El deseo auténtico —si es que algo así existe— sería aquello que nos moviliza interiormente hacia una forma más verdadera de vivir. No solo nos conmueve o nos pone en movimiento, también orienta nuestras búsquedas. Funciona, a veces, como una especie de brújula interior que señala hacia dónde dirigirnos.
Este deseo genuino suele aparecer con más claridad cuando dejamos de obedecer únicamente a lo externo —las expectativas, las inercias, las presiones— y comenzamos a escuchar algo que insiste desde dentro. En esos momentos nos impulsa a aprender, crear o transformar cosas, incluso a dejar atrás ciertos estilos de vida o patrones que ya no terminan de encajar. Es como si algunas ideas o intuiciones estuvieran buscando abrirse camino en la realidad y, de paso, nos conectaran con valores bastante grandes —la verdad, la belleza, la justicia, la equidad, la bondad— palabras que suenan solemnes, pero que en el fondo seguimos buscando.
La pregunta apareció casi al final de la sesión. Estábamos por terminar cuando Andrea dijo:
—¿Para la próxima vamos a conversar cómo sabe uno cuál es su deseo auténtico?
La pregunta quedó flotando en el aire. No era para responder de inmediato. Algunos se miraron entre sí; otros bajaron la mirada. Yo tampoco supe muy bien qué decir en ese momento. Esa noche me fui caminando con la pregunta rondando en la cabeza. No era una pregunta pequeña.
Pensé que cuando somos niños parece más fácil reconocer lo que queremos. Queremos jugar, explorar, correr, inventar mundos. También queremos que nuestros padres, madres o quienes nos cuidan estén cerca, que estén ahí cuando los necesitamos. En esa etapa, nuestro bienestar depende bastante de la presencia de los adultos.
Pero crecer cambia un poco las cosas. Durante mucho tiempo pensé que ser libre era hacer lo que a uno le diera la gana: ir por donde quisiera, sin que nadie dijera nada. Con los años esa idea empezó a quedarse corta. Tal vez la libertad, al menos en la vida adulta, no tenga que ver solo con eso. Ser libre también parece implicar la capacidad de construir vínculos con otras personas.
Cuando nos mantienen separados, desconfiando unos de otros, como si cada quien tuviera que arreglárselas completamente solo, algo se rompe. Y quizá ahí empieza una forma más sutil de opresión.
Con el tiempo la pregunta por el deseo también cambia. Ya no es solo qué quiero para mí, sino algo un poco más amplio:
—¿qué podríamos hacer juntos?
—¿dónde quiero poner mi tiempo y mi energía?
—¿qué desafío vale la pena asumir en una vida?
En mi caso, esa pregunta empezó a tomar forma en una idea que terminé llamando Universidad del Futuro. El nombre suena más grande de lo que realmente es. No se trata de una universidad en el sentido tradicional. Es más bien una comunidad de aprendizaje, una red de redes, un espacio para encontrarnos, conversar, imaginar proyectos y hacer cosas juntos.
A veces, cuando camino o converso con amigos, pienso que en nuestros territorios hay una abundancia enorme de creatividad que todavía no sabemos coordinar. Hay artistas, maestros, soñadores, muchos oficios, autodidactas y personas con iniciativas hermosas.
Mi deseo tiene bastante que ver con facilitar que todo eso se conecte: generar redes de intercambio intergeneracional de afectos, saberes y búsquedas por las que podamos ir transitando juntos.
Después de tantas conversaciones en mi podcast también me he dado cuenta de algo curioso, hablar con otros termina revelando nuestros propios deseos. El deseo suele aparecer en nuestras redundancias, en los temas a los que volvemos una y otra vez.
Cuando alguien habla de algo que realmente le importa, se nota. La voz cambia un poco, los ojos brillan, las ideas empiezan a salir con más velocidad. A veces incluso habla más rápido de lo que piensa. En esos momentos uno puede verlo con claridad. Ahí hay algo que importa de verdad.
Tal vez por eso estos impulsos hay que cuidarlos. No aparecen todos los días ni crecen solos. Necesitan tiempo, encuentros, amistad y cierta paciencia. Son un poco como una planta: si no la riegas, se seca. Aunque nadie nos explica demasiado bien cómo se riegan los deseos.
También aparecen con más fuerza cuando encontramos trabajos o actividades donde podemos usar nuestra creatividad, nuestras ideas y nuestros talentos; cuando lo que hacemos tiene sentido para nosotros y también para otros.
Por el contrario, cuando estamos completamente absorbidos por el trabajo formal o por los estímulos permanentes a producir, a veces aparecen deseos compensatorios: pequeñas fugas que intentan llenar algún vacío de sentido.
A mí me pasa algo curioso cuando voy a la montaña con mi compañera. Allí, en la casa que construimos durante la pandemia, todo se vuelve un poco más claro. El viento mueve los árboles, el aire es fresco y, de repente, uno recuerda cosas que en la ciudad se olvidan fácilmente. A veces nos quedamos en silencio mirando cómo las ramas se mueven, el paso de las nubes o los nidos de araña entre los arbustos. Una tarde, mientras contemplaba el paisaje, noté cómo por el filo de la montaña pasaba una pequeña familia de lobos cangrejeros. Durante unos segundos quedaron dibujados a contraluz en el atardecer.
En esos momentos algo cambia. La atención se vuelve más profunda y, en ese silencio, algunas cosas también se ordenan por dentro.
Hay otra cosa que ayuda bastante a despertar ese impulso interior: mover el cuerpo. Correr, caminar, bailar, jugar. El cuerpo despierta cosas que a veces la mente olvida. Es como si el movimiento sacudiera un poco el polvo que se nos va acumulando por dentro.
Tal vez el deseo auténtico tenga algo de eso: una fuerza interior que se vuelve más clara cuando conversamos con otros, cuando cuidamos los vínculos, cuando co-inspiramos y cuando el cuerpo vuelve a moverse.
Pero no todo es tan sencillo. Reconocer y cuidar los propios deseos quizá sea uno de los primeros aprendizajes en el paso entre la juventud y la vida adulta. La sociedad podría tener más espacios culturales que funcionaran como una especie de caldero donde los deseos personales, visionarios y creativos puedan encontrarse, mezclarse y resonar, dándoles tiempo, energía y contexto.
En esos espacios cada persona podría desplegar su agencia creativa junto a otros, compartiendo sueños, apuestas y visiones. Así, poco a poco, se van creando futuros en el presente.
No solo necesitamos deseos que nos satisfagan a corto plazo. Tambiénn necesitamos deseos capaces de orientarnos en el largo plazo.
Coordinar los deseos colectivos en formas artísticas y creativas es, quizá, uno de los sueños más profundos de la educación del futuro. Una educación capaz de ser un cuenco fértil donde la autenticidad y la singularidad puedan crecer, encontrarse y desplegarse en el mundo.
Y también una educación que aprenda a celebrar la creatividad, la agencia y la pequeña grandeza que cada persona puede despertar en los demás.
Preguntas para explorar el DESEO AUTÉNTICO
1. Energía interior
• ¿En qué momentos sientes que pensar te mueve por dentro?
• ¿Qué actividades hacen que te sientas más vivo?
• ¿En qué momentos pierdes la noción del tiempo?
2. Fascinación o curiosidad
• ¿Qué idea, problema o sueño quisieras explorar durante años?
• ¿Qué tema podrías pensar sin aburrirte?
• ¿Qué conversaciones te dejan con más energía?
3. Dirección vital
• ¿Qué proyecto intentarías si no tuvieras miedo al fracaso?
• ¿Qué problema del mundo te gustaría ayudar a transformar?
• Si nadie te pagara por hacerlo, pero supieras que es valioso para el mundo, ¿a qué te dedicarías?


















