Todo proceso de formación necesita ritmo, es decir, momentos de intensidad y momentos de distensión. Esa oscilación es clave si queremos abrirnos al mundo de la invención y no quedarnos únicamente en la comprensión de datos o realidades sociales o solo repitiendo o imitando.
Muchos profesores confían en que una planificación minuciosa, paso a paso, garantiza el éxito de la clase. Y en parte tienen razón, la estructura sostiene, da un cierto orden y precisión. Pero una buena clase no florece bajo exceso de control ni bajo presión comprobatoria permanente, más bien, florece cuando el grupo entra en un flujo compartido, cuando la imaginación comienza a circular entre los cuerpos y cuando algo imprevisto encuentra espacio para acontecer. La imaginación necesita riesgo y aventura existencial. No brota de la saturación de conceptos, sino de los intersticios donde el pensamiento respira y el movimiento se permite desviarse.
Ahora bien, no basta con “estimular la imaginación”. Hay que poner herramientas en manos de los estudiantes, ofrecer materiales, referencias, abrir espacios de experimentación y enseñar técnicas como potencias, no como moldes.
Cada profesor encarna además de una tradición intelectual, una manera de habitar el lenguaje, una postura corporal ante el mundo y un ritmo particular del pensamiento.
El espacio de clase es una suerte de ritual donde hacemos magia. El tono de la voz, los símbolos, las metáforas, las conexiones, la sinceridad, la intención, la atención, el acento, los gestos, los giros, los conceptos, los movimientos, el silencio, los juegos, la musicalidad de la palabra, la intensidad, la pasión y el eros…todos estos elementos intervienen condicionando y enriqueciendo a la clase.
