domingo, 19 de abril de 2026

El derecho al silencio

«Un recuerdo evocado demasiado a menudo y expresado 

en forma de historia tiende a convertirse en un estereotipo... 

cristalizado, perfeccionado, adornado, instalándose en sí mismo

 en lugar de la memoria pura y dura y creciendo a sus expensas»

Primo Levi - Los hundidos y los salvados" (1986)

No todo acto de “decir la verdad” es automáticamente liberador. En muchas tradiciones críticas se ha insistido en la importancia de romper el silencio, visibilizar lo oculto y narrar la experiencia propia como forma de resistencia. Esa dimensión sigue siendo políticamente fundamental.

Sin embargo, en un ensayo particularmente lúcido Wendy Brown advierte un desplazamiento importante. Ciertas formas de discurso emancipatorio pueden ser capturadas por lógicas de poder que reorganizan aquello que buscan cuestionar. El problema no es la narración del sufrimiento en sí, sino la posibilidad de que esa narración se convierta en el eje exclusivo de la inteligibilidad política del sujeto.

Suprematist composition airplane flying - Malevich

En ese escenario, el relato del daño puede producir reconocimiento, pero también fijar al sujeto en una identidad herida que debe ser constantemente validada. La política corre entonces el riesgo de organizarse alrededor de una subjetividad que aparece principalmente como “yo herido”, más que como agente capaz de transformar las condiciones colectivas que producen ese daño.

Como advierte Brown, en ciertos registros contemporáneos del discurso político, "la práctica de confesar, declarar o pronunciar la experiencia no siempre tiene como horizonte la construcción de comunidad, la elaboración de la experiencia o la transformación de la comprensión", sino que puede quedar atrapada en dinámicas de exposición y reconocimiento.

Cuando en la cultura política contemporánea se exalta el “yo que habla desde su experiencia” (opinión personal, vivencia, testimonio), parece reforzarse la autonomía del sujeto: “yo digo mi verdad”, “mi experiencia es incuestionable”, “mi identidad me autoriza a hablar”. Esto se presenta como hipersoberanía del individuo. Pero Brown señala que ese mismo gesto puede revelar la fragilidad del sujeto soberano, no su fortaleza. Es decir, parece autónomo, pero en realidad es altamente dependiente de formas externas de legitimación.

La política se desplaza entonces hacia la autenticidad individual, en lugar de hacia la construcción de poder colectivo o la elaboración de condiciones estructurales de transformación. Y en ese desplazamiento se configura un sujeto cuya palabra circula intensamente sobre sí mismo, pero cuya agencia política se redefine cada vez más en términos de expresión y reconocimiento, más que de transformación compartida.

Si bien el acto de des-silenciar ha sido fundamental para visibilizar violencias, su reiteración sin mediación puede fijar identidades en torno al daño y limitar la posibilidad de otras formas de existencia. La construcción de paz requiere, entonces, no solo espacios para narrar el dolor, sino también condiciones para desplazarse de él, reconfigurar la experiencia y abrir otros modos de relación.

Frente a esta expansión del yo que se constituye a través de la exposición de su experiencia, podría pensarse no solo en una política del decir, sino también en un derecho al silencio. No como negación de la palabra ni de la memoria, sino como resistencia a la obligación de convertir toda vida en relato público. Un silencio que no borra la experiencia, pero que se niega a reducirla a identidad, manteniendo abierto el espacio donde lo vivido no se agota en su narración.


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jueves, 9 de abril de 2026

Podcast Narrativas Sonoras para la Paz

Les comparto los 8 podcast creados en el curso Narrativas Sonoras para la Paz, dirigido a víctimas del conflicto armado y realizado en el 2025 en la UPN en alianza entre Centro de Educación para la paz, CEPAZ, Pedagógica Radio y la Unidad para las Víctimas.

Voces que transforman el dolor en memoria y cuidado colectivo.

Hoy fue su lanzamiento, en el Día Nacional de Solidaridad con las Víctimas del Conflicto Armado.


Escúchalos todos los podcast aquí:

https://radio.upn.edu.co/narrativas-sonoras-para-la-paz/

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viernes, 13 de marzo de 2026

Sobre el deseo auténtico

El deseo auténtico —si es que algo así existe— sería aquello que nos moviliza interiormente hacia una forma más verdadera de vivir. No solo nos conmueve o nos pone en movimiento, también orienta nuestras búsquedas. Funciona, a veces, como una especie de brújula interior que señala hacia dónde dirigirnos.

Este deseo genuino suele aparecer con más claridad cuando dejamos de obedecer únicamente a lo externo —las expectativas, las inercias, las presiones— y comenzamos a escuchar algo que insiste desde dentro. En esos momentos nos impulsa a aprender, crear o transformar cosas, incluso a dejar atrás ciertos estilos de vida o patrones que ya no terminan de encajar. Es como si algunas ideas o intuiciones estuvieran buscando abrirse camino en la realidad y, de paso, nos conectaran con valores bastante grandes —la verdad, la belleza, la justicia, la equidad, la bondad— palabras que suenan solemnes, pero que en el fondo seguimos buscando.

La pregunta apareció casi al final de la sesión. Estábamos por terminar cuando Andrea dijo:

—¿Para la próxima vamos a conversar cómo sabe uno cuál es su deseo auténtico?

La pregunta quedó flotando en el aire. No era para responder de inmediato. Algunos se miraron entre sí; otros bajaron la mirada. Yo tampoco supe muy bien qué decir en ese momento. Esa noche me fui caminando con la pregunta rondando en la cabeza. No era una pregunta pequeña.

Pensé que cuando somos niños parece más fácil reconocer lo que queremos. Queremos jugar, explorar, correr, inventar mundos. También queremos que nuestros padres, madres o quienes nos cuidan estén cerca, que estén ahí cuando los necesitamos. En esa etapa, nuestro bienestar depende bastante de la presencia de los adultos.

Pero crecer cambia un poco las cosas. Durante mucho tiempo pensé que ser libre era hacer lo que a uno le diera la gana: ir por donde quisiera, sin que nadie dijera nada. Con los años esa idea empezó a quedarse corta. Tal vez la libertad, al menos en la vida adulta, no tenga que ver solo con eso. Ser libre también parece implicar la capacidad de construir vínculos con otras personas.

Cuando nos mantienen separados, desconfiando unos de otros, como si cada quien tuviera que arreglárselas completamente solo, algo se rompe. Y quizá ahí empieza una forma más sutil de opresión.

Con el tiempo la pregunta por el deseo también cambia. Ya no es solo qué quiero para mí, sino algo un poco más amplio:

—¿qué podríamos hacer juntos?

—¿dónde quiero poner mi tiempo y mi energía?

—¿qué desafío vale la pena asumir en una vida?

En mi caso, esa pregunta empezó a tomar forma en una idea que terminé llamando Universidad del Futuro. El nombre suena más grande de lo que realmente es. No se trata de una universidad en el sentido tradicional. Es más bien una comunidad de aprendizaje, una red de redes, un espacio para encontrarnos, conversar, imaginar proyectos y hacer cosas juntos.

A veces, cuando camino o converso con amigos, pienso que en nuestros territorios hay una abundancia enorme de creatividad que todavía no sabemos coordinar. Hay artistas, maestros, soñadores, muchos oficios, autodidactas y personas con iniciativas hermosas.

Mi deseo tiene bastante que ver con facilitar que todo eso se conecte: generar redes de intercambio intergeneracional de afectos, saberes y búsquedas por las que podamos ir transitando juntos.

Después de tantas conversaciones en mi podcast también me he dado cuenta de algo curioso, hablar con otros termina revelando nuestros propios deseos. El deseo suele aparecer en nuestras redundancias, en los temas a los que volvemos una y otra vez.

Cuando alguien habla de algo que realmente le importa, se nota. La voz cambia un poco, los ojos brillan, las ideas empiezan a salir con más velocidad. A veces incluso habla más rápido de lo que piensa. En esos momentos uno puede verlo con claridad. Ahí hay algo que importa de verdad.

Tal vez por eso estos impulsos hay que cuidarlos. No aparecen todos los días ni crecen solos. Necesitan tiempo, encuentros, amistad y cierta paciencia. Son un poco como una planta: si no la riegas, se seca. Aunque nadie nos explica demasiado bien cómo se riegan los deseos.

También aparecen con más fuerza cuando encontramos trabajos o actividades donde podemos usar nuestra creatividad, nuestras ideas y nuestros talentos; cuando lo que hacemos tiene sentido para nosotros y también para otros.

Por el contrario, cuando estamos completamente absorbidos por el trabajo formal o por los estímulos permanentes a producir, a veces aparecen deseos compensatorios: pequeñas fugas que intentan llenar algún vacío de sentido.

A mí me pasa algo curioso cuando voy a la montaña con mi compañera. Allí, en la casa que construimos durante la pandemia, todo se vuelve un poco más claro. El viento mueve los árboles, el aire es fresco y, de repente, uno recuerda cosas que en la ciudad se olvidan fácilmente. A veces nos quedamos en silencio mirando cómo las ramas se mueven, el paso de las nubes o los nidos de araña entre los arbustos. Una tarde, mientras contemplaba el paisaje, noté cómo por el filo de la montaña pasaba una pequeña familia de lobos cangrejeros. Durante unos segundos quedaron dibujados a contraluz en el atardecer.

En esos momentos algo cambia. La atención se vuelve más profunda y, en ese silencio, algunas cosas también se ordenan por dentro.

Hay otra cosa que ayuda bastante a despertar ese impulso interior: mover el cuerpo. Correr, caminar, bailar, jugar. El cuerpo despierta cosas que a veces la mente olvida. Es como si el movimiento sacudiera un poco el polvo que se nos va acumulando por dentro.

Tal vez el deseo auténtico tenga algo de eso: una fuerza interior que se vuelve más clara cuando conversamos con otros, cuando cuidamos los vínculos, cuando co-inspiramos y cuando el cuerpo vuelve a moverse.

Pero no todo es tan sencillo. Reconocer y cuidar los propios deseos quizá sea uno de los primeros aprendizajes en el paso entre la juventud y la vida adulta. La sociedad podría tener más espacios culturales que funcionaran como una especie de caldero donde los deseos personales, visionarios y creativos puedan encontrarse, mezclarse y resonar, dándoles tiempo, energía y contexto.

En esos espacios cada persona podría desplegar su agencia creativa junto a otros, compartiendo sueños, apuestas y visiones. Así, poco a poco, se van creando futuros en el presente.

No solo necesitamos deseos que nos satisfagan a corto plazo. Tambiénn necesitamos deseos capaces de orientarnos en el largo plazo.

Coordinar los deseos colectivos en formas artísticas y creativas es, quizá, uno de los sueños más profundos de la educación del futuro. Una educación capaz de ser un cuenco fértil donde la autenticidad y la singularidad puedan crecer, encontrarse y desplegarse en el mundo.

Y también una educación que aprenda a celebrar la creatividad, la agencia y la pequeña grandeza que cada persona puede despertar en los demás.

Preguntas para explorar el DESEO AUTÉNTICO

1. Energía interior

¿En qué momentos sientes que pensar te mueve por dentro?

¿Qué actividades hacen que te sientas más vivo?

¿En qué momentos pierdes la noción del tiempo?

2. Fascinación o curiosidad

¿Qué idea, problema o sueño quisieras explorar durante años?

¿Qué tema podrías pensar sin aburrirte?

¿Qué conversaciones te dejan con más energía?

3. Dirección vital

¿Qué proyecto intentarías si no tuvieras miedo al fracaso?

¿Qué problema del mundo te gustaría ayudar a transformar?

Si nadie te pagara por hacerlo, pero supieras que es valioso para el mundo, ¿a qué te dedicarías?


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miércoles, 4 de marzo de 2026

Educar el deseo

Quien desea pero no obra, engendra peste

William Blake 

Hay muchas maneras de desear y de poner nuestra energía y voluntad en el mundo, distintos modos de orientar aquello que nos anima a la acción, lo que nos llama y nos seduce. En estos tiempos parecen ampliarse las posibilidades de elección. Vivimos en una época donde las opciones parecen infinitas, podemos ser esto o aquello, elegir entre múltiples identidades, trayectorias, subculturas y estilos de vida. Pero mientras crecen las opciones, parece adelgazarse la dirección. Los consensos sobre dónde poner la atención —interior o social— se han deshilvanado, la brújula común oscila y en ese vaivén aparece la ansiedad. Según el filósofo colombiano Roberto Palacios, vivimos en una era de la ansiedad y en esta contingencia suele pasar que el deseo inconsciente se precipita compensando la soledad, la ansiedad, el deseo de pertenencia, una lucha por la identidad, las ganas de ser reconocido, queremos sentir que nuestra vida importa. En ese terreno incierto comienza a jugarse también la calidad de nuestros deseos.

Queremos vivir y experimentar deseos auténticos, pero muchas veces dominan aquellos que buscan el poder, la fama, la riqueza, el sentirnos bien y el ser alguien exitoso en la vida. Estos no son en sí mismos inclinaciones demoníacas, pero se convierten en terreno almibarado cuando funcionan como prótesis del yo, maquillaje de la inseguridad, donde el ego se regodea y opera como una respuesta reactiva a una falta no comprendida. 

Cuando perdemos contacto con nuestros deseos más auténticos, la vida psíquica suele empobrecerse: aparece la apatía, una sensación de desconexión con aquello que podría animar nuestra acción y nuestro sentido de dirección. Los deseos auténticos requieren un trabajo con nosotros mismos y una especie de crítica y comprensión cultural más amplia que dé sentido a la dirección y al llamado que la vida nos está susurrando. 

Para tener deseos auténticos es necesario entonces no solo un trabajo con la integración de las experiencias vividas y el darse cuenta, sino un trabajo con lo inconsciente y con la sombra, ya que, sin esta labor de ver los traumas, las heridas, lo que no hemos cerrado, vuelve a dominar un deseo reactivo, movilizado por la malicia, la envidia o la comparación odiosa.

Lo preocupante de la situación coyuntural es que en este estado de ansiedad el totalitarismo puede adquirir una fragancia muy seductora. Con el descrédito de las instituciones, de los vecinos, de la ciencia, de las verdades, y con la precariedad y velocidad como vivimos, es dable que nuestra ansiedad aumente. Esta ansiedad alimenta deseos compensatorios, legitimando autoridades que prometen poner orden en las cosas y proporcionar seguridad, el aumento de la posverdad y en detrimento de nuestra confianza y agencia política. Es una paradoja que el aumento de información y la conectividad esté promoviendo la información distorsionada y el auge de fanatismos.

Quizá esta paradoja tenga que ver con la pérdida de un equilibrio más antiguo entre lo que algunas tradiciones llamarían sutra y tantra: entre las formas que orientan la vida y las energías que la renuevan. Cuando las estructuras que organizan la experiencia se debilitan demasiado, la expansión de posibilidades puede generar ansiedad y dispersión, y esa ansiedad termina alimentando el deseo de orden absoluto. Algo similar ocurre cuando la religión pierde su dimensión espiritual: la autoridad se vuelve rígida, incluso opresiva, intentando compensar la pérdida de experiencia viva. Pero una espiritualidad completamente desvinculada de la religión puede multiplicar tanto las posibilidades que termina generando dispersión y soledad.

Sin religión —entendida como "parche", comunidad de práctica intergeneracional y redes de amistad, valores compartidos por la tribu — resulta difícil que los hallazgos de la experiencia espiritual se integren al tejido cultural. Sin ese contenedor colectivo, la espiritualidad corre el riesgo de convertirse en una búsqueda solitaria, incapaz de sedimentar en prácticas compartidas.

Como sugiere Cadell Last, en su magnífico libro Real Speculations, las estructuras de la religión tradicional no desaparecen simplemente cuando las personas abandonan las instituciones religiosas. Con frecuencia reaparecen en formas seculares. Quienes crecen sin religión o quienes la abandonan pueden terminar expresando esas mismas estructuras en ideologías o en el activismo político. En esos casos, la política se convierte —muchas veces sin que lo notemos— en una forma de religiosidad inconsciente.

Esta tensión entre experiencia y forma no aparece solo en las religiones tradicionales, también se manifiesta en fenómenos culturales contemporáneos, como el creciente interés por los psicodélicos. Estas experiencias, por sí solas, no conducen necesariamente a una transformación duradera. El cambio suele producirse cuando la experiencia se integra dentro de una forma: una terapia, un ritual, una práctica espiritual o una comunidad que pueda sostener y elaborar lo vivido.

Cómo señala Alexander Beiner en su libro Big Picture, How Psychedelics can help us make sense of the world, "cuando tienes una experiencia psicodélica, llevas contigo toda tu cultura, ...sin un discernimiento agudo y una comunidad de apoyo que pueda hacernos reflexionar sobre nuestras perspectivas, podemos fácilmente caer en madrigueras de conejo... podemos fijarnos en ideas, ideologías, fantasías o historias paranoicas de tal manera que estrechamos nuestro marco en lugar de ampliarlo".

En nuestra cultura los psicodélicos se han vuelto cada vez más populares y pueden ayudar a esclarecer preguntas profundas sobre nuestros deseos o sobre el sentido de la vida. Pero cuando esas revelaciones no se traducen en una transformación cotidiana —en hábitos, vínculos o prácticas compartidas— corren el riesgo de quedar reducidas a un viaje esporádico: una intensidad momentánea que no logra encarnarse en la vida común. 

La dificultad no es vislumbrar el deseo, sino sostenerlo en el tiempo. Por eso Jacques Lacan formuló una de las máximas éticas más radicales del pensamiento contemporáneo: no ceder en su deseoCuando el deseo se reconoce pero no se encarna en la vida, algo se corrompe. Como dice el aforismo de Blake que poníamos al inicio de este ensayo: quien desea pero no obra, engendra peste.

¿Cómo cultivar deseos auténticos en una cultura que fabrica deseos compensatorios? ¿Cómo sostener agencia y pluralidad cuando la ansiedad empuja hacia soluciones autoritarias? Qué vuelve un deseo auténtico? ¿Su capacidad de servicio, su enraizamiento en una comunidad o su apertura al mundo común?

Los deseos auténticos no necesitan exhibirse y transparentarse compulsivamente, son parte de una suerte de revolución silenciosa que se cuenta a nuestros cómplices y cercanos. No se ufana de la verdad, la razón o tener el poder. Son deseos, pálpitos, balbuceos que toman fuerza cuando arriesgamos nuestra vida con otros y construimos ideas que todavía son intuiciones, centelleos en el viento. Un deseo auténtico debe aguardarse como en el embarazo, darle tiempo a que fermente y no dejarlo en el aire como una idea abstracta. Hay que parir el deseo para que sea auténtico y cavar en tierra oscura. Hay deseos que mueren por exposición prematura, ideas que se evaporan porque fueron dichas antes de ser encarnadas. Parir un deseo exige riesgo, atravesar la incertidumbre sin garantías. Sin ese trabajo, lo no visto retorna, regresa amplificado y toma formas reactivas, fanáticas, violentas.

Tal vez eso sea parte de lo que estamos viviendo, no solo un declive institucional, sino un empobrecimiento del deseo. En un nivel profundo, el deseo es una fuerza constitutiva de la realidad humana. El mundo que habitamos está organizado por aquello que aprendemos a desear; las culturas no son otra cosa que la sedimentación histórica de esos deseos. Cuando los deseos se degradan, también se degrada la cultura que los sostiene.

La tarea de nuestro tiempo no sea producir más deseos, sino educar el deseo, clarificarlo, darle cuerpo y forma, buscarle cauces en la tierra y en el cielo, procurarle un contenedor sagrado para que cree sus propias creaturas. De la calidad de nuestros deseos vendrá la paz y el conflicto del futuro.


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jueves, 26 de febrero de 2026

Sobre la prudencia

En tiempos de aceleración, indignación y reacción constante, proponer la prudencia suena casi contracultural. Y, sin embargo, es profundamente político. La prudencia es como el oído del músico antes de entrar en la improvisación: no frena la acción, la afina. Llamar a la prudencia hoy es un gesto radical; significa apostar por una acción que nace de la verdad de las cosas y no solo del clima emocional del momento.

Quiero compartir una síntesis de las ideas que aporta Josef Pieper al hablar de la prudencia, que según él es la madre de todas las virtudes: sin ella, las demás se desfiguran o se vuelven peligrosas.

La prudencia permite deliberar sobre lo que conviene hacer aquí y ahora, reconociendo el tono, el momento oportuno, las circunstancias y las consecuencias. Ser prudente exige ver la realidad tal como es. Supone dar un paso atrás —no para evadir la acción, sino para fundarla— y quizá sea el mejor antídoto contra el moralismo, que tiende a ser totalizante y abstracto. Sin prudencia, incluso la verdad puede volverse destructiva y humillante.

Esta virtud introduce complejidad, contexto y encarnación; también humildad y paciencia, disposiciones que hoy parecen anacrónicas. Pero la prudencia no solo orienta lo que debemos hacer: ilumina quiénes somos en el acto de decidir. En ella, el deber nace del ser, no de reglas abstractas ni de buenas intenciones vacías. Nos conecta con la realidad y nos permite actuar con justicia y equilibrio.

Cuando el ser humano se encierra en sí mismo, pierde esta capacidad de observación y juicio; ya no puede deliberar con claridad sobre lo que conviene hacer. Por eso, como señala Pieper, quien vive absorto en sí mismo termina perdiendo no solo la justicia, sino también la salud del alma.

“La virtud de la prudencia —dice— permite que alguien se aconseje a sí mismo: reconocer cuándo necesita ayuda, distinguir un buen consejo de uno malo y evitar depender ciegamente de otros”.

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jueves, 19 de febrero de 2026

Imaginación y Educación

Todo proceso de formación necesita ritmo: momentos de intensidad y momentos de distensión, de aprendizaje y de enseñanza. Esa oscilación es clave si queremos abrirnos al mundo de la invención y no quedarnos únicamente en la comprensión de datos o realidades sociales, ni en la repetición o la imitación.

Muchos profesores confían en que una planificación minuciosa, paso a paso, garantiza el éxito de la clase. Y en parte tienen razón: la estructura sostiene, ofrece orden y precisión. Pero una buena clase no florece bajo el exceso de control ni bajo la presión comprobatoria permanente. Florece cuando el grupo entra en un flujo compartido, cuando la imaginación comienza a circular entre los cuerpos y cuando lo imprevisto encuentra espacio para acontecer. La imaginación necesita riesgo y una cierta aventura existencial. No brota de la saturación de conceptos, sino de los intersticios donde el pensamiento respira y el movimiento se permite desviarse.

Ahora bien, no basta con “estimular la imaginación”. Es necesario crear condiciones concretas: poner herramientas en manos de los estudiantes, ofrecer materiales y referencias, disposición de tiempo, abrir espacios de experimentación y enseñar técnicas como potencias, no como moldes.

En ese sentido, cada profesor encarna, además de una tradición intelectual, una manera de habitar el lenguaje, una postura corporal ante el mundo y un ritmo particular del pensamiento. El espacio de clase es una suerte de ritual donde hacemos magia. El tono de la voz, los símbolos, las metáforas, las conexiones, la sinceridad, la intención, la atención, el acento, los gestos, los giros, los conceptos, los movimientos, el silencio, los juegos, la musicalidad de la palabra, la intensidad, la pasión y el eros… todos estos elementos intervienen, condicionando y enriqueciendo la experiencia formativa.

Por eso, no se trata solo de aprender datos, sino de posibilitar que el estudiante transforme la arquitectura interna con la que percibe el mundo. Educar no es llenar un recipiente, sino alterar la forma de mirar, de sentir y de relacionarse.

Desde esta perspectiva, la educación —y también las políticas públicas— pueden promover la imaginación mediante una crianza saludable, la promoción de derechos, el cultivo de la capacidad y la flexibilidad corporal, la existencia de espacios públicos para el deporte y el arte, y el aprendizaje del arte de las soluciones imaginarias: resolver tensiones creando nuevos movimientos, nuevas formas de relación, nuevos proyectos.

La imaginación no es un lujo cultural. Como plantea Gilbert Simondon, forma parte del proceso de individuación; es una función ontológica de la vida. No aparece después del ser: participa en su constitución.

Como educadores y artistas hemos visto que la potencia de lo imaginario surge con mayor intensidad allí donde disminuye la exigencia de obligatoriedad. Cuando la acción no está completamente prescrita, emerge el juego; y en el juego, la posibilidad.

La imaginación no es evasión de la realidad. Es una manera de traer lo posible al campo de acción, de ensayar conexiones inusitadas, de habitar el mundo como un territorio de probabilidades. Abre un intervalo donde lo real no se niega, sino que se expande.

Pero, de nuevo con Simondon afirma que sin medios, la imaginación se frustra; con medios, se vuelve invención. La diferencia entre fantasía impotente e invención transformadora no está en la intensidad del deseo, sino en la disponibilidad de condiciones materiales, simbólicas y colectivas que permitan encarnarlo.

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martes, 20 de enero de 2026

El cine que nos mira: relatos del mundo contemporáneo

El cine del 2025 parece haber renunciado a las certezas. No busca explicar el mundo, sino acompañarlo en su temblor. Sus historias no se levantan sobre héroes, sino sobre cuerpos vulnerables, decisiones forzadas, herencias invisibles y futuros que llegan sin promesa.

Las películas aquí reunidas miran un presente donde la elección se vuelve ambigua, la democracia se agrieta, la palabra se rompe y el cuidado aparece como último gesto ético. En los márgenes —madres jóvenes, voces quebradas, vidas descartadas— emerge una verdad que el centro ha olvidado: vivir ya es una forma de resistencia.

Al mismo tiempo, estos filmes interrogan la transmisión: qué se hereda, qué se repite, qué duele. Padres, maestros, territorios y memorias configuran una pedagogía afectiva donde el aprendizaje no ocurre en la razón, sino en el vínculo.

Y, sin embargo, no todo es pérdida. En medio del extravío aparece el camino, el encuentro, la música, el acontecimiento inesperado. El futuro no se anuncia: se insinúa. Como una pregunta abierta que el cine no responde, pero se atreve a formular.

Tal vez por eso estas películas no buscan consuelo, sino presencia. No prometen salvación, pero ofrecen algo más humilde y más radical: mirar juntos lo que duele, sin apartar la mirada.

TOP #1

O último azul - Gabriel Mascaro.


#2 

1. El mundo fracturado

Un simple accidente — Jafar Panahi

Votemos — Santiago Requejo

No Other Choices — Park Chan-wook

(poder, coerción, decisión, fragilidad democrática) ¿qué queda del sujeto cuando elegir ya no es libre?

2. Los márgenes que hablan

Urchin — Harris Dickinson

Young Mothers — Jean-Pierre y Luc Dardenne

Broken Voices — Ondřej Provazník

(exclusión, cuidado, voz silenciada) ¿quién escucha a quienes sobreviven sin relato?

3. Herencia, filiación y transmisión

Mr. Burton — Marc Evans

Una quinta portuguesa — Avelina Prat

Sentimental Value — Joachim Trier

memoria, educación afectiva, legado emocional ¿qué nos fue dado sin haberlo pedido?

4. El tiempo como enigma

Köln 75 — Ido Fluk

La Venue de l’Avenir — Cédric Klapisch

(historia, acontecimiento, porvenir) ¿cuándo comienza realmente el futuro?

V. La espiritualidad del extravío

Sirat — Óliver Laxe

Bugonia — Yorgos Lanthimos

(fe rota, delirio contemporáneo, búsqueda de sentido) ¿qué dioses inventamos cuando los antiguos ya no responden?

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