual sea el resultado, necesitamos sostener algo más profundo que una victoria electoral: la energía constructiva, la amistad, el coraje y el compromiso con la vida en toda su potencia y fragilidad. No podemos quedar atrapados por el miedo, ni jugar el mismo juego del odio, la mentira, la manipulación y el desprecio. Podemos nombrar las injusticias con firmeza, sin reproducir las lógicas que alimentan nuevos resentimientos y violencias.

Las elecciones son un ritual democrático fundamental, pero están lejos de ser la única forma de participación política. Desde la educación, la cultura, los movimientos sociales, las organizaciones comunitarias y los múltiples lugares que habitamos en la sociedad, tenemos la tarea de ampliar nuestras capacidades políticas y fortalecer nuestro compromiso con las transformaciones culturales que este tiempo exige.

Hoy resulta indispensable cuidar nuestra atención, nuestro tiempo y nuestra energía. También nuestra dieta cognitiva. Vivimos en medio de una guerra por la atención que erosiona la sensibilidad, fragmenta la comprensión y debilita la empatía. Necesitamos recuperar una verdadera soberanía de la atención y volver a cultivar los afectos, los vínculos y las redes de creación entre ciudadanos.

Las psicotecnologías han transformado profundamente nuestras formas de sentir, imaginar y desear. Desde hace décadas vienen condicionando el afecto, la memoria, la imaginación y la manera en que nos relacionamos con el mundo. Una parte de la vida colectiva parece atrapada en mensajes breves, emociones inmediatas, consumos acelerados de información y dinámicas de miedo que dificultan la reflexión. Frente a ello, la democracia requiere ciudadanos capaces de contextualizar, comprender, deliberar y crear.

Para fortalecer estas capacidades necesitamos mejores conversaciones, mayor disposición a escuchar perspectivas distintas, información de calidad y una ciudadanía que produzca símbolos, sentidos y narrativas, en lugar de limitarse a consumirlas. La política también se juega en lo cotidiano: en cómo tratamos a los demás, en cómo gestionamos nuestras diferencias, en nuestra capacidad para reconocer tanto nuestras potencialidades como nuestras limitaciones.

Hay una dimensión más incómoda que solemos evitar: reconocer nuestra propia injusticia pasiva. Si no ejercemos la política en la vida cotidiana, si no asumimos responsabilidades sobre aquello que nos corresponde transformar, difícilmente podremos construir una democracia más profunda. La ciudadanía no es solamente un derecho; también es una práctica.

La madurez política implica coherencia, responsabilidad, capacidad de asumir errores, compromiso con los ideales que defendemos y voluntad de construir bienes comunes. También implica aprender a dialogar con quienes piensan distinto, argumentar sin destruir, movilizar esperanza sin negar los problemas y sostener cambios concretos en los espacios donde participamos.

Otra forma de aumentar nuestras capacidades políticas consiste en crear comunidad, contribuir al sostenimiento de bienes comunes y participar en procesos colectivos que fortalezcan el tejido social. Necesitamos un activismo que sea social, cultural y también espiritual; una práctica que cuide simultáneamente las instituciones, los vínculos humanos y los sentidos que orientan nuestra vida colectiva.

Quizá una de las preguntas más importantes de nuestro tiempo sea cómo afrontar los nuevos giros autoritarios que emergen en distintas partes del mundo, potenciados por tecnologías capaces de amplificar la desinformación, la manipulación y la mentira a escalas inéditas. La crueldad, el oscurantismo y el resentimiento encuentran hoy herramientas tecnológicas de una potencia sin precedentes.

Paradójicamente, para responder a este desafío necesitamos volver a los territorios de la sensibilidad, de la imaginación, de la vida interior y de las capacidades relacionales, ámbitos que hoy se encuentran profundamente deteriorados. No resolveremos la crisis democrática únicamente con más información, sino también con una reconstrucción de nuestras capacidades de sentir, escuchar, comprender y crear juntos.

Por eso es importante salir a votar. Resulta contradictorio disfrutar de los beneficios de una democracia constitucional sin participar activamente en su sostenimiento. El voto no lo es todo, pero sigue siendo una herramienta fundamental para cuidar aquello que hemos construido colectivamente.

También necesitamos abandonar el lenguaje descalificatorio que convierte al adversario en enemigo. Nos corresponde desarmar esas dinámicas que terminan fortaleciendo las mismas fuerzas que dicen combatir. Reconstruir confianza, descentralizar la violencia y fortalecer la convivencia son tareas políticas de primer orden.

Es muy bello observar cómo, después de la primera vuelta, amplios sectores de la ciudadanía se han movilizado con mayor intensidad mediante actos comunicativos, expresiones creativas, encuentros, conversaciones, música, carnavales y múltiples formas de acción cultural. Aunque quizás este despertar pudo haber llegado antes, sigue siendo una señal esperanzadora. Necesitamos una explosión simbólica capaz de cultivar la vida, la dignidad, los derechos y también las responsabilidades que compartimos.

Me preocupa profundamente la posibilidad de que llegue al gobierno una opción política que expresa formas de autoridad, exclusión y desprecio que creía que como sociedad habíamos comenzado a superar. No se trata únicamente de una persona. Sería ingenuo pensar que estos fenómenos se reducen a un individuo. Lo preocupante es que ciertos discursos, gestos y formas de relacionarnos con el poder parecen encontrar hoy una renovada legitimidad.

En el fondo, lo que observamos es la emergencia de algo que ha permanecido durante mucho tiempo latente en nuestra cultura: el deseo de mano dura, el clasismo, el machismo, la indiferencia frente al sufrimiento ajeno, la desconfianza hacia la diferencia y la búsqueda de soluciones simples para problemas complejos. Estas tendencias no nacen con un candidato ni desaparecerán con una elección. Habitan nuestras instituciones, nuestros medios de comunicación, nuestras conversaciones cotidianas e incluso nuestras propias contradicciones.

Por eso el desafío es más profundo que ganar una elección. Se trata de transformar las condiciones culturales que permiten que estas sensibilidades sigan reproduciéndose. La democracia no solo se juega en las urnas; también se juega en la manera como educamos, convivimos, imaginamos el futuro y construimos nuestras relaciones con los demás.

Aun así, considero que Iván Cepeda representa hoy la mejor opción para continuar avanzando en escenarios de reducción de la pobreza y la desigualdad, fortalecimiento de la construcción de paz, ampliación de derechos y consolidación institucional. Ningún gobierno resolverá en pocos años los problemas estructurales del país, pero sí puede ampliar o restringir las posibilidades de construir una sociedad más justa.

Reconociendo los logros y también las limitaciones de los procesos recientes, creo que es posible seguir avanzando en políticas que prioricen a quienes históricamente han sido excluidos y fortalecer una visión de país basada en la dignidad, la solidaridad y el cuidado de la vida.

Pero más allá de cualquier resultado electoral, la tarea continúa. Si en nuestras casas, barrios, escuelas, organizaciones, lugares de trabajo y espacios digitales contribuimos a construir confianza, fortalecer la deliberación democrática y ejercer una mínima soberanía frente a las múltiples formas de manipulación contemporánea, estaremos participando activamente en la transformación que anhelamos.

No necesitamos solamente mejores gobernantes. Necesitamos también una ciudadanía más consciente, más organizada, más sensible y más capaz de construir poder popular democrático para cuidar la vida común.

La democracia no se agota en un día de elecciones. Se construye cada día, en cada gesto, en cada conversación, en cada acto de cuidado, en cada comunidad que decide crear en lugar de destruir. Allí también se juega el futuro del país.

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miércoles, 17 de junio de 2026

El papel de las emociones en la política

En esta conversación de la Universidad del Futuro, Madza Ednir, Roberto Palacios, Helen Mancera, Maín Suaza y Andrés Fonseca analizan el complejo panorama político actual, marcado por el odio, el miedo, el resentimiento y el ascenso de nuevas derechas. 



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miércoles, 20 de mayo de 2026

Reflexiones sobre la coyuntura electoral

 


Reflexiones sobre la coyuntura electoral (Elecciones presidenciales en Colombia)



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jueves, 14 de mayo de 2026

Reflexiones sobre el "escrache"

La práctica del "escrache" aparece muchas veces allí donde las instituciones fallaron, como un grito cuando los canales de escucha, reparación o justicia parecen cerrados o insuficientes. …en muchos casos expresa daños reales, silencios acumulados y experiencias de impotencia. Sin embargo, cuando el conflicto queda atrapado únicamente en la lógica de castigo público, algo más ocurre, tanto quien denuncia como quien es denunciado pueden quedar fijados en identidades rígidas —víctima absoluta y monstruo absoluto— sin que necesariamente aparezcan verdad, responsabilidad, reparación o transformación.

Las redes sociales intensifican esta dinámica porque operan mejor con veredictos inmediatos que con procesos complejos. El escrache produce exposición, circulación afectiva y claridad moral instantánea. Hay una sensación de comunidad en la indignación compartida, por un momento, el grupo parece saber exactamente dónde está el mal. Pero esa expulsión suele generar cohesión momentánea más que comprensión profunda de las condiciones que producen violencia. El problema estructural corre el riesgo de condensarse en una sola figura visible.

Y entonces la justicia comienza a confundirse con otra cosa, no sólo el deseo legítimo de reconocimiento y protección, sino también el impulso arcaico de devolver la herida, de hacer sentir al otro el dolor sufrido, de expulsarlo simbólicamente del mundo común. Sin embargo, el sufrimiento del otro no siempre repara el propio sufrimiento. A veces sólo prolonga la lógica de la devastación.

Tal vez uno de los mayores problemas culturales de nuestro tiempo sea la dificultad para imaginar responsabilidad sin aniquilación. Parecemos oscilar entre dos extremos: la impunidad o la destrucción moral absoluta. Pero cuando una sociedad identifica completamente a una persona con su peor acto, la posibilidad de transformación se vuelve casi impensable. Ya no existen procesos humanos; sólo marcas permanentes.

La pregunta incómoda permanece abierta: ¿qué hacemos con la posibilidad de transformación de las personas? Porque una cultura que pierde toda fe en la transformación termina sabiendo únicamente castigar o expulsar. Y una sociedad que sólo sabe expulsar quizá logre administrar la culpa, pero difícilmente aprenda a transformar las condiciones que producen el daño.


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Jugar como gesto político y existencial

Una persona creativa no es aquella que logra dominar y controlar el mundo, sino la que puede jugar dentro del mundo sin quedar totalmente capturada por sus lógicas y reglas. La creatividad nace de la apertura, de conservar la curiosidad, el deseo y la capacidad de improvisar aun en medio de la incertidumbre y la imperfección.

Siguiendo a Donald Winnicott, el juego no es un suplemento decorativo de la existencia, sino el espacio donde el ser humano puede habitarse de manera más plena. Sólo jugando el individuo compromete zonas amplias de su personalidad, arriesga nuevas formas de relación y suspende, aunque sea momentáneamente, las identidades rígidas que la vida social impone. Jugar es ensayar otras posibilidades de ser.

Por eso las crisis de sentido no provienen únicamente del sufrimiento, sino también de la imposibilidad de jugar. Cuando la vida queda reducida a productividad, rendimiento y adaptación, la singularidad se marchita. Dejamos de imaginar, de proyectar, de simbolizar. Y una existencia incapaz de jugar termina administrándose a sí misma como una máquina agotada.

Sin embargo, no todo juego libera. También existen juegos degradados, juegos capturados por la lógica del consumo, la competencia narcisista o la gamificación permanente del capitalismo contemporáneo. Allí el juego deja de abrir mundos y comienza a administrar dopamina, atención y obediencia. La diferencia decisiva no está entre jugar y no jugar, sino entre un juego vivo que expande la experiencia (y dan más ganas de seguir jugando y viviendo) y un entretenimiento pasivo que anestesia el deseo.

Nuestra época parece organizada precisamente alrededor de la captura de la atención. Sistemas enteros disputan nuestra energía psíquica y convierten el deseo en mercancía; nos mantenemos sobreexpuestos, hiperconectados y, paradójicamente, cada vez más desvinculados de una experiencia compartida del mundo. La incapacidad de sostener el aburrimiento, el vacío o el malestar elimina también la posibilidad de transformación, porque son esas grietas las que muchas veces despiertan movimiento, pensamiento y agencia.

Jugar puede entenderse como un gesto político y existencial, una reapropiación del cuerpo, del tiempo y de la imaginación. Una sociedad que pierde la capacidad de jugar no sólo pierde entretenimiento; pierde plasticidad simbólica, sensibilidad ética y horizonte de futuro. Allí donde ya no hay juego, la vida comienza lentamente a volverse administrable, predecible y espiritualmente estéril.


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viernes, 1 de mayo de 2026

¿Qué significa ser justos en la vida cotidiana?

Cuando hablamos de justicia, solemos pensar en leyes, normas, instituciones, derechos que ordenan el mundo. Pero hablamos mucho menos de cómo encarnarla en lo cotidiano. ¿Cómo ser justos en la vida diaria?

A la luz de Judith Shklar, tal vez el primer acto de justicia no sea iluminar al mundo con nuestras brillantes conclusiones, sino aceptar algo bastante menos heroico: no lo sabemos todo. Ni siquiera vemos la mitad de lo que creemos ver. Y, contra todo pronóstico, esa ignorancia no nos vuelve inútiles… podría volvernos menos peligrosos si la asumiéramos.

Nuestros juicios —oh sorpresa— no son imparciales. Están atravesados por sesgos: cuando nosotros fallamos, es por el contexto; cuando fallan los otros, es porque son así. En ese pequeño giro narrativo convertimos la vida cotidiana en una fábrica discreta de injusticias.

Y tampoco salimos bien librados con nosotros mismos. A veces nos juzgamos con una severidad casi ejemplar… pero estéril. Culpa que no transforma, que no repara, pero eso sí, castiga con disciplina. Una forma de “justicia interna” que no hace justicia a nadie. Pero no toda exigencia es injusta... asumir responsabilidad sigue siendo necesario.

Shklar nos incomoda un poco más... si no estuviéramos tan dispuestos a juzgar y condenar a la menor provocación, tal vez viviríamos en una sociedad menos violenta, menos gobernada por el miedo. No se trata de renunciar al juicio ni de tolerar la crueldad, sino de algo más difícil, no reaccionar como jueces automáticos.

Y hay otro filo: la injusticia no es solo obra de “gente mala”. Muchas veces lo que señalamos como falla individual está sostenido por tramas más amplias —culturales, sociales, históricas— que no caben en un juicio rápido. Verlas no elimina la responsabilidad, pero la vuelve más compleja y, quizá, más justa.

Además, hay una verdad incómoda...no solo somos capaces de cometer injusticias activas; también somos expertos en la injusticia pasiva. Dar la espalda, no intervenir, preferir la calma antes que el conflicto. A menudo llamamos “paz” a lo que solo es silencio. Pero cuando la tranquilidad se sostiene sobre el daño no atendido, no es paz, es una forma quieta de injusticia.

En lo cotidiano, la justicia podría comenzar por:

  • Bajar la velocidad del juicio: antes de concluir “es así”, preguntarte qué no estás viendo.
  • Corregir el sesgo básico: darte a ti mismo menos excusas y a los otros más contexto.
  • Distinguir culpa de responsabilidad: la culpa que paraliza es injusta; la responsabilidad que repara transforma.
  • Nombrar el daño concreto: ¿quién fue afectado?, ¿cómo?, ¿qué necesita ahora?
  • Mirar las tramas: no todo es falla individual; hay condiciones que empujan conductas.
  • Cuidar la proporción: ni minimizar ni sobrerreaccionar.
  • Escuchar antes de sentenciar: entender no es absolver, pero evita simplificaciones.
  • Reparar cuando toque: sin “peros”.
  • No dar la espalda: la injusticia también crece con la indiferencia.
  • Desconfiar de la falsa paz: a veces ser justos implica incomodar.

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jueves, 30 de abril de 2026

Tejiendo escucha, creación y dignidad

Desde el semestre pasado venimos gestando un espacio que hoy ya es una pequeña comunidad en movimiento: el semillero Arte, Comunicación y Culturas de Paz. Nació con una intuición sencilla pero potente, encontrarnos desde distintas disciplinas para crear juntos, explorar didácticas para la paz y amplificar voces que muchas veces no son escuchadas.

Hoy el semillero reúne estudiantes de distintas licenciaturas, maestría, egresados, personas del territorio cercano a la universidad y también estudiantes de la UPN que se encuentran en situación de prisión domiciliaria, ampliando así las formas de encuentro, participación y construcción colectiva más allá de las condiciones convencionales.

Un espacio abierto donde el arte, el juego, la escucha y la creación colectiva se vuelven herramientas para pensar y hacer paz en lo cotidiano.

En este camino hemos venido creando y participando en el programa radial Pázala Voz del CEPAZ, donde ya hemos realizado emisiones sobre:

Música sin barreras 

Creación radial en contextos de encierro 

Experiencias colaborativas con otras iniciativas...

Pero el proceso ha ido más allá…

Gracias a conexiones vivas entre estudiantes y procesos en territorio, iniciamos una experiencia de investigación-creación colaborativa con personas privadas de la libertad en la Cárcel La Vega de Sincelejo, en articulación con CECAR y CEPAZ.

Encuentro Semillero CEPAZ y CECAR

De este encuentro emerge un proyecto que nos moviliza profundamente:

“Piezas sonoro-sensoriales sobre las cinco pieles que nos cobijan”

Una apuesta por abrir oasis de resonancia en contextos de encierro, donde la escucha, la creación y la palabra permiten reconectar con uno mismo, con los otros y con el mundo.

A través de prácticas artísticas colaborativas, estamos co-creando 5 piezas sonoras que nacen de historias, emociones y experiencias de vida, atravesadas por el cuerpo, la identidad, el territorio y la memoria.

Este proceso no busca “dar voz”, sino escuchar y construir con otros, reconociendo la dignidad, la potencia creativa y la humanidad que persiste incluso en los contextos más difíciles.

Recientemente recibimos apoyo para la creación de estas piezas y avanzamos también en un sitio web multimedial que reunirá este archivo vivo de experiencias.

Muy pronto estaremos compartiendo más: sonidos, relatos, metodologías y aprendizajes que puedan inspirar a otros a crear, escuchar y transformar.


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