Éxtasis
Al pensar en una experiencia significativa, lo primero que emerge es el instante en que conocí a mi compañera hace ya más de quince años. Recordarlo me estremece, narrarlo es volver a enamorarme, regresar al origen, al trayecto, tocar el hilo secreto que ha tejido nuestras transformaciones.
Era el inicio del 2010 y yo acababa de cerrar la maestría en educación y caminaba en búsqueda de trabajos desafiantes en arte, educación, tecnología y espacios que me permitieran profundizar en los hallazgos encontrados en mi investigación. Fue entonces cuando apareció un proyecto breve e intenso —Arte y Ciencia para la convivencia— desarrollado por Maloka y sin saberlo, también apareció ella.
En medio de jóvenes diversos y talentosos que provenían del arte, la ciencia y las humanidades y metodologías de creación colectiva, su presencia irrumpió como música. Un día se presentó cantando bullerengue: palmas, ritmo, sensualidad y cuerpo vibrante. Algo quedó vibrando en mí desde entonces, no fue solo su belleza —era su manera de estar— como si trajera consigo una memoria antigua que mi cuerpo reconocía antes que mi pensamiento.
Yo venía de una vida dispersa y sin promesas. Pero con ella ocurrió algo distinto: una electricidad serena y un pálpito de no saber, una cercanía que no exigía palabras. Bastaban los encuentros breves, una mirada sostenida, un gesto mínimo, un beso esquiniado, para sentir que algo comenzaba a estremecerme como nunca lo había sentido. Había allí una alegría contenida, un presentimiento, como si el amor, antes de decir su nombre, ya estuviera ensayando su forma.
Fisura
El tiempo —que no irrumpe como tragedia sino como maestro— fue mostrando otras capas del amor. El resplandor del instante inaugural dio paso a un territorio más complejo: el de la convivencia. Allí el vínculo dejó de sostenerse en la intensidad y empezó a revelarse en lo pequeño, los gestos cotidianos, los desacuerdos sutiles y aquello que no sabíamos aún cómo nombrar.
Aparecieron zonas imprevistas, sombras, silencios heredados, miedos antiguos, historias que no pedían explicación sino cuidado. Comprendimos que no todo lo que dolía nacía del otro, y que muchas veces amar no consistía en resolver, sino en no herir más. Fue entonces cuando el amor dejó de ser refugio y se volvió práctica, empezó a implicar descenso, bajar la voz, soltar la razón, escuchar incluso cuando dolía. Hubo momentos sin claridad ni acuerdo, pero persistió el gesto —frágil y obstinado— de no soltar el lazo y la conexión.
Con el tiempo entendí que el amor no es solo un acontecimiento o una emoción extática, sino una forma de permanecer en medio del cambio. Acompañar las mutaciones del otro —y las propias— exigió habitar el desajuste, el cansancio, la duda, las crisis y la pérdida de sentido. Allí el vínculo dejó de prometer plenitud y comenzó a ofrecer algo más honesto, la posibilidad de crecer sin negar la fragilidad.
Aprendí que el relámpago inicial no se conserva repitiéndolo, sino volviendo a mirarlo. A veces, en la quietud de la casa compartida, en el valle del amor —alrededor del fuego, del vino, de la memoria, de las caricias— regresamos a ese origen no para idealizarlo, sino para recordar por qué elegimos cuidarnos.
Comprendí también que el daño no nace del conflicto, sino del silencio acumulado. Que lo no dicho, cuando se posterga, termina estallando con una violencia que no le pertenece. Por eso el amor empezó a exigirme otro lenguaje, menos urgencia por tener razón y más coraje para decir la verdad con ternura.
Así el vínculo fue revelando su condición postrágica: no evitar el dolor, sino integrarlo; no negar las tormentas, sino atravesarlas sin arrasar el terreno común. Amar dejó de ser promesa de armonía para volverse ética del cuidado, una manera de sostenernos cuando la vida ya no ofrece garantías.
Permanencia
Después de quince años —con idas y venidas, con momentos de cercanía y otros de extravío— empiezo a comprender la importancia de tenerte como compañera de vida. No como certeza, sino como camino que se vuelve a elegir.
Aprendimos a cuidarnos con ternura, y también con cierta firmeza. A atender los detalles, asumir riesgos juntos, a entender que el amor no es ciego: habita lo pequeño, lo cotidiano, el modo en que compartimos el tiempo, el espacio, los silencios. A veces basta un gesto mínimo para volver a encontrarnos.
En los conflictos hemos ido aprendiendo —no siempre bien, no siempre a tiempo— a conversar distinto. A reconocer nuestras violencias, a no quedarnos demasiado en el orgullo. Permanecer dejó de ser aguantar, se volvió decisión, una elección frágil, renovada e imperfecta.
Este amor ha sido tierra. No siempre fértil, no siempre amable, pero tierra al fin. Allí han crecido frutos visibles y otros que apenas sabemos nombrar: una casa, la familia, los viajes, la intemperie, el aprendizaje de estar juntos sin fundirnos. A tu lado he aprendido que amar no es coincidir, sino acompañar. Que no se trata de completarnos, sino de caminar con lo que falta. Que incluso el desencuentro puede volverse lenguaje si se le ofrece tiempo.
No sé del todo qué forma tendrá lo que sigue. A veces avanzamos con claridad, otras apenas con intuición. Pero seguimos trenzando —como quien enlaza cabellos al viento— sabiendo que el amor no se sostiene por la perfección, sino por el gesto persistente de volver a estar.
Y eso, por ahora, basta.

