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jueves, 9 de abril de 2026

Podcast Narrativas Sonoras para la Paz

Les comparto los 8 podcast creados en el curso Narrativas Sonoras para la Paz, dirigido a víctimas del conflicto armado y realizado en el 2025 en la UPN en alianza entre Centro de Educación para la paz, CEPAZ, Pedagógica Radio y la Unidad para las Víctimas.

Voces que transforman el dolor en memoria y cuidado colectivo.

Hoy fue su lanzamiento, en el Día Nacional de Solidaridad con las Víctimas del Conflicto Armado.


Escúchalos todos los podcast aquí:

https://radio.upn.edu.co/narrativas-sonoras-para-la-paz/

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lunes, 19 de enero de 2026

La trenza de la gitana

Éxtasis

Al pensar en una experiencia significativa, lo primero que emerge es el instante en que te conocí hace ya más de quince años. Recordarlo me estremece, narrarlo es volver a enamorarme, regresar al origen, al presente, tocar el hilo mágico y secreto que ha tejido nuestras transformaciones.

Era el inicio del 2010 y yo acababa de cerrar la maestría en educación y caminaba en búsqueda en Bogotá de trabajos desafiantes en arte, educación, tecnología y espacios que me permitieran profundizar en los hallazgos encontrados en mi investigación. Fue entonces cuando apareció un proyecto breve e intenso —Arte y Ciencia para la convivencia— desarrollado por Maloka y sin saberlo, también apareciste tú.

En medio de jóvenes diversos y talentosos que provenían del arte, la ciencia y las humanidades y de intentar poner en juego metodologías de creación colectiva, tu presencia irrumpió como música. Un día te presentaste cantando bullerengue: palmas, ritmo, sensualidad y cuerpo vibrante. Algo quedó vibrando en mí desde entonces, no fue solo tu belleza —era tu manera de estar y ser— como si trajeras contigo, como una estela bioluminiscente, una memoria antigua que mi cuerpo reconocía antes que mi pensamiento.

Yo venía de una vida dispersa y sin promesas. Pero contigo ocurrió algo distinto: una electricidad serena y un pálpito de no saber, una cercanía que no exigía palabras. Bastaban los encuentros breves, una mirada sostenida, un gesto mínimo, un beso esquiniado, para sentir que algo comenzaba a estremecerme como nunca lo había sentido. Había allí una alegría contenida, un presentimiento, como si el amor, antes de decir su nombre, ya estuviera ensayando su forma.

Fisura

El tiempo —que no irrumpe como tragedia sino como maestro— fue mostrando otras capas del amor. El resplandor del instante inaugural dio paso a un territorio más complejo, el de la convivencia. Allí el vínculo dejó de sostenerse en la intensidad y empezó a revelarse en lo pequeño, los gestos cotidianos, los desacuerdos sutiles y aquello que no sabíamos aún cómo nombrar.

Aparecieron zonas imprevistas, sombras, silencios heredados, miedos antiguos, historias que no pedían explicación sino cuidado. Comprendimos que no todo lo que dolía nacía del otro, y que muchas veces amar no consistía en resolver, sino en no herir más. Fue entonces cuando el amor dejó de ser refugio y se volvió práctica, empezó a implicar descenso, bajar la voz, soltar la razón, escuchar incluso cuando dolía. Hubo momentos sin claridad ni acuerdo, pero persistió el gesto —frágil y obstinado— de no soltar el lazo y la conexión.

Con el tiempo entendí que el amor no es solo un acontecimiento o una emoción extática, sino una forma de permanecer en medio del cambio. Acompañar las mutaciones del otro —y las propias— nos exigió habitar el desajuste, el cansancio, la duda, las crisis y la pérdida de sentido. Allí el vínculo dejó de prometer plenitud y comenzó a ofrecer algo más honesto, la posibilidad de crecer sin negar la fragilidad.

Aprendí que el relámpago inicial no se conserva repitiéndolo, sino volviendo a mirarlo. A veces, en la quietud de la casa compartida, en el valle del amor —alrededor del fuego, del vino, de la memoria, de las caricias— regresamos a ese origen no para idealizarlo, sino para recordar por qué elegimos cuidarnos.

Comprendí también que el daño no nace del conflicto, sino del silencio acumulado. Que lo no dicho, cuando se posterga, termina estallando con una violencia que no le pertenece. Por eso el amor empezó a exigirme otro lenguaje, menos urgencia por tener razón y más coraje para escuchar y decir la verdad con ternura.

Así el vínculo fue revelando su condición postrágica: no evitar el dolor, sino integrarlo; no negar las tormentas, sino atravesarlas sin arrasar el terreno común. Amar dejó de ser promesa de armonía para volverse ética del cuidado, una manera de sostenernos cuando la vida ya no ofrece garantías.

Permanencia

Después de quince años —con idas y venidas, con momentos de cercanía y otros de extravío— empiezo a comprender la importancia de tenerte como compañera de vida, de los ciclos que hemos vivido y a los que hemos despertado. No como certeza, sino como camino que se vuelve a elegir.

Aprendimos a cuidarnos con ternura, y también con cierta firmeza. A atender los detalles, asumir riesgos juntos, a entender que el amor no es ciego: habita lo pequeño, lo cotidiano, el modo en que compartimos el tiempo, el espacio y los silencios. A veces basta un gesto mínimo para volver a encontrarnos.

En los conflictos hemos ido aprendiendo —no siempre bien, no siempre a tiempo— a conversar distinto. A reconocer nuestras violencias, a no quedarnos demasiado en el orgullo. Permanecer dejó de ser aguantar, se volvió decisión, una elección frágil, renovada e imperfecta.

Este amor ha sido tierra. No siempre fértil, no siempre amable, pero tierra al fin. Allí han crecido frutos visibles y otros que apenas sabemos nombrar: una casa en la montaña, la familia, los viajes, trabajos maravillosos, el aprendizaje de estar juntos sin fundirnos y el cantar y hacer música para endulzar los momentos. A tu lado he aprendido que amar no es coincidir, sino acompañar. Que no se trata de completarnos, sino de caminar con lo que falta. Que incluso el desencuentro puede volverse lenguaje si se le ofrece tiempo.

No sé del todo qué forma tendrá lo que sigue. Quiero vivir esta vida y las otras contigo. A veces avanzamos con claridad, otras apenas con intuición. Pero seguimos trenzando —como quien enlaza cabellos al viento— sabiendo que el amor no se sostiene por la perfección, sino por el gesto persistente de volver a estar.

Y eso, por ahora, basta.

Te amo infinito


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jueves, 27 de noviembre de 2025

Contra los excesos de memoria: por una consciencia post-trágica

He venido pensando que la simple confrontación con las verdades desgarradoras del conflicto en Colombia no basta para activar al sujeto y sus realidades. El horror, por sí solo, no moviliza. Para que el pensamiento se ponga en marcha y la acción situada emerja, se necesita una especie de horizonte, un proyecto compartido, una imaginación política y una inteligencia colectiva que permita transformar lo heredado en lo posible.

También veo que escuchar verdades dolorosas mediante fotos, libros, audios, videos o archivos es distinto de recibirlas en diálogo directo con quienes han vivido la violencia. En la presencia del otro, la palabra cambia: escuchamos, preguntamos y somos cuestionados por esa experiencia viva. Si queremos que la memoria sea un espacio de empatía y reconocimiento, debemos propiciar estos encuentros en los procesos formativos.

Pero la memoria no es una solución universal. Existen excesos, prácticas memoriantes que se repiten sin producir sentido, palabras que pierden fuerza por su uso ritual. Recordar no siempre ayuda a superar el pasado; a veces lo fija, impidiendo que pase.

Aquí aparece lo que podría llamarse una consciencia post-trágica. No niega el dolor ni lo trivializa, pero tampoco lo convierte en destino. Propone ir más allá del sufrimiento como única referencia. Las víctimas no son solo víctimas: no quieren ser reducidas al evento que las marcó, ni volver sin fin sobre sus dolores. Necesitan espacios donde su subjetividad no quede atrapada en el trauma.

Una consciencia post-trágica, entonces, no borra la memoria del conflicto, pero tampoco permite que el dolor se vuelva el centro absoluto del relato nacional. No es olvido; es evitar un duelo sin fin. Reconoce memorias necesarias, pero también los riesgos de su exceso, deja de sacralizar el trauma para abrir posibilidades de convivencia, aceptando zonas grises, responsabilidades compartidas y procesos de reparación que no exijan destruir al otro.

Más que levantar monumentos de la memoria, necesitamos espacios de conversación crítica y creación colectiva. No lugares para repetir lo ya dicho, sino para pensar lo aún no pensado e imaginar el porvenir., Que la memoria sea un punto de partida, no un lugar de detención. Si Colombia quiere otra forma de ser consigo misma, habrá que sostener el dolor sin convertirlo en identidad, y habilitar espacios donde la memoria no sea una frontera, sino un punto de partida hacia lo que todavía podemos llegar a ser.

La constelación de lo post-trágico quizá podría estar vinculado a estos 3 momentos que están plenamente conectados.:

Kátharsis: sentir y reconocer el dolor. (desahogo y descarga emocional)

Phrónesis: comprender qué hacer con el dolor (discernimiento, sabiduría práctica, momento que integra experiencia y sensibilidad)

Praxis/Poiesis: acción transformadora, respuesta creativa y una forma de crear nuevas formas de vida que no estén gobernadas por la herida.

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