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miércoles, 6 de agosto de 2025

Sobre el autodesprecio y su huella en el mundo

En Cartas del diablo a su sobrino, C.S. Lewis sugiere que el autodesprecio puede convertirse en el punto de partida del desprecio a los demás, y con él, abrir la puerta al pesimismo, al cinismo y a la crueldad. No es una simple emoción triste: el autodesprecio es una grieta en la percepción de uno mismo que termina deformando la manera en que se mira el mundo. Es, en cierto sentido, una forma oscura de trascendencia, un veneno que no se queda quieto en el alma, sino que la rebasa y se proyecta hacia los demás.

Imagen creada usando chatgpt

Podemos imaginarlo como un espejo roto. Uno se mira ahí y lo que ve no es su rostro, sino una versión rota de sí: fragmentos, ángulos imposibles, multiplicaciones del defecto y que al no tolerar esa distorsión, lanza el espejo —filoso— hacia los otros. Así, lo que fue dolor interno se vuelve juicio externo y la herida personal se transforma en lenguaje del mundo. El autodesprecio es entonces un autoconjuro silencioso: una sentencia pronunciada contra uno mismo que se convierte en destino compartido, que tiene el poder de teñir la mirada, contaminar los vínculos, deformar el sentido e interpretar la existencia bajo el filtro constante de la insuficiencia.

Allí donde no se ha tejido una narrativa reconciliadora sobre el ser —una narración donde la propia vida pueda ser habitada con dignidad—, surge la necesidad de validarse de otro modo: rebajando a los demás, desacreditando lo luminoso y talentoso, demostrando que la belleza es una farsa o que la bondad es ingenuidad. Es entonces cuando el autodesprecio y el narcisismo se revelan no como enemigos, sino como dos formas de la misma desolación. Muchas veces, el narcisismo no es más que un artificio para no mirar el abismo de uno mismo, una máscara que cubre la herida con aplausos, con espejismos de poder o con el eco vacío de la admiración.

De ahí nace un círculo vicioso que no solo afecta al yo, sino a todo lo que lo rodea: no valgo, no soy suficiente… entonces me haré admirar, validaré mi existencia afuera (narcisismo); pero si alguien más brilla, me amenaza… su luz me indigna y me encandila (envidia, resentimiento); y finalmente, ese brillo debe apagarse (desprecio a los demás). Así, el yo herido se convierte en juez, el alma rota en cinismo y el dolor no elaborado se vuelve forma de violencia.

Pensar el autodesprecio desde esta perspectiva es reconocer su potencia fenomenológica: no como un mero síntoma psicológico, sino como una estructura del sentir que moldea la ética, el vínculo y la visión del mundo. Y al mismo tiempo, exige de nosotros un gesto radical: la reconstrucción amorosa y compasiva de la imagen que tenemos de nosotros mismos, para que ese espejo roto no siga multiplicando sus filos en la carne del mundo.


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miércoles, 17 de mayo de 2017

Cultura narcisista.

La comprensión que hago de la emergencia del cultura EMO, tan popular hace unos años, es que fue el eco de la acumulación exacerbada de la vanidad y la explosión del narcisismo. Esta forma de ser popular entre adolescentes, fue indicio y expresión de una profunda crisis emocional como sociedad… muchas de las acciones que realizaban las personas pertenecientes a este cultura urbana - provenientes de una visión mítica - confirmaban la ingenua creencia que a través de la automutilación o al inflingirse dolor y daño físico, se podía poner fin a un estado emocional doloroso.

El suicidio, la culpabilización y denigración de sí mismo, la pérdida de la confianza entre los vecinos, los abusos sexuales y psicopatías, la corrupción, el extractivismo, las formas de operar del Estado y del mercado - que expropian a las comunidades de los bienes comunes que sostienen su bienestar - la cooptación egoísta de las necesidades de la gente por las religiones; la irresponsabilidad y ausencia de muchas familias frente a la formación de sus hijos; la vida de muchos ciudadanos, teóricos y activistas motivados por pasiones egoístas y por poner un caso más, la paradoja que observamos hace un año, quienes vivimos en Colombia frente al plebiscito por la paz, donde las personas con más posibilidades de acceso a la información y que viven en contextos urbanos, fueron incapaces de ponerse en los pies de otras comunidades y regiones que han sufrido intensamente la violencia…. y podríamos seguir con la lista, todas estas expresiones del sufrimiento y la falta de empatía son nada menos que la punta del iceberg de un egocentrismo e individualismo que ha calado fuertemente en la consciencia de las personas y es sostenido por buena parte de la institucionalidad, así como también por nuestros pensamientos y deseos… creemos nosotros, que esto representa una crisis emocional global que indica que debemos trabajar más arduamente y creativamente por reinventar desde nuestras acciones cotidianas y con nuestra presencia y potencialidades, una sociedad más empática y altruista, más generosa, abierta a la escucha, amorosa, humilde y justa.
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