viernes, 13 de marzo de 2026

Sobre el deseo auténtico

El deseo auténtico —si es que algo así existe— sería aquello que nos moviliza interiormente hacia una forma más verdadera de vivir. No solo nos conmueve o nos pone en movimiento, también orienta nuestras búsquedas. Funciona, a veces, como una especie de brújula interior que señala hacia dónde dirigirnos.

Este deseo genuino suele aparecer con más claridad cuando dejamos de obedecer únicamente a lo externo —las expectativas, las inercias, las presiones— y comenzamos a escuchar algo que insiste desde dentro. En esos momentos nos impulsa a aprender, crear o transformar cosas, incluso a dejar atrás ciertos estilos de vida o patrones que ya no terminan de encajar. Es como si algunas ideas o intuiciones estuvieran buscando abrirse camino en la realidad y, de paso, nos conectaran con valores bastante grandes —la verdad, la belleza, la justicia, la equidad, la bondad— palabras que suenan solemnes, pero que en el fondo seguimos buscando.

La pregunta apareció casi al final de la sesión. Estábamos por terminar cuando Andrea dijo:

—¿Para la próxima vamos a conversar cómo sabe uno cuál es su deseo auténtico?

La pregunta quedó flotando en el aire. No era para responder de inmediato. Algunos se miraron entre sí; otros bajaron la mirada. Yo tampoco supe muy bien qué decir en ese momento. Esa noche me fui caminando con la pregunta rondando en la cabeza. No era una pregunta pequeña.

Pensé que cuando somos niños parece más fácil reconocer lo que queremos. Queremos jugar, explorar, correr, inventar mundos. También queremos que nuestros padres, madres o quienes nos cuidan estén cerca, que estén ahí cuando los necesitamos. En esa etapa, nuestro bienestar depende bastante de la presencia de los adultos.

Pero crecer cambia un poco las cosas. Durante mucho tiempo pensé que ser libre era hacer lo que a uno le diera la gana: ir por donde quisiera, sin que nadie dijera nada. Con los años esa idea empezó a quedarse corta. Tal vez la libertad, al menos en la vida adulta, no tenga que ver solo con eso. Ser libre también parece implicar la capacidad de construir vínculos con otras personas.

Cuando nos mantienen separados, desconfiando unos de otros, como si cada quien tuviera que arreglárselas completamente solo, algo se rompe. Y quizá ahí empieza una forma más sutil de opresión.

Con el tiempo la pregunta por el deseo también cambia. Ya no es solo qué quiero para mí, sino algo un poco más amplio:

—¿qué podríamos hacer juntos?

—¿dónde quiero poner mi tiempo y mi energía?

—¿qué desafío vale la pena asumir en una vida?

En mi caso, esa pregunta empezó a tomar forma en una idea que terminé llamando Universidad del Futuro. El nombre suena más grande de lo que realmente es. No se trata de una universidad en el sentido tradicional. Es más bien una comunidad de aprendizaje, una red de redes, un espacio para encontrarnos, conversar, imaginar proyectos y hacer cosas juntos.

A veces, cuando camino o converso con amigos, pienso que en nuestros territorios hay una abundancia enorme de creatividad que todavía no sabemos coordinar. Hay artistas, maestros, soñadores, muchos oficios, autodidactas y personas con iniciativas hermosas.

Mi deseo tiene bastante que ver con facilitar que todo eso se conecte: generar redes de intercambio intergeneracional de afectos, saberes y búsquedas por las que podamos ir transitando juntos.

Después de tantas conversaciones en mi podcast también me he dado cuenta de algo curioso, hablar con otros termina revelando nuestros propios deseos. El deseo suele aparecer en nuestras redundancias, en los temas a los que volvemos una y otra vez.

Cuando alguien habla de algo que realmente le importa, se nota. La voz cambia un poco, los ojos brillan, las ideas empiezan a salir con más velocidad. A veces incluso habla más rápido de lo que piensa. En esos momentos uno puede verlo con claridad. Ahí hay algo que importa de verdad.

Tal vez por eso estos impulsos hay que cuidarlos. No aparecen todos los días ni crecen solos. Necesitan tiempo, encuentros, amistad y cierta paciencia. Son un poco como una planta: si no la riegas, se seca. Aunque nadie nos explica demasiado bien cómo se riegan los deseos.

También aparecen con más fuerza cuando encontramos trabajos o actividades donde podemos usar nuestra creatividad, nuestras ideas y nuestros talentos; cuando lo que hacemos tiene sentido para nosotros y también para otros.

Por el contrario, cuando estamos completamente absorbidos por el trabajo formal o por los estímulos permanentes a producir, a veces aparecen deseos compensatorios: pequeñas fugas que intentan llenar algún vacío de sentido.

A mí me pasa algo curioso cuando voy a la montaña con mi compañera. Allí, en la casa que construimos durante la pandemia, todo se vuelve un poco más claro. El viento mueve los árboles, el aire es fresco y, de repente, uno recuerda cosas que en la ciudad se olvidan fácilmente. A veces nos quedamos en silencio mirando cómo las ramas se mueven, el paso de las nubes o los nidos de araña entre los arbustos. Una tarde, mientras contemplaba el paisaje, noté cómo por el filo de la montaña pasaba una pequeña familia de lobos cangrejeros. Durante unos segundos quedaron dibujados a contraluz en el atardecer.

En esos momentos algo cambia. La atención se vuelve más profunda y, en ese silencio, algunas cosas también se ordenan por dentro.

Hay otra cosa que ayuda bastante a despertar ese impulso interior: mover el cuerpo. Correr, caminar, bailar, jugar. El cuerpo despierta cosas que a veces la mente olvida. Es como si el movimiento sacudiera un poco el polvo que se nos va acumulando por dentro.

Tal vez el deseo auténtico tenga algo de eso: una fuerza interior que se vuelve más clara cuando conversamos con otros, cuando cuidamos los vínculos, cuando co-inspiramos y cuando el cuerpo vuelve a moverse.

Pero no todo es tan sencillo. Reconocer y cuidar los propios deseos quizá sea uno de los primeros aprendizajes en el paso entre la juventud y la vida adulta. La sociedad podría tener más espacios culturales que funcionaran como una especie de caldero donde los deseos personales, visionarios y creativos puedan encontrarse, mezclarse y resonar, dándoles tiempo, energía y contexto.

En esos espacios cada persona podría desplegar su agencia creativa junto a otros, compartiendo sueños, apuestas y visiones. Así, poco a poco, se van creando futuros en el presente.

No solo necesitamos deseos que nos satisfagan a corto plazo. Tambiénn necesitamos deseos capaces de orientarnos en el largo plazo.

Coordinar los deseos colectivos en formas artísticas y creativas es, quizá, uno de los sueños más profundos de la educación del futuro. Una educación capaz de ser un cuenco fértil donde la autenticidad y la singularidad puedan crecer, encontrarse y desplegarse en el mundo.

Y también una educación que aprenda a celebrar la creatividad, la agencia y la pequeña grandeza que cada persona puede despertar en los demás.

Preguntas para explorar el DESEO AUTÉNTICO

1. Energía interior

¿En qué momentos sientes que pensar te mueve por dentro?

¿Qué actividades hacen que te sientas más vivo?

¿En qué momentos pierdes la noción del tiempo?

2. Fascinación o curiosidad

¿Qué idea, problema o sueño quisieras explorar durante años?

¿Qué tema podrías pensar sin aburrirte?

¿Qué conversaciones te dejan con más energía?

3. Dirección vital

¿Qué proyecto intentarías si no tuvieras miedo al fracaso?

¿Qué problema del mundo te gustaría ayudar a transformar?

Si nadie te pagara por hacerlo, pero supieras que es valioso para el mundo, ¿a qué te dedicarías?


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miércoles, 4 de marzo de 2026

Educar el deseo

Quien desea pero no obra, engendra peste

William Blake 

Hay muchas maneras de desear y de poner nuestra energía y voluntad en el mundo, distintos modos de orientar aquello que nos anima a la acción, lo que nos llama y nos seduce. En estos tiempos parecen ampliarse las posibilidades de elección. Vivimos en una época donde las opciones parecen infinitas, podemos ser esto o aquello, elegir entre múltiples identidades, trayectorias, subculturas y estilos de vida. Pero mientras crecen las opciones, parece adelgazarse la dirección. Los consensos sobre dónde poner la atención —interior o social— se han deshilvanado, la brújula común oscila y en ese vaivén aparece la ansiedad. Según el filósofo colombiano Roberto Palacios, vivimos en una era de la ansiedad y en esta contingencia suele pasar que el deseo inconsciente se precipita compensando la soledad, la ansiedad, el deseo de pertenencia, una lucha por la identidad, las ganas de ser reconocido, queremos sentir que nuestra vida importa. En ese terreno incierto comienza a jugarse también la calidad de nuestros deseos.

Queremos vivir y experimentar deseos auténticos, pero muchas veces dominan aquellos que buscan el poder, la fama, la riqueza, el sentirnos bien y el ser alguien exitoso en la vida. Estos no son en sí mismos inclinaciones demoníacas, pero se convierten en terreno almibarado cuando funcionan como prótesis del yo, maquillaje de la inseguridad, donde el ego se regodea y opera como una respuesta reactiva a una falta no comprendida. 

Cuando perdemos contacto con nuestros deseos más auténticos, la vida psíquica suele empobrecerse: aparece la apatía, una sensación de desconexión con aquello que podría animar nuestra acción y nuestro sentido de dirección. Los deseos auténticos requieren un trabajo con nosotros mismos y una especie de crítica y comprensión cultural más amplia que dé sentido a la dirección y al llamado que la vida nos está susurrando. 

Para tener deseos auténticos es necesario entonces no solo un trabajo con la integración de las experiencias vividas y el darse cuenta, sino un trabajo con lo inconsciente y con la sombra, ya que, sin esta labor de ver los traumas, las heridas, lo que no hemos cerrado, vuelve a dominar un deseo reactivo, movilizado por la malicia, la envidia o la comparación odiosa.

Lo preocupante de la situación coyuntural es que en este estado de ansiedad el totalitarismo puede adquirir una fragancia muy seductora. Con el descrédito de las instituciones, de los vecinos, de la ciencia, de las verdades, y con la precariedad y velocidad como vivimos, es dable que nuestra ansiedad aumente. Esta ansiedad alimenta deseos compensatorios, legitimando autoridades que prometen poner orden en las cosas y proporcionar seguridad, el aumento de la posverdad y en detrimento de nuestra confianza y agencia política. Es una paradoja que el aumento de información y la conectividad esté promoviendo la información distorsionada y el auge de fanatismos.

Quizá esta paradoja tenga que ver con la pérdida de un equilibrio más antiguo entre lo que algunas tradiciones llamarían sutra y tantra: entre las formas que orientan la vida y las energías que la renuevan. Cuando las estructuras que organizan la experiencia se debilitan demasiado, la expansión de posibilidades puede generar ansiedad y dispersión, y esa ansiedad termina alimentando el deseo de orden absoluto. Algo similar ocurre cuando la religión pierde su dimensión espiritual: la autoridad se vuelve rígida, incluso opresiva, intentando compensar la pérdida de experiencia viva. Pero una espiritualidad completamente desvinculada de la religión puede multiplicar tanto las posibilidades que termina generando dispersión y soledad.

Sin religión —entendida como "parche", comunidad de práctica intergeneracional y redes de amistad, valores compartidos por la tribu — resulta difícil que los hallazgos de la experiencia espiritual se integren al tejido cultural. Sin ese contenedor colectivo, la espiritualidad corre el riesgo de convertirse en una búsqueda solitaria, incapaz de sedimentar en prácticas compartidas.

Como sugiere Cadell Last, en su magnífico libro Real Speculations, las estructuras de la religión tradicional no desaparecen simplemente cuando las personas abandonan las instituciones religiosas. Con frecuencia reaparecen en formas seculares. Quienes crecen sin religión o quienes la abandonan pueden terminar expresando esas mismas estructuras en ideologías o en el activismo político. En esos casos, la política se convierte —muchas veces sin que lo notemos— en una forma de religiosidad inconsciente.

Esta tensión entre experiencia y forma no aparece solo en las religiones tradicionales, también se manifiesta en fenómenos culturales contemporáneos, como el creciente interés por los psicodélicos. Estas experiencias, por sí solas, no conducen necesariamente a una transformación duradera. El cambio suele producirse cuando la experiencia se integra dentro de una forma: una terapia, un ritual, una práctica espiritual o una comunidad que pueda sostener y elaborar lo vivido.

Cómo señala Alexander Beiner en su libro Big Picture, How Psychedelics can help us make sense of the world, "cuando tienes una experiencia psicodélica, llevas contigo toda tu cultura, ...sin un discernimiento agudo y una comunidad de apoyo que pueda hacernos reflexionar sobre nuestras perspectivas, podemos fácilmente caer en madrigueras de conejo... podemos fijarnos en ideas, ideologías, fantasías o historias paranoicas de tal manera que estrechamos nuestro marco en lugar de ampliarlo".

En nuestra cultura los psicodélicos se han vuelto cada vez más populares y pueden ayudar a esclarecer preguntas profundas sobre nuestros deseos o sobre el sentido de la vida. Pero cuando esas revelaciones no se traducen en una transformación cotidiana —en hábitos, vínculos o prácticas compartidas— corren el riesgo de quedar reducidas a un viaje esporádico: una intensidad momentánea que no logra encarnarse en la vida común. 

La dificultad no es vislumbrar el deseo, sino sostenerlo en el tiempo. Por eso Jacques Lacan formuló una de las máximas éticas más radicales del pensamiento contemporáneo: no ceder en su deseoCuando el deseo se reconoce pero no se encarna en la vida, algo se corrompe. Como dice el aforismo de Blake que poníamos al inicio de este ensayo: quien desea pero no obra, engendra peste.

¿Cómo cultivar deseos auténticos en una cultura que fabrica deseos compensatorios? ¿Cómo sostener agencia y pluralidad cuando la ansiedad empuja hacia soluciones autoritarias? Qué vuelve un deseo auténtico? ¿Su capacidad de servicio, su enraizamiento en una comunidad o su apertura al mundo común?

Los deseos auténticos no necesitan exhibirse y transparentarse compulsivamente, son parte de una suerte de revolución silenciosa que se cuenta a nuestros cómplices y cercanos. No se ufana de la verdad, la razón o tener el poder. Son deseos, pálpitos, balbuceos que toman fuerza cuando arriesgamos nuestra vida con otros y construimos ideas que todavía son intuiciones, centelleos en el viento. Un deseo auténtico debe aguardarse como en el embarazo, darle tiempo a que fermente y no dejarlo en el aire como una idea abstracta. Hay que parir el deseo para que sea auténtico y cavar en tierra oscura. Hay deseos que mueren por exposición prematura, ideas que se evaporan porque fueron dichas antes de ser encarnadas. Parir un deseo exige riesgo, atravesar la incertidumbre sin garantías. Sin ese trabajo, lo no visto retorna, regresa amplificado y toma formas reactivas, fanáticas, violentas.

Tal vez eso sea parte de lo que estamos viviendo, no solo un declive institucional, sino un empobrecimiento del deseo. En un nivel profundo, el deseo es una fuerza constitutiva de la realidad humana. El mundo que habitamos está organizado por aquello que aprendemos a desear; las culturas no son otra cosa que la sedimentación histórica de esos deseos. Cuando los deseos se degradan, también se degrada la cultura que los sostiene.

La tarea de nuestro tiempo no sea producir más deseos, sino educar el deseo, clarificarlo, darle cuerpo y forma, buscarle cauces en la tierra y en el cielo, procurarle un contenedor sagrado para que cree sus propias creaturas. De la calidad de nuestros deseos vendrá la paz y el conflicto del futuro.


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