miércoles, 4 de marzo de 2026

Educar el deseo

Hay muchas maneras de desear y de poner nuestra energía y voluntad en el mundo, distintos modos de orientar aquello que nos anima a la acción, lo que nos llama y nos seduce. En estos tiempos parecen ampliarse las posibilidades de elección, vivimos en un tiempo donde las posibilidades parecen infinitas, podemos ser esto o aquello, elegir entre múltiples identidades, trayectorias, subculturas, estilos de vida, pero mientras crecen las opciones, parece adelgazarse la dirección. Los consensos sobre dónde poner la atención —interior o social— se han deshilvanado, la brújula común oscila y en ese vaivén aparece la ansiedad. Según el filósofo colombiano Roberto Palacios, vivimos en una era de la ansiedad y en esta contingencia suele pasar que el deseo inconsciente se precipita compensando la soledad, la ansiedad, el deseo de pertenencia, una lucha por la identidad, las ganas de ser reconocido, queremos sentir que nuestra vida importa.

Queremos vivir y experimentar deseos auténticos, pero muchas veces dominan aquellos que buscan el poder, la fama, la riqueza, el sentirnos bien y el ser alguien exitoso en la vida. Estos no son en sí mismos inclinaciones demoníacas, pero se convierten en terreno almibarado cuando funcionan como prótesis del yo, maquillaje de la inseguridad, donde el ego se regodea y opera como una respuesta reactiva a una falta no comprendida. Los deseos auténticos, requieren un trabajo con nosotros mismos y una especie de crítica y comprensión cultural más amplia que de sentido a la dirección y al llamado que la vida nos está susurrando. 

Para tener deseos auténticos es necesario entonces no solo un trabajo con la integración de las experiencias vividas y el darse cuenta, sino un trabajo con lo inconsciente y con la sombra, ya que, sin esta labor de ver los traumas, las heridas, lo que no hemos cerrado, vuelve a dominar un deseo reactivo y que podría estar movilizando por la malicia, la envidia, o la comparación odiosa.

Lo preocupante de la situación coyuntural es que en este estado de ansiedad el totalitarismo puede adquirir una fragancia muy seductora. Con el descrédito de las instituciones, de los vecinos, de la ciencia, de las verdades, y con la precariedad y velocidad como vivimos, es dable que nuestra ansiedad aumente. Esta ansiedad va en aumento de los deseos que compensan, legitimando autoridades que ponen en orden las cosas, proporcionando seguridad, el aumento de la posverdad y en detrimento de nuestra confianza y agencia política. Es una paradoja que el aumento de información y la conectividad esté promoviendo la información distorsionada y el auge de fanatismos.

Tal vez esta paradoja tenga que ver con la pérdida de un equilibrio más antiguo entre lo que algunas tradiciones llamarían sutra y tantra: entre las formas que orientan la vida y las energías que la renuevan. Cuando las estructuras que organizan la experiencia se debilitan demasiado, la expansión de posibilidades puede generar ansiedad y dispersión, y esa ansiedad termina alimentando el deseo de orden absoluto. Algo similar ocurre cuando la religión pierde su dimensión espiritual: la autoridad se vuelve rígida, incluso opresiva, intentando compensar la pérdida de experiencia viva. Pero una espiritualidad completamente desvinculada de la religión puede multiplicar tanto las posibilidades que termina generando dispersión y soledad.

Sin religión —entendida como "parche", comunidad de práctica intergeneracional y redes de amistad, valores compartidos por la tribu — resulta difícil que los hallazgos de la experiencia espiritual se integren al tejido cultural. Sin ese contenedor colectivo, la espiritualidad corre el riesgo de convertirse en una búsqueda solitaria, incapaz de sedimentar en prácticas compartidas.

Como sugiere Cadell Last, en su magnífico libro Real Speculations, las estructuras de la religión tradicional no desaparecen simplemente cuando las personas abandonan las instituciones religiosas. Con frecuencia reaparecen en formas seculares. Quienes crecen sin religión o quienes la abandonan pueden terminar expresando esas mismas estructuras en ideologías o en el activismo político. En esos casos, la política se convierte —muchas veces sin que lo notemos— en una forma de religiosidad inconsciente.

Un ejemplo contemporáneo de esta tensión puede verse en el creciente interés cultural por los psicodélicos. Estas experiencias, por sí solas, no conducen necesariamente a una transformación duradera. El cambio suele producirse cuando la experiencia se integra dentro de una forma: una terapia, un ritual, una práctica espiritual o una comunidad que pueda sostener y elaborar lo vivido.

Cómo señala Alexander Beiner en su libro Big Picture, How Psychedelics can help us make sense of the world, "cuando tienes una experiencia psicodélica, llevas contigo toda tu cultura, ...sin un discernimiento agudo y una comunidad de apoyo que pueda hacernos reflexionar sobre nuestras perspectivas, podemos fácilmente caer en madrigueras de conejo... podemos fijarnos en ideas, ideologías, fantasías o historias paranoicas de tal manera que estrechamos nuestro marco en lugar de ampliarlo".

En nuestra cultura los psicodélicos se han vuelto cada vez más populares y pueden ayudar a esclarecer preguntas profundas sobre nuestros deseos o sobre el sentido de la vida. Pero cuando esas revelaciones no se traducen en una transformación cotidiana —en hábitos, vínculos o prácticas compartidas— corren el riesgo de quedar reducidas a un viaje esporádico: una intensidad momentánea que no logra encarnarse en la vida común. 

¿Cómo cultivar deseos auténticos en una cultura que fabrica deseos compensatorios? ¿Cómo sostener agencia y pluralidad cuando la ansiedad empuja hacia soluciones autoritarias? Qué vuelve un deseo auténtico? ¿Su capacidad de servicio, su enraizamiento en una comunidad o su apertura al mundo común?

Los deseos auténticos no necesitan exhibirse y transparentarse compulsivamente, son parte de una suerte de revolución silenciosa que se cuenta a nuestros cómplices y cercanos. No se ufana de la verdad, la razón o tener el poder. Son deseos, pálpitos, balbuceos que toman fuerza cuando arriesgamos nuestra vida con otros y construimos ideas que todavía son intuiciones, centelleos en el viento. Un deseo auténtico debe aguardarse como en el embarazo, darle tiempo a que fermente y no dejarlo en el aire como una idea abstracta. Hay que parir el deseo para que sea auténtico y cavar en tierra oscura. Hay deseos que mueren por exposición prematura, ideas que se evaporan porque fueron dichas antes de ser encarnadas. Parir un deseo exige riesgo, atravesar la incertidumbre sin garantías. Sin ese trabajo, lo no visto retorna, regresa amplificado y toma formas reactivas, fanáticas, violentas.

Tal vez eso sea parte de lo que estamos viviendo, no solo un declive institucional, sino un empobrecimiento del deseo. Tal vez la tarea de nuestro tiempo no sea producir más deseos, sino educar el deseo, clarificarlo, darle cuerpo y forma. Buscarle cauces en la tierra y en el cielo, procurarle un contenedor sagrado para que cree sus propias creaturas. De la calidad de nuestros deseos vendrá la paz y el conflicto del futuro.


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