«Un recuerdo evocado demasiado a menudo y expresado
en forma de historia tiende a convertirse en un estereotipo...
cristalizado, perfeccionado, adornado, instalándose en sí mismo
en lugar de la memoria pura y dura y creciendo a sus expensas»
Primo Levi - Los hundidos y los salvados" (1986)
No todo acto de “decir la verdad” es automáticamente liberador. En muchas tradiciones críticas se ha insistido en la importancia de romper el silencio, visibilizar lo oculto y narrar la experiencia propia como forma de resistencia. Esa dimensión sigue siendo políticamente fundamental.
Sin embargo, en un ensayo particularmente lúcido Wendy Brown advierte un desplazamiento importante. Ciertas formas de discurso emancipatorio pueden ser capturadas por lógicas de poder que reorganizan aquello que buscan cuestionar. El problema no es la narración del sufrimiento en sí, sino la posibilidad de que esa narración se convierta en el eje exclusivo de la inteligibilidad política del sujeto.
Como advierte Brown, en ciertos registros contemporáneos del discurso político, "la práctica de confesar, declarar o pronunciar la experiencia no siempre tiene como horizonte la construcción de comunidad, la elaboración de la experiencia o la transformación de la comprensión", sino que puede quedar atrapada en dinámicas de exposición y reconocimiento.
Cuando en la cultura política contemporánea se exalta el “yo que habla desde su experiencia” (opinión personal, vivencia, testimonio), parece reforzarse la autonomía del sujeto: “yo digo mi verdad”, “mi experiencia es incuestionable”, “mi identidad me autoriza a hablar”. Esto se presenta como hipersoberanía del individuo. Pero Brown señala que ese mismo gesto puede revelar la fragilidad del sujeto soberano, no su fortaleza. Es decir, parece autónomo, pero en realidad es altamente dependiente de formas externas de legitimación.
La política se desplaza entonces hacia la autenticidad individual, en lugar de hacia la construcción de poder colectivo o la elaboración de condiciones estructurales de transformación. Y en ese desplazamiento se configura un sujeto cuya palabra circula intensamente sobre sí mismo, pero cuya agencia política se redefine cada vez más en términos de expresión y reconocimiento, más que de transformación compartida.
Si bien el acto de des-silenciar ha sido fundamental para visibilizar violencias, su reiteración sin mediación puede fijar identidades en torno al daño y limitar la posibilidad de otras formas de existencia. La construcción de paz requiere, entonces, no solo espacios para narrar el dolor, sino también condiciones para desplazarse de él, reconfigurar la experiencia y abrir otros modos de relación.
Frente a esta expansión del yo que se constituye a través de la exposición de su experiencia, podría pensarse no solo en una política del decir, sino también en un derecho al silencio. No como negación de la palabra ni de la memoria, sino como resistencia a la obligación de convertir toda vida en relato público. Un silencio que no borra la experiencia, pero que se niega a reducirla a identidad, manteniendo abierto el espacio donde lo vivido no se agota en su narración.



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