miércoles, 4 de marzo de 2026

Educar el deseo

Quien desea pero no obra, engendra peste

William Blake 

Hay muchas maneras de desear y de poner nuestra energía y voluntad en el mundo, distintos modos de orientar aquello que nos anima a la acción, lo que nos llama y nos seduce. En estos tiempos parecen ampliarse las posibilidades de elección. Vivimos en una época donde las opciones parecen infinitas, podemos ser esto o aquello, elegir entre múltiples identidades, trayectorias, subculturas y estilos de vida. Pero mientras crecen las opciones, parece adelgazarse la dirección. Los consensos sobre dónde poner la atención —interior o social— se han deshilvanado, la brújula común oscila y en ese vaivén aparece la ansiedad. Según el filósofo colombiano Roberto Palacios, vivimos en una era de la ansiedad y en esta contingencia suele pasar que el deseo inconsciente se precipita compensando la soledad, la ansiedad, el deseo de pertenencia, una lucha por la identidad, las ganas de ser reconocido, queremos sentir que nuestra vida importa. En ese terreno incierto comienza a jugarse también la calidad de nuestros deseos.

Queremos vivir y experimentar deseos auténticos, pero muchas veces dominan aquellos que buscan el poder, la fama, la riqueza, el sentirnos bien y el ser alguien exitoso en la vida. Estos no son en sí mismos inclinaciones demoníacas, pero se convierten en terreno almibarado cuando funcionan como prótesis del yo, maquillaje de la inseguridad, donde el ego se regodea y opera como una respuesta reactiva a una falta no comprendida. 

Cuando perdemos contacto con nuestros deseos más auténticos, la vida psíquica suele empobrecerse: aparece la apatía, una sensación de desconexión con aquello que podría animar nuestra acción y nuestro sentido de dirección. Los deseos auténticos requieren un trabajo con nosotros mismos y una especie de crítica y comprensión cultural más amplia que dé sentido a la dirección y al llamado que la vida nos está susurrando. 

Para tener deseos auténticos es necesario entonces no solo un trabajo con la integración de las experiencias vividas y el darse cuenta, sino un trabajo con lo inconsciente y con la sombra, ya que, sin esta labor de ver los traumas, las heridas, lo que no hemos cerrado, vuelve a dominar un deseo reactivo, movilizado por la malicia, la envidia o la comparación odiosa.

Lo preocupante de la situación coyuntural es que en este estado de ansiedad el totalitarismo puede adquirir una fragancia muy seductora. Con el descrédito de las instituciones, de los vecinos, de la ciencia, de las verdades, y con la precariedad y velocidad como vivimos, es dable que nuestra ansiedad aumente. Esta ansiedad alimenta deseos compensatorios, legitimando autoridades que prometen poner orden en las cosas y proporcionar seguridad, el aumento de la posverdad y en detrimento de nuestra confianza y agencia política. Es una paradoja que el aumento de información y la conectividad esté promoviendo la información distorsionada y el auge de fanatismos.

Quizá esta paradoja tenga que ver con la pérdida de un equilibrio más antiguo entre lo que algunas tradiciones llamarían sutra y tantra: entre las formas que orientan la vida y las energías que la renuevan. Cuando las estructuras que organizan la experiencia se debilitan demasiado, la expansión de posibilidades puede generar ansiedad y dispersión, y esa ansiedad termina alimentando el deseo de orden absoluto. Algo similar ocurre cuando la religión pierde su dimensión espiritual: la autoridad se vuelve rígida, incluso opresiva, intentando compensar la pérdida de experiencia viva. Pero una espiritualidad completamente desvinculada de la religión puede multiplicar tanto las posibilidades que termina generando dispersión y soledad.

Sin religión —entendida como "parche", comunidad de práctica intergeneracional y redes de amistad, valores compartidos por la tribu — resulta difícil que los hallazgos de la experiencia espiritual se integren al tejido cultural. Sin ese contenedor colectivo, la espiritualidad corre el riesgo de convertirse en una búsqueda solitaria, incapaz de sedimentar en prácticas compartidas.

Como sugiere Cadell Last, en su magnífico libro Real Speculations, las estructuras de la religión tradicional no desaparecen simplemente cuando las personas abandonan las instituciones religiosas. Con frecuencia reaparecen en formas seculares. Quienes crecen sin religión o quienes la abandonan pueden terminar expresando esas mismas estructuras en ideologías o en el activismo político. En esos casos, la política se convierte —muchas veces sin que lo notemos— en una forma de religiosidad inconsciente.

Esta tensión entre experiencia y forma no aparece solo en las religiones tradicionales, también se manifiesta en fenómenos culturales contemporáneos, como el creciente interés por los psicodélicos. Estas experiencias, por sí solas, no conducen necesariamente a una transformación duradera. El cambio suele producirse cuando la experiencia se integra dentro de una forma: una terapia, un ritual, una práctica espiritual o una comunidad que pueda sostener y elaborar lo vivido.

Cómo señala Alexander Beiner en su libro Big Picture, How Psychedelics can help us make sense of the world, "cuando tienes una experiencia psicodélica, llevas contigo toda tu cultura, ...sin un discernimiento agudo y una comunidad de apoyo que pueda hacernos reflexionar sobre nuestras perspectivas, podemos fácilmente caer en madrigueras de conejo... podemos fijarnos en ideas, ideologías, fantasías o historias paranoicas de tal manera que estrechamos nuestro marco en lugar de ampliarlo".

En nuestra cultura los psicodélicos se han vuelto cada vez más populares y pueden ayudar a esclarecer preguntas profundas sobre nuestros deseos o sobre el sentido de la vida. Pero cuando esas revelaciones no se traducen en una transformación cotidiana —en hábitos, vínculos o prácticas compartidas— corren el riesgo de quedar reducidas a un viaje esporádico: una intensidad momentánea que no logra encarnarse en la vida común. 

La dificultad no es vislumbrar el deseo, sino sostenerlo en el tiempo. Por eso Jacques Lacan formuló una de las máximas éticas más radicales del pensamiento contemporáneo: no ceder en su deseoCuando el deseo se reconoce pero no se encarna en la vida, algo se corrompe. Como dice el aforismo de Blake que poníamos al inicio de este ensayo: quien desea pero no obra, engendra peste.

¿Cómo cultivar deseos auténticos en una cultura que fabrica deseos compensatorios? ¿Cómo sostener agencia y pluralidad cuando la ansiedad empuja hacia soluciones autoritarias? Qué vuelve un deseo auténtico? ¿Su capacidad de servicio, su enraizamiento en una comunidad o su apertura al mundo común?

Los deseos auténticos no necesitan exhibirse y transparentarse compulsivamente, son parte de una suerte de revolución silenciosa que se cuenta a nuestros cómplices y cercanos. No se ufana de la verdad, la razón o tener el poder. Son deseos, pálpitos, balbuceos que toman fuerza cuando arriesgamos nuestra vida con otros y construimos ideas que todavía son intuiciones, centelleos en el viento. Un deseo auténtico debe aguardarse como en el embarazo, darle tiempo a que fermente y no dejarlo en el aire como una idea abstracta. Hay que parir el deseo para que sea auténtico y cavar en tierra oscura. Hay deseos que mueren por exposición prematura, ideas que se evaporan porque fueron dichas antes de ser encarnadas. Parir un deseo exige riesgo, atravesar la incertidumbre sin garantías. Sin ese trabajo, lo no visto retorna, regresa amplificado y toma formas reactivas, fanáticas, violentas.

Tal vez eso sea parte de lo que estamos viviendo, no solo un declive institucional, sino un empobrecimiento del deseo. En un nivel profundo, el deseo es una fuerza constitutiva de la realidad humana. El mundo que habitamos está organizado por aquello que aprendemos a desear; las culturas no son otra cosa que la sedimentación histórica de esos deseos. Cuando los deseos se degradan, también se degrada la cultura que los sostiene.

La tarea de nuestro tiempo no sea producir más deseos, sino educar el deseo, clarificarlo, darle cuerpo y forma, buscarle cauces en la tierra y en el cielo, procurarle un contenedor sagrado para que cree sus propias creaturas. De la calidad de nuestros deseos vendrá la paz y el conflicto del futuro.


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jueves, 26 de febrero de 2026

Sobre la prudencia

En tiempos de aceleración, indignación y reacción constante, proponer la prudencia suena casi contracultural. Y, sin embargo, es profundamente político. La prudencia es como el oído del músico antes de entrar en la improvisación: no frena la acción, la afina. Llamar a la prudencia hoy es un gesto radical; significa apostar por una acción que nace de la verdad de las cosas y no solo del clima emocional del momento.

Quiero compartir una síntesis de las ideas que aporta Josef Pieper al hablar de la prudencia, que según él es la madre de todas las virtudes: sin ella, las demás se desfiguran o se vuelven peligrosas.

La prudencia permite deliberar sobre lo que conviene hacer aquí y ahora, reconociendo el tono, el momento oportuno, las circunstancias y las consecuencias. Ser prudente exige ver la realidad tal como es. Supone dar un paso atrás —no para evadir la acción, sino para fundarla— y quizá sea el mejor antídoto contra el moralismo, que tiende a ser totalizante y abstracto. Sin prudencia, incluso la verdad puede volverse destructiva y humillante.

Esta virtud introduce complejidad, contexto y encarnación; también humildad y paciencia, disposiciones que hoy parecen anacrónicas. Pero la prudencia no solo orienta lo que debemos hacer: ilumina quiénes somos en el acto de decidir. En ella, el deber nace del ser, no de reglas abstractas ni de buenas intenciones vacías. Nos conecta con la realidad y nos permite actuar con justicia y equilibrio.

Cuando el ser humano se encierra en sí mismo, pierde esta capacidad de observación y juicio; ya no puede deliberar con claridad sobre lo que conviene hacer. Por eso, como señala Pieper, quien vive absorto en sí mismo termina perdiendo no solo la justicia, sino también la salud del alma.

“La virtud de la prudencia —dice— permite que alguien se aconseje a sí mismo: reconocer cuándo necesita ayuda, distinguir un buen consejo de uno malo y evitar depender ciegamente de otros”.

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jueves, 19 de febrero de 2026

Imaginación y Educación

Todo proceso de formación necesita ritmo: momentos de intensidad y momentos de distensión, de aprendizaje y de enseñanza. Esa oscilación es clave si queremos abrirnos al mundo de la invención y no quedarnos únicamente en la comprensión de datos o realidades sociales, ni en la repetición o la imitación.

Muchos profesores confían en que una planificación minuciosa, paso a paso, garantiza el éxito de la clase. Y en parte tienen razón: la estructura sostiene, ofrece orden y precisión. Pero una buena clase no florece bajo el exceso de control ni bajo la presión comprobatoria permanente. Florece cuando el grupo entra en un flujo compartido, cuando la imaginación comienza a circular entre los cuerpos y cuando lo imprevisto encuentra espacio para acontecer. La imaginación necesita riesgo y una cierta aventura existencial. No brota de la saturación de conceptos, sino de los intersticios donde el pensamiento respira y el movimiento se permite desviarse.

Ahora bien, no basta con “estimular la imaginación”. Es necesario crear condiciones concretas: poner herramientas en manos de los estudiantes, ofrecer materiales y referencias, disposición de tiempo, abrir espacios de experimentación y enseñar técnicas como potencias, no como moldes.

En ese sentido, cada profesor encarna, además de una tradición intelectual, una manera de habitar el lenguaje, una postura corporal ante el mundo y un ritmo particular del pensamiento. El espacio de clase es una suerte de ritual donde hacemos magia. El tono de la voz, los símbolos, las metáforas, las conexiones, la sinceridad, la intención, la atención, el acento, los gestos, los giros, los conceptos, los movimientos, el silencio, los juegos, la musicalidad de la palabra, la intensidad, la pasión y el eros… todos estos elementos intervienen, condicionando y enriqueciendo la experiencia formativa.

Por eso, no se trata solo de aprender datos, sino de posibilitar que el estudiante transforme la arquitectura interna con la que percibe el mundo. Educar no es llenar un recipiente, sino alterar la forma de mirar, de sentir y de relacionarse.

Desde esta perspectiva, la educación —y también las políticas públicas— pueden promover la imaginación mediante una crianza saludable, la promoción de derechos, el cultivo de la capacidad y la flexibilidad corporal, la existencia de espacios públicos para el deporte y el arte, y el aprendizaje del arte de las soluciones imaginarias: resolver tensiones creando nuevos movimientos, nuevas formas de relación, nuevos proyectos.

La imaginación no es un lujo cultural. Como plantea Gilbert Simondon, forma parte del proceso de individuación; es una función ontológica de la vida. No aparece después del ser: participa en su constitución.

Como educadores y artistas hemos visto que la potencia de lo imaginario surge con mayor intensidad allí donde disminuye la exigencia de obligatoriedad. Cuando la acción no está completamente prescrita, emerge el juego; y en el juego, la posibilidad.

La imaginación no es evasión de la realidad. Es una manera de traer lo posible al campo de acción, de ensayar conexiones inusitadas, de habitar el mundo como un territorio de probabilidades. Abre un intervalo donde lo real no se niega, sino que se expande.

Pero, de nuevo con Simondon afirma que sin medios, la imaginación se frustra; con medios, se vuelve invención. La diferencia entre fantasía impotente e invención transformadora no está en la intensidad del deseo, sino en la disponibilidad de condiciones materiales, simbólicas y colectivas que permitan encarnarlo.

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martes, 20 de enero de 2026

El cine que nos mira: relatos del mundo contemporáneo

El cine del 2025 parece haber renunciado a las certezas. No busca explicar el mundo, sino acompañarlo en su temblor. Sus historias no se levantan sobre héroes, sino sobre cuerpos vulnerables, decisiones forzadas, herencias invisibles y futuros que llegan sin promesa.

Las películas aquí reunidas miran un presente donde la elección se vuelve ambigua, la democracia se agrieta, la palabra se rompe y el cuidado aparece como último gesto ético. En los márgenes —madres jóvenes, voces quebradas, vidas descartadas— emerge una verdad que el centro ha olvidado: vivir ya es una forma de resistencia.

Al mismo tiempo, estos filmes interrogan la transmisión: qué se hereda, qué se repite, qué duele. Padres, maestros, territorios y memorias configuran una pedagogía afectiva donde el aprendizaje no ocurre en la razón, sino en el vínculo.

Y, sin embargo, no todo es pérdida. En medio del extravío aparece el camino, el encuentro, la música, el acontecimiento inesperado. El futuro no se anuncia: se insinúa. Como una pregunta abierta que el cine no responde, pero se atreve a formular.

Tal vez por eso estas películas no buscan consuelo, sino presencia. No prometen salvación, pero ofrecen algo más humilde y más radical: mirar juntos lo que duele, sin apartar la mirada.

TOP #1

O último azul - Gabriel Mascaro.


#2 

1. El mundo fracturado

Un simple accidente — Jafar Panahi

Votemos — Santiago Requejo

No Other Choices — Park Chan-wook

(poder, coerción, decisión, fragilidad democrática) ¿qué queda del sujeto cuando elegir ya no es libre?

2. Los márgenes que hablan

Urchin — Harris Dickinson

Young Mothers — Jean-Pierre y Luc Dardenne

Broken Voices — Ondřej Provazník

(exclusión, cuidado, voz silenciada) ¿quién escucha a quienes sobreviven sin relato?

3. Herencia, filiación y transmisión

Mr. Burton — Marc Evans

Una quinta portuguesa — Avelina Prat

Sentimental Value — Joachim Trier

memoria, educación afectiva, legado emocional ¿qué nos fue dado sin haberlo pedido?

4. El tiempo como enigma

Köln 75 — Ido Fluk

La Venue de l’Avenir — Cédric Klapisch

(historia, acontecimiento, porvenir) ¿cuándo comienza realmente el futuro?

V. La espiritualidad del extravío

Sirat — Óliver Laxe

Bugonia — Yorgos Lanthimos

(fe rota, delirio contemporáneo, búsqueda de sentido) ¿qué dioses inventamos cuando los antiguos ya no responden?

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lunes, 19 de enero de 2026

La trenza de la gitana

Éxtasis

Al pensar en una experiencia significativa, lo primero que emerge es el instante en que te conocí hace ya más de quince años. Recordarlo me estremece, narrarlo es volver a enamorarme, regresar al origen, al presente, tocar el hilo mágico y secreto que ha tejido nuestras transformaciones.

Era el inicio del 2010 y yo acababa de cerrar la maestría en educación y caminaba en búsqueda en Bogotá de trabajos desafiantes en arte, educación, tecnología y espacios que me permitieran profundizar en los hallazgos encontrados en mi investigación. Fue entonces cuando apareció un proyecto breve e intenso —Arte y Ciencia para la convivencia— desarrollado por Maloka y sin saberlo, también apareciste tú.

En medio de jóvenes diversos y talentosos que provenían del arte, la ciencia y las humanidades y de intentar poner en juego metodologías de creación colectiva, tu presencia irrumpió como música. Un día te presentaste cantando bullerengue: palmas, ritmo, sensualidad y cuerpo vibrante. Algo quedó vibrando en mí desde entonces, no fue solo tu belleza —era tu manera de estar y ser— como si trajeras contigo, como una estela bioluminiscente, una memoria antigua que mi cuerpo reconocía antes que mi pensamiento.

Yo venía de una vida dispersa y sin promesas. Pero contigo ocurrió algo distinto: una electricidad serena y un pálpito de no saber, una cercanía que no exigía palabras. Bastaban los encuentros breves, una mirada sostenida, un gesto mínimo, un beso esquiniado, para sentir que algo comenzaba a estremecerme como nunca lo había sentido. Había allí una alegría contenida, un presentimiento, como si el amor, antes de decir su nombre, ya estuviera ensayando su forma.

Fisura

El tiempo —que no irrumpe como tragedia sino como maestro— fue mostrando otras capas del amor. El resplandor del instante inaugural dio paso a un territorio más complejo, el de la convivencia. Allí el vínculo dejó de sostenerse en la intensidad y empezó a revelarse en lo pequeño, los gestos cotidianos, los desacuerdos sutiles y aquello que no sabíamos aún cómo nombrar.

Aparecieron zonas imprevistas, sombras, silencios heredados, miedos antiguos, historias que no pedían explicación sino cuidado. Comprendimos que no todo lo que dolía nacía del otro, y que muchas veces amar no consistía en resolver, sino en no herir más. Fue entonces cuando el amor dejó de ser refugio y se volvió práctica, empezó a implicar descenso, bajar la voz, soltar la razón, escuchar incluso cuando dolía. Hubo momentos sin claridad ni acuerdo, pero persistió el gesto —frágil y obstinado— de no soltar el lazo y la conexión.

Con el tiempo entendí que el amor no es solo un acontecimiento o una emoción extática, sino una forma de permanecer en medio del cambio. Acompañar las mutaciones del otro —y las propias— nos exigió habitar el desajuste, el cansancio, la duda, las crisis y la pérdida de sentido. Allí el vínculo dejó de prometer plenitud y comenzó a ofrecer algo más honesto, la posibilidad de crecer sin negar la fragilidad.

Aprendí que el relámpago inicial no se conserva repitiéndolo, sino volviendo a mirarlo. A veces, en la quietud de la casa compartida, en el valle del amor —alrededor del fuego, del vino, de la memoria, de las caricias— regresamos a ese origen no para idealizarlo, sino para recordar por qué elegimos cuidarnos.

Comprendí también que el daño no nace del conflicto, sino del silencio acumulado. Que lo no dicho, cuando se posterga, termina estallando con una violencia que no le pertenece. Por eso el amor empezó a exigirme otro lenguaje, menos urgencia por tener razón y más coraje para escuchar y decir la verdad con ternura.

Así el vínculo fue revelando su condición postrágica: no evitar el dolor, sino integrarlo; no negar las tormentas, sino atravesarlas sin arrasar el terreno común. Amar dejó de ser promesa de armonía para volverse ética del cuidado, una manera de sostenernos cuando la vida ya no ofrece garantías.

Permanencia

Después de quince años —con idas y venidas, con momentos de cercanía y otros de extravío— empiezo a comprender la importancia de tenerte como compañera de vida, de los ciclos que hemos vivido y a los que hemos despertado. No como certeza, sino como camino que se vuelve a elegir.

Aprendimos a cuidarnos con ternura, y también con cierta firmeza. A atender los detalles, asumir riesgos juntos, a entender que el amor no es ciego: habita lo pequeño, lo cotidiano, el modo en que compartimos el tiempo, el espacio y los silencios. A veces basta un gesto mínimo para volver a encontrarnos.

En los conflictos hemos ido aprendiendo —no siempre bien, no siempre a tiempo— a conversar distinto. A reconocer nuestras violencias, a no quedarnos demasiado en el orgullo. Permanecer dejó de ser aguantar, se volvió decisión, una elección frágil, renovada e imperfecta.

Este amor ha sido tierra. No siempre fértil, no siempre amable, pero tierra al fin. Allí han crecido frutos visibles y otros que apenas sabemos nombrar: una casa en la montaña, la familia, los viajes, trabajos maravillosos, el aprendizaje de estar juntos sin fundirnos y el cantar y hacer música para endulzar los momentos. A tu lado he aprendido que amar no es coincidir, sino acompañar. Que no se trata de completarnos, sino de caminar con lo que falta. Que incluso el desencuentro puede volverse lenguaje si se le ofrece tiempo.

No sé del todo qué forma tendrá lo que sigue. Quiero vivir esta vida y las otras contigo. A veces avanzamos con claridad, otras apenas con intuición. Pero seguimos trenzando —como quien enlaza cabellos al viento— sabiendo que el amor no se sostiene por la perfección, sino por el gesto persistente de volver a estar.

Y eso, por ahora, basta.

Te amo infinito


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jueves, 11 de diciembre de 2025

Manifiesto del 1er Festival de la Universidad del Futuro

Vamos caminando como adultos que encarnan la infancia y la adolescencia.

Encendemos el fuego para asentarnos en la magia compartida:

somos fuego andante de la creación,

latido del corazón hermanado con la selva y el concreto,

con lo urbano y lo ancestral,

con el presente que arde y el futuro que asoma.

Caminamos juntos.

Nos acompañamos en la alegría del compartir.

Nos afirmamos en la apertura, en la posibilidad

y también en la pérdida.

Nos orienta aquello que refulge en el horizonte como misterio,

misterio vivo de creación y destrucción.


Alzamos nuestros cantos en la niebla de la noche

para permanecer cuerdos entre quienes aún sueñan,

entre quienes aún juegan en el horizonte abierto

de la infancia eterna.


Imaginamos colaboraciones fortuitas,

encuentros que se abren paso en la conquista del tiempo.

Somos la aurora del ser,

plasmada como petroglifo en la dureza de las rocas,

rocas que, sin embargo, se disuelven en el silencio.


No somos proyecto,

porque los trayectos nos intersectan en el infinito.

En la jungla del amor bebemos del día y de la noche,

como animales salvajes que recuerdan

la antigua libertad del espíritu.


Y así avanzamos,

con los pies encendidos y el corazón despierto,

abiertos al misterio que nos convoca.


Que este encuentro sea fogata y camino,

semilla y constelación.

Que lo que aquí nace nos recuerde

que estamos vivos

y que aún es posible crear mundos

donde la alegría sea una forma de sabiduría.

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viernes, 5 de diciembre de 2025

Matrices de pensamiento en disputa

Hoy quiero compartir una reflexión inspirada en las Matrices de pensamiento de Alcira Argumedo. Su texto me puso a pensar en cómo las sociedades organizan el sentido, cómo imaginan el futuro y qué fuerzas simbólicas están en disputa en este momento histórico.

Lo interesante es que, al leerla, no pensé en las visiones de mundo con las que suelo sentir afinidad. Más bien ocurrió lo contrario: empecé a ver cómo están reapareciendo imaginarios que creíamos superados, pero que hoy definen gran parte de las guerras culturales en el mundo.

La marcha de la humanidad” – David Alfaro Siqueiros

Y ahí es donde la lectura de Argumedo se vuelve muy lúcida. Para ella, las matrices de pensamiento no son etapas evolutivas ni niveles de conciencia. Son estrategias históricas: proyectos político-culturales que compiten por el sentido común. Y cuando uno mira la política reciente, eso salta a la vista.

Figuras como Bukele, Trump, Milei o, en Colombia, el candidato presidencial Abelardo de la Espriella, no proponen realmente un futuro nuevo. Lo que hacen es reactivar una matriz muy antigua: la del héroe que viene a poner orden, la del dirigente que suele tener muy claro al enemigo, la de la fuerza como camino hacia la salvación. Y esa narrativa funciona porque aparece justo donde hay miedo, precariedad, incertidumbre.

También me di cuenta de algo incómodo: creíamos que nuestras visiones de mundo —más inclusivas, más plurales— eran compartidas por mucha gente. Pero el panorama muestra algo distinto. Hay matrices de pensamiento muy vivas que apuestan por el orden, la autoridad, la contundencia, el racismo, clasismo y la violencia. Y también hay otras que buscan sostener la vida, la comunidad, la empatía y la dignidad.

Lo que me interesa es esa tensión. Porque ahí se revela la profundidad del momento histórico que estamos viviendo. Esto no es simplemente una pelea entre derechas e izquierdas. Es una disputa entre formas de interpretar el mundo, de entender la libertad, de imaginar el porvenir. Cada matriz responde a una herida social distinta.

Y aquí viene la pregunta con la que quiero cerrar: ¿Qué matriz de pensamiento estamos alimentando cada día, con nuestros miedos, con nuestras decisiones y con nuestras conversaciones?

Porque, al final, la disputa política es una disputa por el sentido mismo. Y ese sentido no se impone por fuerza ni se gana humillando al adversario: se construye ampliando la imaginación colectiva y entendiendo con profundidad las diversas visiones de mundo que hoy compiten por orientar nuestro futuro.


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