jueves, 26 de febrero de 2026

Sobre la prudencia

En tiempos de aceleración, indignación y reacción constante, proponer la prudencia suena casi contracultural. Y, sin embargo, es profundamente político. La prudencia es como el oído del músico antes de entrar en la improvisación: no frena la acción, la afina. Llamar a la prudencia hoy es un gesto radical; significa apostar por una acción que nace de la verdad de las cosas y no solo del clima emocional del momento.

Quiero compartir una síntesis de las ideas que aporta Josef Pieper al hablar de la prudencia, que según él es la madre de todas las virtudes: sin ella, las demás se desfiguran o se vuelven peligrosas.

La prudencia permite deliberar sobre lo que conviene hacer aquí y ahora, reconociendo el tono, el momento oportuno, las circunstancias y las consecuencias. Ser prudente exige ver la realidad tal como es. Supone dar un paso atrás —no para evadir la acción, sino para fundarla— y quizá sea el mejor antídoto contra el moralismo, que tiende a ser totalizante y abstracto. Sin prudencia, incluso la verdad puede volverse destructiva y humillante.

Esta virtud introduce complejidad, contexto y encarnación; también humildad y paciencia, disposiciones que hoy parecen anacrónicas. Pero la prudencia no solo orienta lo que debemos hacer: ilumina quiénes somos en el acto de decidir. En ella, el deber nace del ser, no de reglas abstractas ni de buenas intenciones vacías. Nos conecta con la realidad y nos permite actuar con justicia y equilibrio.

Cuando el ser humano se encierra en sí mismo, pierde esta capacidad de observación y juicio; ya no puede deliberar con claridad sobre lo que conviene hacer. Por eso, como señala Pieper, quien vive absorto en sí mismo termina perdiendo no solo la justicia, sino también la salud del alma.

“La virtud de la prudencia —dice— permite que alguien se aconseje a sí mismo: reconocer cuándo necesita ayuda, distinguir un buen consejo de uno malo y evitar depender ciegamente de otros”.

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