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jueves, 14 de mayo de 2026

Reflexiones sobre el "escrache"

La práctica del "escrache" aparece muchas veces allí donde las instituciones fallaron, como un grito cuando los canales de escucha, reparación o justicia parecen cerrados o insuficientes. …en muchos casos expresa daños reales, silencios acumulados y experiencias de impotencia. Sin embargo, cuando el conflicto queda atrapado únicamente en la lógica de castigo público, algo más ocurre, tanto quien denuncia como quien es denunciado pueden quedar fijados en identidades rígidas —víctima absoluta y monstruo absoluto— sin que necesariamente aparezcan verdad, responsabilidad, reparación o transformación.

Las redes sociales intensifican esta dinámica porque operan mejor con veredictos inmediatos que con procesos complejos. El escrache produce exposición, circulación afectiva y claridad moral instantánea. Hay una sensación de comunidad en la indignación compartida, por un momento, el grupo parece saber exactamente dónde está el mal. Pero esa expulsión suele generar cohesión momentánea más que comprensión profunda de las condiciones que producen violencia. El problema estructural corre el riesgo de condensarse en una sola figura visible.

Y entonces la justicia comienza a confundirse con otra cosa, no sólo el deseo legítimo de reconocimiento y protección, sino también el impulso arcaico de devolver la herida, de hacer sentir al otro el dolor sufrido, de expulsarlo simbólicamente del mundo común. Sin embargo, el sufrimiento del otro no siempre repara el propio sufrimiento. A veces sólo prolonga la lógica de la devastación.

Tal vez uno de los mayores problemas culturales de nuestro tiempo sea la dificultad para imaginar responsabilidad sin aniquilación. Parecemos oscilar entre dos extremos: la impunidad o la destrucción moral absoluta. Pero cuando una sociedad identifica completamente a una persona con su peor acto, la posibilidad de transformación se vuelve casi impensable. Ya no existen procesos humanos; sólo marcas permanentes.

La pregunta incómoda permanece abierta: ¿qué hacemos con la posibilidad de transformación de las personas? Porque una cultura que pierde toda fe en la transformación termina sabiendo únicamente castigar o expulsar. Y una sociedad que sólo sabe expulsar quizá logre administrar la culpa, pero difícilmente aprenda a transformar las condiciones que producen el daño.


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martes, 21 de octubre de 2025

La pureza y sus fantasmas. (A propósito de algunos desafíos del pensar crítico)

I. Sobre el desgaste del pensar crítico.

Aunque el pensamiento crítico ha abierto caminos hacia una sociedad más libre y justa, hoy necesita una profunda actualización. No hablaré de sus potencias, ya ampliamente desarrolladas, sino de algunas incoherencias y carencias que percibo.

La primera es la arrogancia —a veces narcisista— de creer que si todo el mundo pensara como yo, el mundo estaría mejor. Otra bastante recurrente es cuando del pensamiento crítico se confunde con la creación de figuras de odio, adjudicando  problemas complejos a chivos expiatorios que ofrecen cierto consuelo psíquico, pero que finalmente perpetúan el problema.

También observo su vínculo con modalidades de pensamiento mágico y religioso, incrustadas en la utopía entendida como fin trascendente e inamovible; la tendencia a creer en agendas y visiones de mundo cerradas, inflexibles frente al otro —especialmente frente al antagonista—; y la ingenua intención de comprenderlo todo, ofreciendo respuestas fáciles a problemas complejos.

A esto se suma la dificultad para integrar otras formas de racionalidad, su amor por los sistemas excesivamente coherentes, y la construcción de mapas conceptuales sin ventanas, erigidos como muros.

Finalmente, el pensamiento crítico se ha distanciado del arte, la religión, la espiritualidad y la familia: espacios que podrían devolverle fluidez, sensibilidad y empatía entre cosmovisiones diversas. Al pensar el mal o la injusticia, suele caer en juicios morales que nos eximen de imaginar alternativas estructurales, lo que termina derivando en una evasión de la imaginación política.

II. La inflación moral del discurso

En el marco del círculo de reflexión del Doctorado en Ipecal, donde hemos leído a Hugo Zemelman para ejercitar un pensar situado —pensar desde la realidad y no desde los conceptos dados—, me ha surgido una inquietud: ¿qué ocurre cuando las palabras críticas se desgastan al punto de perder su fuerza para interpretar el presente?

Conceptos como antirracismo o patriarcado nacieron para revelar estructuras de dominación, pero al volverse signos de pertenencia moral perdieron capacidad analítica. Se repiten a menudo como consignas performativas (“ser antirracista”, “luchar contra el patriarcado”) sin precisar cómo se reproducen esas dinámicas en la vida concreta. A menudo se transforman en palabras mágicas que evocan el bien, la pureza, la causa justa… pero sin vincularse necesariamente a un diagnóstico riguroso o a una práctica transformadora.

Al volverse universales y genéricas, estas palabras dejan de señalar mecanismos específicos —económicos, institucionales, mediáticos o afectivos— y pasan a operar como marcadores morales: Antirracista = bueno. Racista = malo. Feminista = justo. Patriarcal = injusto. Un gesto que muchas veces desemboca en una suerte de etnocentrismo moral nocivo para el cambio social y cultural.

Así, el lenguaje crítico se desliza hacia una moralización del discurso político, donde lo importante ya no es analizar las mediaciones materiales de la desigualdad, sino declarar adhesión simbólica a una causa. McGowan, Mark Fisher o Adolph Reed lo han señalado de distintas formas: la izquierda cultural contemporánea se obsesiona con el significante de la crítica, pero no con su eficacia.

Cuanto más abstractas se vuelven estas palabras, más saturan el espacio público y menos transforman la realidad. Se produce lo que Byung-Chul Han llama “inflación moral”: una sobrecarga de significantes éticos que debilita su fuerza política. Las luchas se fragmentan en etiquetas sin horizonte común, y la crítica se disuelve en moralismos identitarios.

Esta pérdida de densidad simbólica no solo afecta al lenguaje: alcanza también a las imágenes, a las formas en que representamos la crítica y la violencia. Se percibe esto en la obra The Physical Impossibility of Death in the Mind of Someone Living  del artista Damien Hirst donde un tiburón flota inmóvil dentro de su urna de cristal. Alguna vez fue amenaza —cuerpo real, potencia salvaje, animalidad viva— y ahora es símbolo, mercancía, reliquia. Lo que antes mordía, hoy adorna. El arte de Hirst no celebra la muerte: la administra, la conserva, la convierte en experiencia segura para el espectador. Así también ocurre con nuestras causas nobles: su ferocidad inicial se embalsama en discursos y vitrinas morales. El gesto vivo de la crítica —como el tiburón— queda suspendido en formol, estetizado, neutralizado. Lo que fue herida abierta se vuelve objeto de contemplación: limpio, impecable, sin riesgo.

Como advirtió Alasdair MacIntyre, retomando a Freud, desenmascarar la arbitrariedad de los demás suele funcionar como defensa frente a la arbitrariedad propia. En otras palabras, la crítica puede convertirse en una forma sofisticada de negación: cuanto más exhibimos la ideología ajena, menos interrogamos nuestras propias complicidades. De ahí que el discurso crítico, cuando se absolutiza, derive en una suerte de narcisismo moral que confunde lucidez con pureza. En nombre de la emancipación, terminamos construyendo nuevas ortodoxias simbólicas, nuevos lenguajes de salvación que preservan intactas las estructuras de poder y deseo que pretendíamos cuestionar.

Tanto Žižek como Nick Land, desde lugares opuestos, han advertido algo similar: que las formas contemporáneas de crítica tienden a quedar atrapadas en su propia teatralidad. Žižek lo formula como un síntoma ideológico: disfrutamos denunciando el sistema mientras participamos activamente en él. La crítica se vuelve un acto de consumo simbólico, una coartada que nos permite sostener el cinismo cotidiano sin culpa. Land, por su parte, lleva esta paradoja al extremo: sostiene que el capitalismo ha absorbido la negatividad de la crítica hasta convertirla en motor de innovación, es decir, que la crítica misma se ha vuelto combustible del sistema que pretendía subvertir.

III. Repolitizar las categorías.

Pero no se trata de prescindir de estos términos que señalan problemáticas que necesitamos transformar, sino —quizás— de repolitizarlos: de nombrar cómo se reproducen hoy las desigualdades en el capitalismo de plataformas, en los algoritmos, en las relaciones afectivas o en la ecología del deseo. Devolverles densidad histórica y situacional, en lugar de usarlas como fórmulas totales. Pensar la emancipación no como identidad, sino como práctica relacional y situada. Porque —como recuerda una vieja máxima— las palabras no deben reemplazar la acción: deben orientarla.

Aquí una paradoja característica de nuestro tiempo. A medida que se expanden los canales de información y crece nuestra exposición a los conflictos del mundo, la política parece estar en todas partes: en las redes, en el consumo, en las conversaciones cotidianas. Sin embargo, esta expansión no ha producido un aumento correlativo de la comprensión política. Hemos multiplicado los discursos, pero no las capacidades. La proximidad a la información no se traduce en una inteligencia práctica sobre cómo se ejerce el poder, cómo se configuran las instituciones o cómo podrían transformarse. En lugar de sujetos políticos, producimos comentaristas morales; en lugar de acción, proliferan juicios.

En última instancia, se trata de recuperar lo que Zemelman llamaba la potencia del pensar: esa facultad de abrirse a lo inédito posible. Volver a pensar desde la realidad —no desde las etiquetas que la domestican— podría ser el primer paso para que la crítica deje de ser discurso y vuelva a ser acontecimiento.

Entonces, ¿qué significa repolitizar estos términos clave de la actualización del pensamiento crítico?. Significa mover los conceptos del pensamiento crítico hacia nuevas escalas y dimensiones; explorarlos desde distintos métodos y contextos que revelen sus interdependencias y especialmente en el ámbito pedagógico, implica aprender a mirarlos desde una perspectiva más sistémica, compleja y encarnada, donde pensamiento y experiencia se entrelazan.

IV. El patriarcado como caso de estudio

Tomemos, por ejemplo, el caso del patriarcado. Comprender esta noción requiere integrar diversas dimensiones y profundizar en sus raíces históricas y simbólicas, a su vez que situarla en una escala temporal y transcultural más amplia: observar la función histórica del poder de dominación masculino en la sociedad, los mandatos morales que lo han constituido y la internalización de un modo de ser y de relacionarse con el mundo.

Pero también es bastante sensato reconocer que en esa larga historia de dominación y jerarquía, se entretejen valores, potencias y aportes —como la disciplina, la figura del protector, el trabajo fuerte, los avances en la cosmovisión tecnocientífica— que, aunque hoy necesiten ser reconfigurados y problematizados, han sostenido parte de la arquitectura simbólica de la civilización.

Desde una mirada dialéctica y no moralizante, repolitizar significaría leer el patriarcado no solo como opresión, sino como una forma histórica de organización simbólica del mundo que hoy estamos llamados a comprender, trascender y transformar.

Para ello, podríamos considerar, de manera simultánea, distintas dimensiones de análisis y de experiencia, con el propósito de ampliar la mirada y las posibilidades de participación y de acción colectiva. Siguiendo con la problematización del patriarcado podríamos explorar las siguientes aristas:

Epistémica: reconocer los marcos de pensamiento que han naturalizado jerarquías del saber, y hacer justicia a otras formas de conocimiento que la masculinidad ha encarnado a lo largo de la historia.

Ontológica: revisar las nociones de realidad, de ser humano y aquello que entendemos como la “esencia” de lo masculino.

Fenomenológica: atender cómo se viven y se encarnan esas estructuras de dominación en la experiencia sensible y cotidiana.

Biográfica: explorar la historia viva que cada quien porta en su relación con lo patriarcal: con el padre, el abuelo, los ancestros y la relación con otros géneros.

Política: crear círculos de deconstrucción y reconstrucción de la masculinidad dominante, propiciando encuentros donde emerjan los dones al servicio a la comunidad.

Mito-poética: indagar los imaginarios, mitos y símbolos que han configurado la idea de lo masculino —el padre, el guerrero, el sabio, el héroe, Peter pan— como expresiones de una tensión entre poder, cuidado y trascendencia.

Ecológica: reconocer la masculinidad dentro de una ecología más amplia de fuerzas vitales —humanas y no humanas—, repensando su relación con la Tierra y la tecnología

Histórica: comprender que “lo patriarcal” no es una esencia, sino un régimen de verdad que ha mutado con el tiempo.

Solo al integrar algunas de estas dimensiones (y sus relaciones), en la construcción de conocimiento y del pensar crítico, podemos devolver espesor a los conceptos, comprenderlos en su densidad histórica, mítica, relacional y simbólica. Así se abre la posibilidad de un pensamiento más inclusivo y de una acción colectiva más integral, capaz de acoger la contradicción, la negatividad y la potencia que aún habita en lo patriarcal.

El pensamiento crítico no se renueva repitiendo viejas fórmulas, sino encarnando nuevas formas de comprender y de actuar. Repolitizar es devolver a las palabras su capacidad de crear realidad, de sostener comunidad y construir la historia. Solo así el lenguaje vuelve a ser un territorio de transformación, y no un eco vacío de su propia impotencia.


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sábado, 24 de febrero de 2024

La esperanza como memoria del futuro

He sido una persona que ha contado en la vida con muchos privilegios, y esta situación, además de mi carácter, me ha permitido una confianza sólida, una disposición entusiasta y optimista ante la vida: me gusta ver el lado bueno de las cosas y ver que todo puede cambiar - de hecho, todo está cambiando instante tras instante. No obstante, recientemente he explorado con más detalle que esta disposición a primera vista positiva, la de ser optimista, puede en algunas ocasiones jugarnos malas pasadas, ya que el otro polo (que evitamos ver y reconocer), las cualidades negativas intrínsecas de la vida, a menudo las arrojamos lejos de nosotros, con pésimas consecuencias sobre todo cuando estamos en situaciones estresantes y conflictivas. 

He constatado que esta distancia con lo negativo, que es usual en personas optimistas, a menudo se introyecta como sombra, como una suerte de veneno que nos amarga y torna hostiles, llevándonos a expulsar la oscuridad de maneras indirectas, como se expresa mucho en la agresividad pasiva y la ironía destructiva. A las personas optimistas nos cuesta expresar el dolor, ante el conflicto optamos por la distancia, experimentada como desconexión emocional, congelamiento disfrazado de “aquí no está pasando nada”…y este miedo asumir los problemas, es bastante tóxico cuando se mezcla con actitudes como la evasión, la incapacidad de una confrontación sana y el establecimiento de límites.

Expuesta la confesión, vemos que paradójicamente, la negatividad, la desesperación, la tragedia, lo monstruoso y la ansiedad - nos cuentan nuestros mayores, filósofos y la experiencia personal - son vectores de cambio, transformación, movimiento y gestación cultural. Para dar un paso más, me gustaría hablar de un virtud muy importante para nuestro tiempo, la esperanza (en contraposición con el optimismo), a veces exangüe por tantos discursos nihilistas y excesivamente edulcorados que se vuelven evangelios cansados de nuestra época.

Para comenzar, hagámonos esta pregunta: ¿en qué o en quién está puesta nuestra esperanza? Para mi la esperanza está puesta en todo aquello que atendemos (amamos) y en lo que estamos comprometidos cotidianamente (urdimbre) en algo que estamos construyendo (trama), no solo con discursos e imaginaciones, sino en donde estamos poniendo el cuerpo, las entrañas y los sueños con resolución, creatividad y coraje. “Podemos saber que alguien tiene esperanza no investigando su vida interna sino observando lo que hace”, igual que pasa con las personas que se enuncian como ateas y no creyentes, podemos saber cuáles son sus deidades y aspectos sagrados, observando qué actividades priorizan, qué conjunto de cosas, valores, rituales y prácticas establecen como significativas y en las que invierten su tiempo…

Ahora bien, profundicemos un poco más y traigamos algunos puntos de reflexión del crítico cultural Eagleton sobre la esperanza. Este filósofo afirma que tanto el optimismo como el pesimismo son estados de ánimo, ambos fatalistas…el optimismo a veces ingenuo, es facilista, no se toma la desesperación en serio y es propio de las clases dominantes. El pesimismo, por otro lado, es cínico, dramático y apocalíptico. Tanto en el que cree que todo va cambiar para bien, como aquel que no, son ejemplos de personas poco comprometidas con la esperanza como vitalidad, fuerza política y espiritual. La esperanza por ser una disposición y una virtud, es algo que podemos entrenar diariamente, …sabemos que para que pase algo profundo y significativo en nuestras vidas, no basta con la intención, la oración y la consciencia, tenemos que tener disciplina, constancia, coraje e imaginación, además de un conjunto de aspectos tales como esclarecer (trascender e integrar) nuestros deseos y limitaciones, clarificar nuestras narrativas y también acompañarnos de personas y redes que nos desafíen y nos inspiren. Otra manera en que podemos expandir la esperanza es contemplando la naturaleza, comprendiendo la historia desde perspectivas transculturales y de larga duración, fomentando diálogos constructivos, comprendiendo más comprehensivamente qué es ser humano y una cierta dosis de desapego, paciencia, no-saber, imaginación moral y humildad.

La esperanza es la memoria del futuro, la encarnación de los presente-potenciales más vibrantes en nosotros. Tanto lo pasado y sus efectos, como el futuro, en cuanto potencialidad, existen como fuerzas en donde constantemente gravitamos. Los pesimistas y optimistas comparecen en el escenario como conservadores, no quieren asumir riesgos, tienen miedo al fracaso y son frecuentemente expresiones moralmente dudosas y formas éticamente insostenibles; solo aquellos que tienen esperanza mantienen una relación más afirmativa y jovial con su tiempo, son los ángeles-demonios de la historia que sobrevuelan con una sonrisa, los pies bien anclados en la tierra y jugando en el entretejido de raíces que están en el cielo… la esperanza está relacionada con la política y es un acto ético esencial de quienes día a día quieren hacer del mundo algo mejor. 

La esperanza se nos abre y despliega cuando tenemos una actitud de curiosidad y de aprendizaje, perseverancia en el propósito, nos enfocamos en la construcción de nuevas reglas y cuando vemos al otro como un misterio y a la vida como un regalo. La esperanza es el acto de reciprocidad cuando nos entregamos con intensidad en el mundo. Espero y tengo esperanza también porque he sido capaz de trascender el deseo de controlarlo todo. 

Observemos algunos enemigos de la esperanza. En la cultura actual, carente de tiempo, nadie espera y todo lo queremos demasiado rápido, afectando el bienestar emocional y la sexualidad…otro enemigo de la esperanza es cuando ponemos en personas, dioses e ídolos la esperanza, asunto que perjudica nuestra agencia y voluntad. Finalmente la esperanza se nos diluye, cuando prorrogamos las cosas, tenemos súper ambiciones, cuando pensamos en los problemas sociales como cosas irresolubles, cuando pensamos que hay vida después de la muerte, o en otros casos cuando pensamos que podemos liberarnos del cuerpo y vivir en una amalgama con lo tecnológico,… pienso la singularidad y lo poshumano, como una esperanza ilusoria, un consuelo metafísico, una falsa ideología y un miedo a nuestra propia finitud. Hay muchos enemigos de la esperanza en nosotros y la cultura y solo podrán tenerla quienes no tengan miedo de perder.

En síntesis, la esperanza nos conecta al universo de la ética, la política y la espiritualidad, resuena con el deseo, lo inconsciente, el valor, la verdad, la confianza, el tiempo, la finitud y las formas cómo vivimos. Como señala  Gabriel Marcel en una potente analogía, “la esperanza es al alma como la respiración al organismo vivo”, así que a cuidarla y mostrar su relevancia para todas nuestras relaciones, las prácticas de construcción de conocimiento y la praxis política, asumiendo el imperativo ético, de que todo puede ir peor, pero con las ganas de estar en las canchas, jugando, imprimiendo vitalidad en cada acto que damos… como expone el escritor Václav Havel, la esperanza no es “la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independiente de cómo resulte”.

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miércoles, 12 de mayo de 2021

El sentido del nosotros (identidad grupal)

Reflexiones sobre el sentido de pertenencia y la identidad etnocéntrica

Todas las personas necesitamos apego seguro, sentido de pertenencia y anhelamos sentirnos escuchados, vistos, valorados y reconocidos por los demás. Cuando esta condición y base no se tiene, o es muy precaria, trae como consecuencia algunos problemas en las relaciones, manejo de las emociones, afecta incluso la posibilidad de sobreponernos a las dificultades, reflejada en menor capacidad de resiliencia, y a veces estamos más propensos a enfermedades, como lo mostró hace unos años el gran estudio longitudinal sobre Experiencias Adversas en la Infancia (ACE).


En nuestra constitución ontológica, biológica e histórica, está el ser sociales, la necesidad del vínculo, la empatía, la conexión profunda, la necesidad de participar en grupos donde nuestra identidad se reafirme, se re-construya, aprenda, negocie, colabore, avive el poder de trascendencia, esto está asociado a la necesidad de pertenecer a algo más grande y al anhelo de conexión social. Nuestra consciencia actual, la inclusión de más justicia y compasión y el desarrollo de tecnologías sociales más sofisticadas, ha estado mediado por la calidad de nuestras interacciones.

En estas relaciones con los demás, como nos han mostrado las neurociencias, a su vez co-regulamos muchas de nuestras emociones, se crea y modifica el cerebro y se irrigan en el cuerpo distintas hormonas, cambiando nuestros estados anímicos, ya sea de estrés, o también, oxicoticina, dopamina, adrenalina, dependiendo del ambiente en que nos encontremos. Incluso el ambiente modifica en mujeres embarazadas la genética de sus descendientes, como ha revelado los trabajos sobre epigenética.

Las relaciones son entonces un bien común y parte de la riqueza colectiva de las sociedades. Entre mejores relaciones tengamos, la vida colectiva será más plena para todos. Todas las relaciones afectan la vida en común, nuestros aprendizajes y a la política. Se ha comprobado que personas con dificultades por adicciones o traumas, se recuperan mas fácilmente al tener mejores redes de apoyo. Esta necesidad de pertenencia y de consciencia grupal trae todas estas buenas noticias.

Ahora veamos y exploremos como en otras circunstancias, la necesidad de identidad grupal a veces se vuelve insana, ejemplo de esto son las identidades etnocéntricas, o del egoísmo grupal, que señalan "solo mi grupo", "solo mi verdad", "mi tribu, mi etnia, mi raza, mi bandera", “la razón siempre la tiene mi equipo”, mi género, mi comunidad, “mi dios es el único verdadero” o notoria en expresiones que señalan “el que piensa distinto a mi está contra mi”,...estas identidades grupales pueden llegar a ser tan férreas y rígidas que muchas personas incluso dan su vida por su tribu, su país, su equipo, su partido, su etnia, su ideología y grupo político o religioso. 

Esta tendencia moral etnocéntrica, afecta muchísimo la vida colectiva y el proceso de verdad, justicia, reparación y reconciliación en el que necesitamos pronto como país arribar. Quizá al no poder incluir más perspectivas, más contradicción, complejidad, ambigüedad e incapaz de lidiar con el sufrimiento, grandes capas de la población viven y se sobre-identifican con esta moralidad estrecha, entorpeciendo la paz, las relaciones y estas tensiones insalvables entre grupos actualmente han impulsado muchas guerras culturales en el mundo, como el actual conflicto entre Israel y Palestina, la creciente homofobia y xenofobia, el racismo, clasismo, las violencias sexuales y las violencias desatadas en Colombia que han desnudado muchas heridas históricas irresueltas.

Otra situación muy preocupante a la que habríamos de prestar mayor atención, es que muchos jóvenes en su soledad, alienación y falta de sentido y conexión, vienen a anidar - en sus ansias de pertenencia - en colectivos que les brindan un sentido de trascendencia, lo vemos en los que se ven tentados a integrar grupos terroristas, skinhead, fanáticos en cualquier área, en comunidades evangélicas conservadoras, jóvenes ansiosos de pertenecer en bandas, pandillas, grupos que hacen cumplir la ley, y los hacen sentirse grandes y empoderados, o las barras bravas de los equipos de fútbol, en grupos identitarios o culturas juveniles dogmáticas, o más actualmente en grupos extremistas sea la inclinación política que sea, identidades que defienden solo mi polo favorito, mi clase, mis privilegios, mi música, identidades construidas en torno al activismo social, o también comunidades de extrema derecha en Estados Unidos como Qanon y MAGA; en tiempos de pandemia hemos visto el resurgimiento de grupos conspiranoicos de cualquier tipo.

Hay que estar atentos en estos tiempos de emergencia y crisis social global a la creciente polarización que se expresa en el juego de Ping-pong, entre Nosotros vs Ellos, la causa como veíamos de la mayoría de guerras y conflictos en el mundo. Observemos con curiosidad algunas de las señales, comportamientos y actitudes de una identidad etnocéntrica, es decir, de una moralidad basada solo en mi grupo, tribu, raza, clase, género, pueblo: respira profundo, aquí vamos. 

-La base emocional de esta identidad grupal está generalmente basada en la lucha y confrontación, en generar una identidad en relación a heridas no resueltas...la ira, la mayoría de veces es mal enfocada y canalizada. 

- Formas de saber y de pensar que minimizan la complejidad de la realidad (percepciones distorsionadas en 2D y sin matices) a la par que uso frecuente de comentarios reactivos y odiosos, muchas veces aderezados con generalizaciones exageradas.

- Dificultad para conversar y escuchar posiciones distintas a la suya; cada vez que se abordan problemas complejos suelen responder de las mismas maneras...te ha sucedido alguna vez conversar con personas que siempre repiten como loros lo mismo? 

- Dificultad para intimar con el yo singular, esta identidad es a menudo repelente al mundo interior.

- Tendencia a creer y seguir a ciegas a un líder e incondicionalidad con el gurú, haga lo que haga; estas personalidades suelen también idolatrar a personas famosas, líderes o héroes.

- Suelen darle muchísima importancia a lo que piensan y digan los demás y tentados a culpar siempre al enemigo.

- La relación con la verdad, en una identidad estrecha y orgullosa en exceso de si misma, suele generar un ambiente propicio para inventarse los hechos o negarlos a través de noticias falsas, autoengaños o fake news, manipular la realidad a su antojo.

- Reiteración en conductas o comportamientos que los distancian emocionalmente de los demás disminuyendo la capacidad de empatía y conexión y finalmente, alfombran en un tapiz el escenario para la lucha, la hostilidad, el chisme y la separación induciendo comportamientos conservadores, rígidos, fanáticos, (cons)paranoicos y destructivos. 

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